Opinión
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¿Conflicto bipolar por Venezuela?
E

l fracaso de la intentona golpista dirigida desde Washington contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro dejó al descubierto la crisis de la política estadunidense hacia Venezuela, consistente en construir un correlato militar a la cabeza de playa política creada en enero con la autoproclamación del diputado opositor Juan Guaidó como presidente encargado y disponer, de esa manera, de un bando beligerante al cual respaldar con diplomacia, armas y dinero y, acaso, involucrar a la vecina Colombia como algo más que retaguardia de esa aventura injerencista. Es claro que Donald Trump no está dispuesto a pagar en Venezuela la factura en bajas estadunidenses que pagó George W. Bush en Afganistán e Irak con la intervención directa de efectivos enviados por el Pentágono.

Hasta ahora, el intervencionismo de Estados Unidos ha tenido como principal consecuencia la agudización y prolongación de la crisis política que atraviesa la sociedad venezolana, pero no en una guerra interna abierta, como lo desearían los halcones de la Casa Blanca. Y ante su más reciente fracaso, el plan alternativo ha consistido, por delirante que resulte, en tratar de involucrar a Rusia en el conflicto.

Así, ante la imposibilidad de generar las condiciones para una intervención militar indirecta, la salida de Estados Unidos ha sido culpar de su fracaso al gobierno ruso. Desde el martes pasado, cuando resultó evidente que la intentona golpista no tenía ninguna perspectiva de éxito más allá del terreno mediático, el jefe de la diplomacia estadunidense, Mike Pompeo, afirmó que Maduro no abandonó el país porque Moscú lo disuadió de subirse al avión imaginario que lo llevaría fuera de Venezuela. Ayer, ese funcionario sostuvo una tensa conversación con el canciller ruso, Serguei Lavrov, en la que acusó al Kremlin –y de paso, al gobierno cubano– de realizar una intervención desestabilizadora en el país sudamericano.

Desde luego, la realidad es exactamente la opuesta: independientemente de la opinión que se tenga de la gestión de Maduro, ha de admitirse que es la Casa Blanca la que se empeña en desestabilizar Venezuela para lograr el derrocamiento del régimen chavista e imponer en esa nación un gobierno obsecuente que ponga a disposición de Estados Unidos los vastos recursos naturales venezolanos, que son mucho más que sus enormes reservas de hidrocarburos. El Kremlin, por su parte, se ha limitado a firmar acuerdos legítimos de cooperación económica y militar con un gobierno democráticamente constituido.

Es muy probable que la reacción estadunidense ante el más reciente fracaso de su estrategia para Venezuela tenga principalmente un propósito electoral: movilizar la intención del voto en favor de Trump de las derechas sociales de cara a las elecciones presidenciales del año entrante, azuzando las paranoias anticomunistas características de hace medio siglo, como si la Unión Soviética no hubiera desaparecido del mapa. Lo cierto es que el Estado ruso heredó el rango de superpotencia nuclear que detentaba el extinto país y que es una pésima idea y una monumental irresponsabilidad intentar intensificar la crisis venezolana –o, más bien, la crisis de la política de Washington en contra de Venezuela– a un factor adicional de tensión entre Washington y Moscú.