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Las dos historias
E

n su campaña, el candidato Andrés Manuel López Obrador, hoy Presidente, invitó a sumarse a una coalición con el sugerente nombre de Juntos Haremos Historia; quienes participamos en mayor o menor grado para conseguir un cambio de fondo en la historia de México lo logramos: hicimos historia. Es una frase, pero es mucho más, se trata de una motivación no de una ambición.

El término historia nos refiere al pasado, a lo ya sucedido a lo, por así decirlo, congelado o petrificado. La historia estudia los hechos de otras épocas a través de vestigios, documentos, testimonios u objetos; esa es la historia que pasó, pero hay también otra que está por venir. Sobre la historia que ya fue sólo podemos emitir juicios de valor, estudiarla, conocerla: es la maestra de la vida. La que viene, esa sí está en nuestras manos, es la que hacemos a diario con acciones y con omisiones, con ideas y valores, a esa historia es a la que se refiere el llamado Juntos Haremos Historia.

Hace unos días el Presidente volvió a hablar de historia, pero del otro concepto, de la que quedó atrás en el tiempo; lo hizo cuando envió una carta a Felipe VI en la que pide que España ofrezca disculpas a México por la conquista y sus atrocidades. No lo dijo, pero quizá pensaba en ello, en las matanzas, en las encomiendas, en los despojos, abusos y atropellos cometidos por los conquistadores y en la interrupción brusca de la vida y cultura de pueblos enteros.

La exigencia prendió la mecha del debate del que no quiero estar excluido y en el que propongo mi punto de vista. Cierto, se destruyó mucho y se cometieron crímenes condenables, pero también de ese desastre surgió algo nuevo: una nación que no existía y que es la nuestra. ¿Cómo pasó? Los europeos desconocían, pero atisbaban al resto del mundo: los americanos, antes de que América se llamara así no sospechaban que hubiera otra tierra lejana ni se aventuraban en sus piraguas más allá de las costas de las islas.

Cuando portugueses, primero, y luego españoles integraron el globo, como dice León Bloy, se hicieron inevitables, al inicio, los contactos que asombraron a unos y a otros; luego la codicia, el choque y finalmente abusos y crímenes, verdadero genocidio. Pero hay algo más; del encuentro de contrarios, del enfrentamiento de pueblos tan distintos y tan distantes, surgió algo nuevo que ni fue ya español ni tampoco indígena; no eran los nuevos pueblos mestizos ni aztecas, incas o mayas, pero tampoco españoles.

La integración del globo, el descubrimiento de América, fue un fenómeno de ida y vuelta. Europa se encontró con un nuevo mundo desconocido, pero del que algo había oído en la antigua leyenda de la Atlántida; pero los descubiertos, los originarios de las nuevas tierras, también descubrieron, se enteraron asombrados de que había otro mundo, que existían pueblos y naciones del otro lado del mar.

Para entender lo sucedido recurro a lo que en su Filosofía de la historia explica Jacques Maritain: hay un doble progreso contrario, en el devenir de la humanidad no vamos fatalmente hacia un fin específico como el Estado o la sociedad sin clases o la Ciudad del Sol; los optimistas en filosofía de la historia se equivocan al creer que avanzamos fatalmente por una sola vía y nos dirigimos a un solo destino; no es así, Maritain muestra que avanza el bien, pero de forma simultánea también lo hace el mal, todo depende de las acciones, omisiones, creencias y motivaciones de los protagonistas de cada momento y de cada época; somos nosotros, seres libres, los que hacemos el bien o hacemos el mal, los que logramos acercarnos a los ideales o alejarnos de ellos.

No podemos soslayar hoy que al lado de los soldados españoles también llegaron los artesanos, los agricultores, los herreros, los carpinteros y trajeron su propia tecnología que sumaron a la que ya había en América y abrieron caminos, construyeron ciudades, puentes, escuelas. Y también llegaron los misioneros.

Mencionaré sólo a dos de entre incontables decenas, dominicos ambos y ejemplo de lo que también se hizo en América: fray Bartolomé de las Casas, el defensor de los indios; de joven fue encomendero, se horrorizó tanto de las atrocidades que cometían otros españoles que se incorporó a la orden de predicadores y dedicó su vida a la defensa de los indígenas americanos, denunció, reclamó, escribió y peleó por los derechos de los pueblos sometidos.

Otro fue fray Julián de Garcés, primer obispo en el continente, quien desde Tlaxcala, su sede episcopal, escribió y envió razones a Paulo III que influyeron en la expedición de la bula sublimis Deus del primero de junio de 1537, que reconoce la calidad de personas de los indígenas, lo que negaban los encomenderos, empresarios de su época; con la bula se enderezó algo la historia torcida por las acciones de maldad y la codicia. Frente a la perversidad, avanzó el bien; alegatos, cartas, esfuerzos, ideas para rencauzar las cosas hacia la justicia, la tolerancia y la fraternidad. Ese es el otro aspecto, conviene considerarlo.