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Vox Libris
Las tres estaciones
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▲ Eric Nepomuceno (Río de Janeiro, 1948), escritor, periodista y colaborador de La Jornada.Foto Paula Johas
Periódico La Jornada
Domingo 29 de julio de 2018, p. a12

El narrador brasileño Eric Nepomuceno publica en español su libro Las tres estaciones, coeditado por el sello Almadía y la Universidad Autónoma de Sinaloa, con traducción de Paula Abramo. Este trabajo literario reúne varios cuentos con los que el autor desmiente ‘‘la arraigada percepción que tenemos de la experiencia como el remedio a los males humanos’’. Con autorización de los editores, La Jornada ofrece a sus lectores el relato ‘‘En el jardín’’, a manera de adelanto de esa obra que circula en librerías

Y cuando ya no sabía de dónde agarrarse, se largó a cuidar de la memoria como un jardinero cuidaría la tierra. Como si fuera algo especial.

Dividía su memoria como la abuela, años antes, dividía un pastel en rebanadas. Y a cada rebanada le dedicaba un tiempo.

Así había pasado casi una semana recordando la casa de su infancia, el jardinero que plantaba flores blancas, el pino que crecía junto a la ventana del cuarto de la hermana, las noches que cruzaba el cuarto de su hermana para salir por la ventana y bajar por el pino hacia la oscuridad de la noche.

Luego dedicó dos semanas enteras a recordar, día a día, todas las pláticas que había entablado con Horacio en Buenos Aires, cuando vivían en la misma ciudad. Horacio había inventado una extraña combinación culinaria y se la pasaba divirtiéndose, iba a restaurantes y pedía tallarines a la Horacio, que nadie sabía cómo eran. Él les explicaba: a la mantequilla, con pimientos y una milanesa. Comía como un pajarito, alababa su propia receta y contaba todas las historias que pretendía escribir algún día y que jamás escribió.

Un día surgió la rebanada de memoria que ocupaba Julia y entonces empezó a sentir un tiempo distinto, de cansancio: un cansancio que lo ahogaba, un cansancio de agua.

La presencia de Julia se había convertido en un fantasma pegajoso, había ocupado el espacio de todas las demás rebanadas de su memoria, invadía historias ajenas, se metía con otra gente en paisajes que no eran suyos, donde nunca había estado, y él ya no sabía a ciencia cierta dónde situar a Julia en su memoria o dónde situarse en la memoria de Julia.

En aquel tiempo viajó primero a San José de la Montaña y se hospedó en un hotel con la determinación de escribir un concierto para flauta. No escribió nada, pero pasó algunas noches en la cama de una joven llamada Carmen, que había cruzado el mar sin saber por qué.

Después viajó a Barcelona al lado de la joven llamada Carmen, y vivieron dos meses juntos. Pasados los dos meses, viajó a un pueblito de la costa, rentó un pequeño departamento y empezó a escribir el mismo concierto para flauta. Julia invadía sus noches y no lo dejaba dormir. Veía la mañana escurrirse sobre el mar, y poco a poco fue comprendiendo que jamás podría escribir el concierto para flauta si no se libraba de aquella rebanada de memoria.

Pensó en regresar a San José de la Montaña y luego decidió detenerse en cualquier otro pueblito de América Central. Fue a parar a Managua, aunque nunca supo explicar por qué. Pasó doce días instalado en un cuarto de hotel y la noche del último día empezó a escribir el concierto para flauta. Escribió la primera parte del primer movimiento, pero algo no estaba bien con la orquesta. Pensó que la orquesta estaba llena de vacíos y concluyó que eso era muy natural, pues no era posible arrancar bien en una sola noche. Le quedaba claro el camino que debía seguir la flauta, pero había vacíos en la orquesta y, en consecuencia, decidió que era imposible escribir un buen concierto en Managua y se fue a la Ciudad de México.

Rentó una casa al fondo del terreno de una casona grande y vetusta. Pasó dos o tres días pensando que el vacío de la orquesta se debía al vacío del recuerdo de Julia, que había desaparecido para siempre una noche en la que él, desde la ventana del hotel, adivinaba, en la oscuridad, el lago de Managua.

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Terminó rápidamente la primera parte del primer movimiento del concierto para flauta, y entonces la orquesta empezó a crecer con una rapidez alucinante, mientras el camino de la flauta se perdía.

Por aquellos días, Arthur pasó por México rumbo a Los Ángeles, para hacer una serie de grabaciones de Rajmáninov. No le dijo nada sobre sus problemas, ahora centrados en la flauta. Sólo le dijo que había empezado a componer el concierto y que pretendía terminarlo antes del verano, época en que le pagarían el encargo y viajaría a Río de Janeiro, donde pasaría dos meses dirigiendo una orquesta.

Arthur durmió, comió y bebió, y el día en que volaba a Los Ángeles le dijo que se había encontrado a Julia hacía tres meses en una fiesta en Venecia, y que estaba guapísima. La siguiente semana pudo, trabajando día y noche, concluir el concierto, que no le quedó ni bien ni mal.

Llamó a un copista para pasar en limpio las partituras, corrigió algunos pasajes del chelo, marcó mejor algunos ritmos con los clarinetes, reforzó el canto triste de dos trombones y llamó a su agente para confirmar las fechas de sus conciertos en Río de Janeiro. Tres días antes de volar lo invitaron a una fiesta en la embajada francesa y estaba a punto de naufragar en un mar de aburrimiento cuando decidió ir al jardín. Bajaba la escalera de la terraza que conducía al jardín y al estrecho camino de piedras que desembocaba en la alberca cuando oyó una risa. Se dio media vuelta y ahí estaba: una mujer morena que se reía como Julia.

Le preguntó a un francés quién era aquella joven. El francés se llamaba Francis y fumaba un puro enorme. Dijo que no la conocía, que era una uruguaya que pintaba malos cuadros.

Pasó unos instantes mirándola y luego se dirigió al jardín. Se tendió en el pasto y poco a poco se quedó dormido, sintiendo en el aire un viento de pinos y flores blancas, y recordando el jardín de su infancia. Era más fácil.

Tres días después abordó un avión con el concierto para flauta debidamente corregido en el equipaje y, en el asiento de al lado, la joven uruguaya que pintaba malos cuadros pero que tenía la risa más hermosa que él hubiera visto en la vida.

La temporada en Río de Janeiro fue un éxito, y él pasó noches sin fin con la joven uruguaya, que una mañana de domingo voló rumbo a Uruguay prometiendo volver algún día, mientras él volaba hacia Managua prometiendo no volver nunca.

No volvió nunca y Julia jamás fue a Managua. En Managua intentó primero escribir un segundo concierto para flauta, luego quiso escribir un conjunto de seis piezas para piano, luego se acercó suavemente y para siempre a una joven de vestido verde, luego intentó un quinteto para clarinete, pero no podía sacarse de la cabeza un movimiento de Mozart.

Decidió pasar seis meses sin intentar hacer nada, mientras por teléfono su agente le avisaba que su cuenta bancaria estaba cada día más raquítica. Pasados los seis meses le informaron, por teléfono, que ya no tenía agente ni cuenta bancaria.

El radio anunciaba peligros, la joven de vestido verde tenía unos ojos enormes que también estaban llenos de peligro, pero él apenas si se daba cuenta de todo eso.

Le escribió a Arthur preguntándole por Julia, Arthur no contestó. Nunca supo que Arthur no sabía nada de Julia.

La última noticia que se tuvo de él fue que se encargaba de cuidar los jardines de un ministerio en Managua, y que había pedido un empleo de jardinero en la embajada de Francia con la esperanza de que algún día hubiera una fiesta y apareciera la joven que se fue a Uruguay prometiendo volver.

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