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Lágrimas
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Periódico La Jornada
Sábado 1º de junio de 2019, p. a16

Las lágrimas también nacen del placer, estableció en 1604 el compositor John Dowland. Escribió partituras con ese nombre, Lágrimas. La belleza, puso en claro, humedece el gozo.

Prueba de tal prodigio es el disco titulado Lachrimae or Seven Tears (Linn Records) a cargo de Phantasm, considerado, en paradoja de su nombre, Fantasma, como la presencia más notable entre los consorts, o acoplamientos de violas da gamba. Elizabeth Kenny cumple la parte del laúd encomendada en tales obras.

El grupo Phantasm, en efecto, es la presencia señorial en el mundo de la música antigua. Sus grabaciones de la obra de William Lawes, Byrd y Gibbons, entre otros autores ingleses de la época, por ejemplo, son improntas.

El título original de esta obra monumental es el siguiente: Lachrimae or seven tears figured in seven passionate pavans, with divers others pavans, galliards and allemands, set forth the lute, viols or violons, in five parts.

John Dowlan añadió un epigrama en latín, a manera de epígrafe: Aut Furit, aut Lachrimat, quem no Fortuna beavit, que tradujo a su idioma así: He whom Fortune has not blessed either rages or weeps.

La dicha bendecida con lágrimas.

En su manuscrito, John Dowland lo dice con firmeza:

The teares which Musicke weeps can be pleasant, neither are teares shed away in sorrow but sometime in joy and gladness.

La Musicke atrae las lágrimas.

Querida lectora, amable lector: ¿ha llorado usted en un concierto, o al escuchar un disco?

Si es así, nos estamos entendiendo.

A esas lágrimas se refiere John Dowland y esa es la naturaleza sublime del contenido del disco que ahora nos ocupa.

Hay momentos en que la música es tan bella que de repente sentimos que algo cae sobre nuestro pecho, algo tibio y lento, suave y cadencioso: lágrimas.

Con este disco queda demostrado nuevamente que la música como tal, lo que técnicamente se conoce como materia acusmática, es un asunto muy íntimo. Corresponde al escucha determinar qué siente, piensa, no siente o no piensa, al escuchar.

Es importante esta acotación porque el mundo de la música, tan plagado de esnobismo y poses, pareciera territorio de lo obvio, lo banal y lo aburrido, cuando se trata de lo contrario: es el territorio de la libertad.

Y es que la música de John Dowland, y en especial la del disco que hoy recomendamos con lágrimas de alegría, ha estado sujeta a malos entendidos. Supuestos expertos suelen citar libros y autores, apresurados en dictaminar que la música del Renacimiento y en particular la de Dowland, es música triste, o sombría. Y dicen algo peor: melancólica.

El autor del Disquero hizo algunos experimentos antes de redactar estas convicciones: puso a escuchar este disco a varias personas, expertas y no expertas sin decir palabra: una sonrisa iluminaba sus rostros, invariablemente. Entonces, ¿cuál música triste? Pamplinas.

La melancolía es un asunto que ha ocupado a antropólogos, sicólogos, curadores de exposiciones, musicólogos, con resultados variopintos. Suele confundirse lo patológico con lo sublime. Ese es el meollo del problema.

Por eso se apresuran a decir que John Dowland padecía de depresión y que por eso escribía música triste. Para nada. Insisto: escuche usted, querida lectora, amable lector, el disco que hoy recomiendo, sin pensar en cuestiones extramusicales y determine si le parece triste o alegre. Estoy seguro que dirá una palabra: sublime.

Algo semejante sucede con la escucha de la música de Arvo Pärt, en particular su Stabat Mater, cuyo tema es el dolor pero lo que escuchamos es sublime, traspasa la anécdota para trasladarse el goce estético. Al éxtasis. Como las vírgenes con expresiones orgásmicas en algunas pequeñas iglesias por las calles de Roma.

La interpretación del grupo Fantasma se consigue en las tiendas de discos. De entre las opciones digitales recomiendo la versión de Jordi Savall en Spotify.

La naturaleza de placer estético, goce hasta las lágrimas, que imprimió el autor, John Dowland, está firmado desde la frase que incluyó en el título original: seven passionate pavans.

Siete pavanas apasionadas.

Seguramente Jeanne Moreau lloró cuando escuchó esta partitura y dijo: siento debilidad por los hombres devorados por la pasión.

Y Norman Mailer se traga su frasesucha los hombres duros no bailan.

Llorar en un concierto es un regalo de la vida.

Llegar al clímax de las lágrimas.

En su nuevo libro, Pascal Quignard aporta, cuando hace cantar así a Sar, su personaje femenino sublimado en lágrimas:

“Un día unos dedos se atreven, de manera circunspecta, lenta, tímida, furtiva, muda, por un segundo, a posarse en el antebrazo del otro cuerpo que se encuentra frente a sus ojos.

“Otro día, la palma de la mano forma como una funda que se cierra sobre el dorso de la mano que mira

“y la mano, debajo de la mano, no se retira.

“Los cuerpos de repente están más cerca de manera misteriosa, de golpe, sin que se acercaran de ninguna manera.

“Un día, parecen cercanos para siempre, sin que hayan necesitado moverse.

“Después la boca llega más cerca de la oreja a la que se le quiere decir todo.

“( ) Un día, al fin, la mirada se demora en una parte del cuerpo que vale por todas las partes del cuerpo.

“Ese día es el único día en el que hay amor.

“Ese día las ropas pesan.

Ese día el cuerpo tiene tanto calor que parece abrasado. Un agua anima el fondo de los ojos.

Lágrimas.

Las lágrimas que nacen de la escucha de la música de John Dowland son así de sensuales, suavemente lujuriosas, sutilmente poderosas.

El director de Fantasma, el grupo que interpreta esta música poderosísima, la define así: the most sensuosly tuneful hour of music ever writen.

La música más sensual, melodiosa y bella que se haya escrito nunca.

La próxima vez que llore usted en un concierto, hermosa lectora, amable lector, será usted más feliz aún.

Porque las lágrimas que nacen de la Musicke, lo demuestra el maestro John Dowland, son las más dichosas, las más sensuales, las más apasionadas.

Gocemos hasta las lágrimas, mi alma.