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Educar para la democracia
E

ste 2018 México ha experimentado una singular paradoja: mientras amplios sectores sociales reclaman y comienzan a asumir una condición democrática basada en el diálogo y el respeto, los principales actores políticos –el gobierno y los partidos– se han batido, por decir lo menos, en un duelo a navajazos.

El debate sobre las ideas y posiciones distintas, la libertad de expresión manifestada en los medios, así como el respeto a la otredad política, hoy parecen estrellarse en un muro que, lejos de permitir pensar en el avance de la convivencia democrática, obliga a tomar conciencia de su retroceso.

¿Se educa para la democracia? Hay una intencionalidad explícita que contesta que sí y que se enmarca en el terreno de las ideas, en el marco legal, en el discurso oficial de las autoridades electorales y por supuesto en los libros de texto gratuitos. Pero, ¿qué ocurre en la realidad? Todo lo contrario. Los crímenes, las innumerables faltas de respeto y la prevalencia de la simulación por parte de los actores políticos, muestran que el proceso electoral –uno de los momentos estelares de la democracia– ha sido un lamentable ejemplo de antipedagogía para la democracia que oscurece el presente y que inocula en niños y jóvenes un pésimo mensaje para el futuro.

Las evidencias de los primeros seis meses del año son contundentes: medio centenar de candidatos asesinados y cada mes un periodista ejecutado. Así, los ciudadanos que aspiraban a servir como diputados, alcaldes o regidores, terminaron su carrera pública en manos de sicarios –esta vez de la ­política– que hoy engrosan el entramado de la violencia en el país. En términos de procedencia partidista, los candidatos que perdieron la vida representaban a las más diversas fuerzas: al Partido Revolucionario Institucional, al Partido de la Revolución Democrática, al Partido Acción Nacional, al Partido del Trabajo, a Morena, a Movimiento Ciudadano, e incluso a quienes ostentaban la condición de independientes. Y, en términos de ubicación, los estados de Guerrero, Michoacán y Puebla, encabezan la geografia del crimen y ratifican la violencia que ha prevalecido en ellos a lo largo del sexenio.

En las campañas electorales se destacaron, muy por encima de las propuestas de gobierno, una serie de ­mensajes y spots en radio, televisión y redes sociales cargados de injurias y denuestos en un estilo totalmente ajeno al respeto y la civilidad que demanda la construcción ideal de la democracia. Y no debería quedar como una simple anécdota el amago de mutilación de uno de los candidatos que ilustra un nulo apego a los derechos humanos y sus inquietantes coincidencias con los modos de la delincuencia organizada.

Aunado a lo anterior, resulta necesario aludir a la mercantilización del voto y a la indiscutible falta de respeto de algunas coaliciones políticas hacia la sociedad. Hoy en el proceso electoral la dignidad de la participacion electoral se ha intercambiado por un tinaco, por pintura para las fachadas o por tarjetas bancarias que distorsionan y corrompen la libertad de los ciudadanos para elegir a sus gobernantes.

En suma, lejos de lograrse un avance en términos del fortalecimiento democrático, se ha hecho patente un déficit en esa materia y una suerte de antipedagogía en la que se hicieron visibles las prácticas más ruines en la historia electoral de este país.

Hay, sin duda, un enorme trecho por avanzar y parece ser el momento justo de replantear la educación ciudadana. Una educación que articule las intenciones y los hechos, el marco legal y el marco real del país. Una educación que eduque para la libertad de pensamiento y acción.

Hoy resulta indispensable que los mexicanos –especialmente los niños y jóvenes– conozcan sus posibilidades de deliberar y decidir como ciudadanos igualitarios acerca de su vida en comunidad. Que no vean limitadas sus expectativas a una ciudadanía formalista o meramente contemplativa, sino que sean reconocidas en su dimensión participativa, responsable y crítica frente al poder. Una ciudadanía no acotada al marco electoral, sino que extienda su acción al ejercicio y cotidianidad de la vida política. Hoy México está urgido de una verdadera educación para la ­democracia.

* Investigador y profesora de la Universidad Nacional Autónoma de México