Opinión
Ver día anteriorJueves 13 de septiembre de 2018Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Parlamento abierto
L

os nuevos diputados del Congreso de Nuevo León se comprometieron a hacer de la transparencia y la rendición de cuentas una práctica de su cargo. Este es uno de los supuestos elementales que debieran quedar implícitos en todo ciudadano instituido y en toda institución en torno a los fondos públicos que pasan por sus manos y a la función que detentan. Pero no con cumplir tal supuesto es suficiente. Se requiere que los servidores públicos que han sido investidos de autoridad por los electores renueven radiCalmente sus compromisos y prácticas.

Pocas leyes, entre ellas la de Participación Ciudadana, y muchos huecos dejó la anterior legislatura –de mayoría priísta. Notable fue su déficit en términos de pertinencia, racionalidad, productividad, transparencia, rendición de cuentas, espíritu republicano, métodos de gestión parlamentaria, diálogo con la sociedad, solución a los problemas comunes. Con mayoría panista, la que le sigue tiene pocas voces vigorosas que sepan responder al nuevo clima creado por los resultados electorales del primero de julio, y un viejo inventario, por lo general obsoleto, del régimen en vías de salida.

La renovación parlamentaria es urgente y no puede limitarse a lo elemental. Sobre el tema del parlamento abierto, el experimentado y reconocido político Alejandro Encinas expuso una visión de lo que debiera ser el Poder Legislativo en el seno del Centro de Estudios Parlamentarios de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Su referencia, a manera de prueba exitosa, fue el constituyente del texto constitucional que rige a Ciudad de México.

Por principio, dijo Encinas, los parlamentarios no deben quedar sujetos a órganos de control, que condicionan y limitan su libertad, como lo es la Junta de Coordinación Política, o sus equivalentes con otros nombres pero igual concentración de poder y colonización de las facultades de los parlamentarios.

La declaración patrimonial (3 de 3), la transparencia y rendición de cuentas son obligatorias y su desacato implica una severa sanción. Lo mismo puede decirse de la asistencia y la participación en tribuna: el ausentismo es una constante ominosa y sólo 20 por ciento, dijo Encinas, hace uso de la palabra. El cálculo del ex senador y próximo subsecretario de Gobernación no deja de ser optimista. Quienes participan en tribuna apenas alcanzan 15 por ciento, lo cual acusa una pobre formación política, en general, y en particular pobreza parlamentaria como se ha visto en anteriores legislaturas y pudo verse en lo que Porfirio Muñoz Ledo llamó democracia colérica de un sector de sus correligionarios en Morena: los hinchas, investidos como representantes populares, al inicio de la XLIV Legislatura.

Más que esos rasgos, la renovación de las prácticas del Poder Legislativo reside en la relación intensa y de calidad de los parlamentarios con la sociedad. Saber cuáles son sus necesidades y demandas más sentidas para traducirlas a gestiones y tareas representativas.

Atender sólo a la línea partidaria o, como se ha estilado, la del Presidente de la República o la del gobernador en funciones es no entender que la representación política requiere de interpretaciones y respuestas autónomas y plurales, así como de evitar los vicios infaltables del mayoriteo.

Encinas no se refirió a las prácticas partidarias, que son la escuela de sus cuadros con cargos de representación popular y cuyo desdoblamiento en los órganos del poder público los hacen responsables de su buena o mala gestión. ¿No son los partidos la primera instancia de representación política del conjunto social? Pero en su renuncia al PRD están presentes. Con frecuencia, si acaso la evidencia es aplastante, los partidos expulsan a sus miembros cuando han incurrido como servidores públicos en delitos graves. Pero no les van a la mano oportunamente cuando es claro que hacen mal uso de su puesto o cargo.

Y así es, en gran medida, porque los partidos no observan métodos democráticos en su vida interna a fin de deliberar, en su asamblea, las decisiones fundamentales vinculadas a sus miembros en la función pública.

Me pregunto, por ejemplo, si el golpe de timón parlamentario al viejo populismo llevando lonche en modo Tupperware o las concertacesiones permitiendo el doble cargo a un gobernador a cambio de anexar cinco diputados del Partido Verde Ecologista de México han sido hechos registrados partidariamente como distorsiones políticas y por tanto dignas de enviar señales de –mínimo– extrañamiento y censura a sus compañeros responsables de tales ocurrencias y transas.

La concepción del parlamento abierto exige incluir la participación de los partidos políticos para darle consistencia y significado plenos.