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Nosotros ya no somos los mismos

El 68 en Chicago // Otro asesino solitario // El lado de la línea que dividió Estados Unidos

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▲ En un mismo partido político hay también rivalidades.Foto Guillermo Sologuren
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el 26 al 29 de agosto de 1968 (a un mes del fatídico 2 de octubre mexicano), se efectuó en Chicago la Convención del Partido Demócrata que habría de elegir a su candidato a la presidencia de Estados Unidos. El burro demócrata estaba exhausto, tambaleante, desfalleciente; su virtual candidato, Robert Kennedy, había sido baleado la madrugada del 5 de junio en las cocinas del hotel Ambassador, en Los Ángeles.

Según las serias y científicas investigaciones hechas por los más importantes organismos de inteligencia de ese país, el responsable solitario (¿dónde, dónde he oído algo semejante?) fue un joven (24 años) palestino de nacionalidad jordana: Sirhan Sirhan. Actualmente purga condena en el Centro Federal de readaptación de Huimanguillo, Tabasco… ¡Perdón, perdón! Éste es el otro comprobadísimo asesino solitario. Al que me refiero es huésped vitalicio en la prisión de Corcoran, California.

Durante estos traumáticos meses los demócratas enfrentaron la amenaza de una secesión, pues se dividieron entre dos contendientes: el vicepresidente Hubert H. Humphrey y el senador Eugene McCarthy. La contienda se polarizó como la que escenifican Batres, Monreal, Delgado y la señora Polevnsky o Marko Cortés, Gómez Morín y el finado Felipe de Jesús (quien de tanto hacerse el muerto lo consiguió). Los enfrentamientos se dieron entre la nomenklatura demócrata y las bases progresistas de ese partido, principalmente jóvenes, estudiantes o ninis, maestros, académicos, intelectuales, artistas, hippies, pacifistas, líderes de las minorías étnicas, sexuales o religiosas y de las mayorías de desempleados o migrantes de todos los continentes y que llegaron de las más diversas regiones del país y se congregaron en los parques Lincoln y Grant, aledaños al Anfiteatro Internacional de Chicago, donde fue la convención a la que nunca lograron ingresar. La violencia ejercida contra estos ilusos devotos del american dream no creo que tenga antecedentes como no sean la infamia de la esclavitud en los siglos XVlll y XlX. Jamás recuerdo a policías blancos reprimiendo a sus hippiosos hijos o a los hijos de los contribuyentes que pagaban su sueldo. Menos aún a policías negros (que entonces ni a afroamericanos llegaban) macanear, arrastrar o gasear a jóvenes blancos. El impacto en la sociedad estadunidense, pese a que frente a nuestro brutal genocidio de esos mismos tiempos resultaba más light que un masaje sueco, fue contundente. Los jóvenes no pudieron entrar a la convención, pero su sensibilidad, talento, arrojo, sueños e ilusiones rebasaron Chicago y se extendieron por todo el gringo territorio. No sólo en las universidades, también en las fábricas, los auditorios, las plazas, las estaciones del subway (para aquellos con quienes no coincidí en Boston, aclaro: en el Metro).

En la convención se dejó oír al grupo MC5, pero se impidió la actuación de los Chicago Eight, acusados de componer canciones que convocaban a los disturbios y la conspiración. Fueron The Doors quienes popularizaron Peace frog, en la que se atrevieron a denunciar: “Sangre en las calles. Hay un río de tristeza. Indios diseminados sangrando en la autopista. La sangre grita en el cerebro. […] La sangre manará en el nacimiento de una nación”. Sin embargo, la canción emblemática de ese capítulo fue la composición de Phil Ochs Where were in Chicago? En Chicago (del 68) ¿De qué lado de la línea estuviste?

Interrogante que a partir de entonces ha servido para confrontar y desenmascarar a todos los falsarios que en el 68 aplaudieron, vitorearon la ilegítima violencia del establishment republicano/demócrata y que ahora han elaborado sesudas explicaciones que pretenden justificar esa brutalidad con la que contestaron y aplastaron a la limpia disidencia de la generación de la poesía, música, arte, colores, baile, mágica herbolaria y escarchado con amor y paz.

Es inútil que los pocos sobrevivientes (por edad) procuren dar desesperadamente explicación a su actitud de hace medio siglo. Si en 68 tenían 15 años, no pueden ahora, sin mostrar desvergüenza, recurrir al recurso de ensaraparse (no con los de Saltillo) o de ocultarse tras el estatus de extranjeros alienígenas que jamás conocieron las infamias del mundo terrícola del que toda su vida han formado parte.

Define su calidad humana la contextura moral. No su ideología ni su militancia, que pueden ser fácilmente camufladas. Los priístas que sostienen la verdad histórica de los holocaustos (la matanza de múltiples seres humanos) están moral y políticamente deslegitimados para rehacer, reconstruir o refundar el partido histórico de la Revolución que ya una vez nació desde arriba, pero porque sus fundadores venían desde abajo; ¿ahora, los que ya están arriba, perdonados y vastos de plusvalía, se atreverían a una apuesta?

Twitter: @ortiztejeda