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Carlota, testimonio desde los territorios del olvido y la locura

Recluida en Bélgica tras la muerte de Maximiliano, la emperatriz escribió más de 200 conmovedoras cartas sobre su desgracia

 
Periódico La Jornada
Domingo 4 de noviembre de 2018, p. 2

El paso de la lucidez a la soledad más oscura del delirio es revelado en más de 200 cartas que Carlota de Habsburgo, esposa de Maximiliano y emperatriz de México, escribió recluida en Bélgica. ‘‘Lentamente, su silencio se desvanece en la noche. Sin regreso del país de la locura”.

El conjunto de misivas fueron rescatadas, traducidas y publicadas de manera independiente en México por la escritora Martha Zamora (Ciudad de México, 1940), con el título Una emperatriz en la noche. La editora conoció por azar el trabajo de la historiadora belga Laurence van Ypersele. Después de una larga búsqueda para localizar los documentos y a la autora, consiguió tan singular testimonio del personaje.

‘‘Me azoto alrededor, como a los caballos, más fuerte en los mus-los desnudos”, escribe sobre un placer doloroso; ‘‘me quito el calzón y lo meto en un armario, me tiendo en el sofá con la parte trasera, la más redonda posible, al descubierto”, consigna ya en las epístolas postreras, después de un tránsito de las visiones religiosas, las estrategias militares hasta perder los límites de la identidad propia, en momentos llega a un erotismo desbordado impropio de una princesa. Una explosión delirante de fantasías eróticas, megalómanas y místicas.

El libro Una emperatriz en la noche reúne una correspondencia de más de 250 misivas que escribió en unos cuantos meses en 1869 en Tervueren y Laeken, sumida en un frenesí total, en el que producía de uno a 20 manuscritos al día, dirigidos en su mayoría al oficial francés CharlesLoysel, también a Napoleón III, a quien consideraba un traidor; Leopoldo II, María Enriqueta, así como a innumerables generales franceses y su familia Orléans, palabras que nunca recibieron respuesta, falta de interlocución que precipitó el sucumbir en la locura.

‘‘Adiós, mamá Carlota’’, dice la canción popular mexicana. Sin embargo, ‘‘esquemática e incompleta”, describe Zamora, es la imagen que tenemos de ella, enfundada en su vestido pomposo, adornado con encajes y perlas. Lejana de la realidad; desconocemos mucho de esta mujer que arribó al puerto de Veracruz a la edad de 24 años. Dos años después salió para no volver jamás.

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▲ Carlota pintada por Franz Xavier Winterhalter en 1864, año de su coronación.Foto Internet

‘‘Heredera educada en ambiente de virtud y sumisión, en los deberes de su sangre, Carlota se unió, con un sentido agudo de responsabilidad, a la aventura colonial en la que se comprometió su esposo, Maximiliano, archiduque de Austria y emperador de México por iniciativa de Napoleón III.”

Ypersele apunta: ‘‘El interés de esta correspondencia va más allá de una simple contribución histórica. Son cartas simplemente conmovedoras” y, añade, es ‘‘un grito de desesperación que nos volcará a nuestra impotencia fundamental, a nuestros miedos, a lo esencial”. El destino final es una humani-dad desgarrada.

‘‘Van Ypersele nos hace sentir, sin complejidades ni tecnicismos, la música de la desgracia íntima y de la muerte”, pues los textos de la princesa de Bélgica, exhumados de los archivos de la familia real, son acompañados por análisis y acotaciones de la investigadora.

‘‘La obra ofrece una rara ocasión para observar, en la brusquedad y la violencia de su forma, una destrucción mental.”

Confinada por su familia

En entrevista con La Jornada, Zamora cuenta: ‘‘Sospecho que de alguna manera tenía cercanía con la realeza de ese país, al lograr acceso a los documentos personales”, de puño y letra de la fallida soberana que enloqueció después de la muerte de su esposo, fusilado en el cerro de Las Campanas por orden del presidente Benito Juárez. Cuando Carlota regresó a Europa su familia la condenó al olvido. Vivió 60 años más. ‘‘Es ahora, con este libro, cuando podemos vislumbrar algo de lo que pasó con la emperatriz Carlota durante su confinamiento en dos de los tres castillos belgas (el tercero sería Bouchout, donde murió en 1927) en los que transcurrió la mayor parte de su vida.”