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El 68 hoy
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odos los días se cumplen años. Todos los años. Existe una industria de los aniversarios, cincuentenarios, centenarios y bicentenarios que alimenta a periodistas y agencias, investigadores sociales, historiadores, conferencistas, vendedores de nostalgia, administradores del festejo, sobrevivientes. A veces (pocas) la conmemoración de un hito puede en sí ser un hito. Lo fue 1992 para los pueblos originarios de todo el continente. Quizá lo pudo ser 2010 para el México de abajo. ¿Lo será en México este 2018? La historia también es cíclica. O espiral hacia arriba, hacia abajo. 1968 representa un parteaguas (perdonen el lugar común) que no se diluye y, como todo lo vivo, no deja de cambiar. Aunque lo rebase el tiempo transcurrido, conserva un especial significado. Por primera vez en la historia moderna la juventud como tal ocupó la escena pública. Su movilización desató un despertar urbano de muchas bandas que comprendió la eficacia de ocupar calles, plazas y edificios, como apuntara hace poco Immanuel Wallerstein en estas páginas al recordar las primeras protestas en Nueva York.

Ese año fue primera vez de muchas cosas. Primer fenómeno político global, sorpresivamente simultáneo (ni quien soñara con Internet), desató algo en universidades y centros de trabajo que llevó a los jóvenes a ser creadores y protagonistas de la Historia sin ponerse de acuerdo: en Estados Unidos, Francia, Checoslovaquia, Polonia, México. Fue la primera vez que el feminismo tomó las calles. Experiencia nueva en un mundo caducado, la nueva ola bañó a las clases medias educadas y se atrevieron a desafiar al autoritarismo establecido después de la Segunda Guerra. El imperialismo estaba empantanado en una guerra que conmovía a las juventudes del mundo. Vietnam fue una espina común, sufrida en carne viva por la juventud estadunidense. Su vergüenza por la guerra, la indignación rebelde, encendió la mecha.

Queremos el mundo y lo queremos ahora/ La imaginación al poder/ Desconfía de cualquiera mayor de 30/ Espero morir antes de hacerme viejo/ They have the guns baby, we’ve got the numbers/ Negro es hermoso/ Haz el amor y no la guerra. Si 1967 parió el Verano del Amor, en escala anglosajona al menos, en 1968 se llegó lejos y se arriesgó todo sin recurrir a los fierros. En París, el ideal de cambio quiso jubilar al abuelo De Gaulle. En Praga, los jóvenes estrenaban una libertad estética y de expresión que desafió a los tanques soviéticos. En México los jóvenes soñaban con llevar esa libertad fuera del campus. La ola alcanzó las universidades europeas. En Londres, Mick Jagger brindaba por la sal de la Tierra. Un shock recorría la Unión Americana.

Como tantas cosas del periodo, Bob Dylan lo había predicho años antes: Vengan y júntense donde quiera que ronden, admitan que a su alrededor las aguas han subido y pronto les calarán los huesos. Si vale la pena salvar tu tiempo, ponte a nadar o te hundirás como piedra porque los tiempos están cambiando.

Marshal McLuhan, faro intelectual de la época, pionero en el análisis de los nuevos medios y sus mensajes, habla de la aldea global. El marxismo de Herbert Marcuse marca las protestas en Berkeley. José Revueltas se suma a los muchachos para refrescar su tempestad intelectual. Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir amadrinan las fiestas de mayo y aguantan vara a la hora de los cocolazos.

Ese año nadie se aburrió. Excitante, festivo, trágico. Un nuevo sentido común prefiguró utopías deslumbrantes. No tan fugaz, dejó huellas, cicatrices, lecciones. Y Hey, Jude. Alguna vez el líder politécnico Raúl Álvarez Garín me contó que cuando los estudiantes estaban presos en Lecumberri, después de la masacre de Tlatelolco, escuchar Hey, Jude tras las rejas les recordaba la esperanza. (Otra primera vez: los Beatles constituyen el primer momento tribal-global de la música, de su mensaje y su comercio; hoy parecen ordinarios los lanzamientos globales, pero es algo que estrenaron ellos para dar al mundo bellos himnos). El concepto generación adquiere fuerza. Una generación hedonista, rebelde, valiente, con vocación de poder.

El 68 pareció derrotado en todas partes. Gustavo Díaz Ordaz se salió con la suya y le aplaudieron en el Congreso. Las Olimpiadas fueron un éxito. Revueltas cayó preso y temió por su vida. Decenas de estudiantes fueron venadeados por el Ejército el 2 de octubre. Sólo en México hubo muertos, y Olimpiadas. Oficialmente no pasó nada. Como Kundera, los sesentayocheros mexicanos se hundieron en la tristeza, sus presos fueron olvidados. La guerra de Vietnam no se detuvo, De Gaulle se religió, Nixon llegó a la Casa Blanca. Moscú plantó su bota, llegado el invierno la Primavera de Praga se hizo amarga. Pero hoy sabemos que aquellas derrotas ganaron muchas batallas.