Opinión
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Mar de Historias

El difícil momento

A

ngélica, Rosaura, Olga y yo nos conocemos desde hace más de cuarenta años. El trabajo y los deberes domésticos impiden que nos veamos con frecuencia, pero cada dos años, en julio, llueva o truene salimos de vacaciones. No importa adónde vayamos, siempre nos divertimos como locas. Durante meses hacemos los preparativos para el viaje y tomamos las medidas necesarias para que ninguna falte.

La mayor del grupo es Rosaura. Acaba de cumplir sesenta años. Decidimos festejárselos durante nuestra semanita en Cancún. Ella estuvo más que de acuerdo y se ilusionó mucho. Cuando se comunicaba con alguna de nosotras no tenía más tema de conversación que el viaje. Por eso nos desconcertó tanto que una noche nos llamara para decirnos que este año no iría con nosotras. Su casero se negó a pagar las composturas que su departamento necesita con urgencia y ella tendrá que cubrirlas con el dinero ahorrado para las vacaciones.

II

A pesar de nuestros esfuerzos no logramos que Rosaura cambiara de opinión. Entonces decidimos festejarle el cumpleaños aquí. Angélica ofreció su casa para la fiesta, y como René, su marido, toca la guitarra muy bien, dimos por sentado que pasaríamos una noche alegre y como en familia, pero fue algo más que eso.

Sin decírnoslo, Angélica organizó una fiesta sorpresa a la que asistieron algunos vecinos y amigos de René. De todos, yo sólo conocía a Claudio –es dentista y una vez tuve que consultarlo. Llegó acompañado por un hombre notablemente alto, de facciones afiladas. Con su traje de tres piezas y el cabello hacia atrás parecía un bailarín de tango. René nos lo presentó por su nombre: Antonio Barrera Salas.

Aunque algo serio, el hombre resultó un buen conversador. Nos tenía embebidos a todos, pero él más bien se dirigía a Rosaura. Ella, cohibida por la actitud de Antonio, a cada rato y con cualquier pretexto iba a la cocina. Angélica, Olga y yo la seguíamos para interrogarla, hacer pronósticos y bromas que la ruborizaban. Nuestra amiga, por llevarnos la corriente, hizo la clásica pregunta: ¿Y si es casado? Olga, impostando la voz, le dio uno de sus consejos de oro: No te hagas ilusiones, no esperes nada, ni te preocupes. Sólo disfruta.

Al término de la fiesta, que por cierto estuvo animadísima, Antonio se despidió de Rosaura inclinando la cabeza con tanta reverencia que hasta creí que iba a besarle la mano.

III

El lunes, cuando llamé a Rosaura para ver si había cambiado de opinión respecto de las vacaciones, me dio una buena noticia: Antonio me llamó anoche. Quería venir a visitarme, pero le dije que mejor nos viéramos en algún café. Imagínate, a mi edad acepté citarme con un desconocido. ¡Bien hecho! ¿No crees que debí pensarlo un poco? Olvídate de tonterías. El tiempo se va volando y las oportunidades no regresan. ¿Para qué querrá verme? Ya te lo dirá. Tú, serena y, como te dijo Olga, disfruta. ¿Cuándo se van a ver? “Mañana en la tarde, en el Torino’s.” Mejor que vaya a ser tan pronto. ¿Qué me pongo?

Por la pregunta y el tono en que Rosaura me la hizo comprendí que Antonio le había despertado cierto interés:

Lo que más te guste, lo que te haga sentir cómoda. Optó por el traje palo de rosa. Le queda muy bien y la rejuvenece. La alegró que se lo dijera. Al despedirnos prometió llamarme después de su cita. Le propuse que mejor viniera a mi departamento. Así tendríamos más tiempo para comentar.

IV

Rosaura llegó mucho antes de lo que esperaba. Su expresión era serena, pero algo en su mirada me puso en alerta. ¿Te ofrezco un café? No. Ya tomé bastante, pero te aceptaría con gusto algo más fuertecito. Mi amiga sólo bebe en ocasiones muy especiales. Evidentemente esta era una de ellas y eso aumentó mi curiosidad: Por favor ya dime: ¿qué pasó, de qué hablaron?

Yo de nada. Fue él quien llevó casi toda la conversación. ¿Acerca de qué? Pues de mí. Explícame. En vez de hacerlo, mi amiga sacó una tarjeta y la puso en mi mano. ¿Qué hago con esto? Mírala y luego me dices.

En el ángulo superior izquierdo de la tarjeta vi el emblema de una funeraria y en el otro extremo el nombre completo de Antonio, su cargo: Asesor de Previsión. Mi sorpresa fue tan grande como mi desconcierto: ¿Con qué objeto te dio su tarjeta? Quiso ponerse a mis órdenes antes de que me llegue el difícil momento: o sea la hora de mi muerte, palabra que nunca pronunció. Dijo que podía llamarlo todo el tiempo, a cualquier hora o escribirle a su correo electrónico para que nos reuniéramos y poder explicarme con calma el tipo de paquetes que ofrece la funeraria. Yo no sabía que hay sistema de apartado y puedes ir pagando tu funeral en abonos.

Lo que estaba diciendo Rosaura era más que claro, pero necesitaba asegurarme: ¿El dichoso Antonio te citó para venderte servicios funerarios? ¿Sí? ¿Cómo lo hizo, con qué palabras? Con absoluta naturalidad, como si estuviera ofreciéndome un coche o hablándome de las ventajas que tienen los hoteles de cinco estrellas. Por cierto, ¿ya decidieron a cuál llegaremos en Cancún?

Por lo visto era mi día de sorpresas: ¿Dijiste vamos? Eso significa que... Sí, las acompaño. La noticia me dio tanto gusto que abracé a Rosaura: “¿Seguro? ¿No vas a echarte otra vez para atrás.“ No. Voy con ustedes. ¿Y las composturas en tu departamento? No son tan urgentes. Las haré después. Antes no pensabas así, ¿qué te hizo cambiar? Tomó la tarjeta que habíamos dejado sobre la mesa de centro y la miró: Este cartoncito, la conversación con Antonio, la forma en que me habló de lo que llama el difícil momento. Insistió mucho en que puede sorprenderme cuando menos lo espere y debo tomar mis previsiones. La muerte, tarde o temprano, nos llegará a todos. Por eso mismo, mientras podamos hacerlo, ¡vámonos de vacaciones! Me muero por que festejemos otra vez mi cumpleaños y por encontrarme de nuevo con el mar.

(PD: este cuento se basa en hechos reales.)