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Ciudad perdida

El Legislativo local, de mal en peor

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▲ La jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, así como alcaldes (en esta imagen) e integrantes de su gabinete recibieron al ex presidente de Bolivia Evo Morales en el Antiguo Palacio del Ayuntamiento.Foto La Jornada
Y

a lo habíamos previsto en otro momento. El primer Congreso de la Ciudad de México ha logrado lo casi imposible: ser peor que la última Asamblea Legislativa.

Dividido ahora claramente en tribus, tres cuando menos, el Congreso se ha convertido en un campo de batalla que, como en la pelea entre narcos, cada quien disputa un pedazo de territorio, es decir, espacios en la nómina del organismo, por ejemplo.

Valentina Batres, José Luis Rodríguez, y ahora, con una formación endeble, Rigoberto Salgado, aquel que fue delegado de Tláhuac durante el dominio de El Ojos y que busca un pedazo de la nómina en disputa, según nos han comentado.

Y en todo ese desorden, quien aprovecha el hueco es el jefe jurídico del gobierno central, Héctor Villegas Sandoval, quien cuela iniciativas contrarias a los acuerdos de la jefa de Gobierno y establece acuerdos no muy confesables con una y otra tribus. Una muestra de ese desgarriate podría ser la ley de planeación, que por lo pronto ya fue rechazada por los miembros de los pueblos originarios quienes, según ellos mismos dicen, en ese entierro no tuvieron vela.

Pero si esto sorprende, habría que echar un ojo a lo que hace Rigoberto Salgado en Tláhuac. Allá en su terreno, don Rigoberto usa un inmueble como su casa de gestión, lo cual no tendría nada de extraño si no fuera porque en el mismo lugar están las oficinas del programa federal Bienestar, y a querer y no, quien quiera la ayuda del programa se tiene que tragar, cuando menos, el nombre del legislador en una acción que a todas luces contradice las tesis de la 4T, que para Salgado no importan.

Entonces, como Tláhuac ya se le hizo pequeño, ha tratado de agrandar su círculo de influencia en el Congreso, donde pretende encabezar a un grupo de legisladores bien intencionados que buscan romper con las imposiciones y el trabajo sucio de Batres y Rodríguez, pero no han caído en el juego del de Tláhuac, quien se niega a jugar limpio. Ya algunas firmas que lo acompañaron en el intento por construir su tribu lo han abandonado, y quienes miden de cerca el funcionamiento del Congreso avizoran el naufragio de esa barca sin destino.

De pasadita

Lo que no logró el PRI, lo que siempre ambicionó el PAN pero nunca alcanzó, lo que al PRD se le calificó de intento de traición, ahora será posible con la mayoría de Morena en el Congreso y, desde luego, con el protocolo que se envía desde el Ejecutivo de la ciudad para disolver por la fuerza los bloqueos que a juicio de la autoridad no puedan resolverse mediante el diálogo.

Se trata, al parecer –esto merece una amplia explicación–, de un quítate o te quito, que parece no entender que la última opción del que bloquea es esa: salir a la calle para llamar la atención de la autoridad que se ha negado a dialogar, que no escucha y al final no puede resolver las demandas de la gente.

Hasta ahí parecía que la autoridad carecía de razones para optar por el uso de la fuerza, pero lo sucedido el martes pasado, cuando policías federales bloquearon las entradas al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, hizo que la idea sufriera un descalabro.

Quienes bloqueaban, quienes agredían, eran servidores públicos, policías federales, es decir, gente dedicada a la protección, a la seguridad de los habitantes del país. Parecía, y tal vez lo fue, un movimiento montado donde el abogado Carpizo y un líder a quien apodan Lover parecían seguir un guión escrito por alguna mano hasta ahora incógnita.

Nada que pudiera compararse con los movimientos, con los bloqueos de los campesinos que buscan mejorar sus condiciones de vida, o con las madres y padres que buscan a sus hijos y que van a las calles desesperados por su situación, por ejemplo.

No obstante, el gobierno marcó su límite. Las agresiones en contra de la policía de la ciudad eran constantes y la paciencia de quien daba órdenes en el terreno, pero que consultaba constantemente vía telefónica, en este caso Omar García Harfuch, parecía infinita.

No se usó la fuerza, no en la medida en la que los federales parecían provocar. La orden fue encapsularlos, y hasta ahí, pero si contra este grupo no se usó la fuerza, no habrá muchos argumentos para usarla en contra de otros bloqueos con razones profundas de por medio. Ya veremos.