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¿La Fiesta en paz?

Manías presidenciales // Críticos positivos ahora se dicen sorprendidos

E

ntre los muchos problemas de comunicación del presidente Andrés Manuel López Obrador está uno tan interesante como desgastante: su costumbre de abrirse al mismo tiempo nuevos frentes de batalla, dispersando la atención de la ciudadanía y debilitando o posponiendo la solución de asuntos prioritarios. De meter al bote a tanto ladrón que sigue suelto ni hablamos, habida cuenta que el perdón fue convertido en piadosa forma de castigo.

El frente de batalla más reciente abierto por AMLO es su propuesta de que el gobierno y el monarca españoles pidan perdón a los pueblos originarios por las matanzas, saqueos y explotación de que empezaron a ser objeto hace 500 años –antes lo fueron del imperio azteca– y sin visos de que algún día vayan a terminar, habida cuenta de que los conquistadores conquistan a los conquistables y los explotadores explotan a los explotables desde que el ser humano puso su planta sobre la tierra para enseñorearse de ella.

La dispersión de atención se dio ahora con el muestrario de indignaciones, reprobaciones y felicitaciones a cargo de derechas, centros e izquierdas sin mayores bases historiográficas pero llevando cada quien el agua a su desecado molino ideológico, desde los que alegan que ningún pueblo es originario hasta los que defienden con su enmohecida espada los dudosos beneficios de la cruz, pasando por los que llaman a la reflexión en torno a las aportaciones recíprocas de ambas culturas, mientras los mal llamados indios de América Latina continúan a la espera de formas de existencia respetuosas y dignas, gracias a la dudosa evangelización efectuada por los conquistadores espirituales.

Trescientos años de coloniaje oficial y otros 200 de coloniaje independiente no han bastado para que dejemos de ser simples proveedores de materias primas, maquiladores y ensambladores de tecnologías ajenas y exportadores inagotables de mano de obra barata, como si la maldición de las deidades sustituidas siguiera cobrándose la lejana ingratitud de los creyentes originarios, en tanto que pueblos que hace medio siglo casi fueron borrados del mapa han sido capaces de desarrollar una ciencia y una tecnología propias y exportarlas al mundo, para regocijo de contumaces importadores, trátese de tecnologías o de… toreros. La culpa sigue siendo de los otros, los malos, y no de nosotros, los buenos, descreídos, corruptos, acomplejados, indiferentes y racistas, como nefastas secuelas de un colonialismo permitido y fomentado.

Andar pidiendo que los conquistadores de ayer y de hoy –casi tres mil empresas españolas en México, bancos, segundos pisos mal señalizados, hotelería, subordinaciones y corrupciones– pidan perdón a los explotados y marginados de siempre, es olvidar que los conquistadores no se disculpan con los conquistados; se asocian con algunos listillos para proseguir su insaciable saqueo mientras los buenos, como siempre, lo permitimos. La desoída propuesta del mandatario mexicano no debilitará la valoración que tenemos de nosotros, inmersos en una globalización mañosa que invoca el universalismo mientras la economía nacional de unos países se fortalece a costa de la de otros.

Por eso llama la atención que positivos falsos digan sorprenderse con la enésima inequidad de la empresa de la plaza de Las Ventas con los toreros mexicanos, cuando aquí aplauden como focas las comodidades y abusos de las figuras importadas, a las que los mexhincados toman tan en serio. Los intercambios requieren capacidad de negociación, no acomplejada postración.