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Aniversario luctuoso de Javier Valdez
Un tipo al que todos quieren
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Periodistas de Baja California, corresponsales nacionales e internacionales, junto con un grupo de artistas, crearon un lienzo con fondo blanco y la leyenda en rojo Van 140 periodistas asesinados en MX, sobre un tramo de 20 metros del muro de lámina que separa a México de Estados Unidos, en el cañón del Matadero, en las inmediaciones de Playas de Tijuana, una zona por la que en la década de los 90 cruzaban cientos de migrantes. Lo elaboraron el pasado fin de semana para denunciar el homicidio de esa cantidad de comunicadores en México de 1999 a la fecha, la inacción del gobierno mexicano ante estos crímenes y los ataques a la libertad de expresión. En la lista figuran los corresponsales de La Jornada Miroslava Breach, de Chihuahua, asesinada el 23 de marzo de 2017, y Javier Valdez, de Sinaloa, ultimado el 15 de mayo de 2017 (Con información de Antonio Heras, corresponsal)Foto Antonio Maya/La Jornada California
F

ue tal vez el estilo narrativo de Javier Valdez, libre, galopante, desinhibido, que hacía de sus crónicas y reportajes trasladados después a libros lo que lo llevó a rincones insospechados. Ocho libros publicados en un lapso de 12 años. Pocos autores lo logran. Y menos, todavía, consiguen que el grueso de sus lectores fueran jóvenes. Además, libros no de ficción, sino de periodismo.

El caso es que Javier empezó a ser, de pronto, una celebridad en las ferias del libro a donde acudía, año tras año: Guadalajara o el Zócalo capitalino, Puebla o Monterrey, Mérida o Xalapa. Donde se plantara salía caminando con una cauda de amigos y amigas, directo a una barra donde sirvieran cervezas y se pudiera reír y llorar hasta altas horas de la noche.

Formó parte de esta generación de periodistas a quienes alcanzó la ola de esta guerra incomprensible. Lo dijo varias veces: nosotros no salimos a buscar esas historias de la violencia y del narco. Ellas se atravesaron, estaban ahí. Y eso a muchas y muchos informadores les ha costado la vida.

Muy pronto, las páginas de los periódicos y los espacios de los medios convencionales se vieron rebasados. Eran demasiadas historias cabronas (por decirlo en sus términos), demasiadas tragedias, fosas y lágrimas.

Los reporteros empezaban a ver que sus libretas y grabadoras rebasaban y cómo se iban quedando piezas valiosas en el tintero. Y empezaron a escribir más largo, más detallado, más desde sus adentros, para publicar libros. Algunos buenos, muchos mediocres y muchos más, productos para el mercado y nada más. Se generó un auge editorial de libros periodísticos con este tema.

Entre las obras muy buenas destacaron los títulos de Valdez, que entró a esa corriente pisando fuerte. A su primer libro, Malayerba, lo prologó Carlos Monsiváis. El segundo, Miss Narco, inspiró una película. Otra de sus obras, Levantones, fue traducida al inglés con el título The taken: true stories of the Sinaloa drug war.

Los libros no lo alejaron del diarismo y este periódico se lucía de tanto en tanto con grandes reportajes que aportaban una mirada diferente al deshilvanado recuento de enfrentamientos y muertos, capturas y partes policiacos que dominan la cobertura de estos temas.

Reportajes sobre cómo vivían, tocaban quebraditas y morían de miedo o de bala los músicos de las bandas que eran contratadas por los capos. Cómo escarban la tierra en busca de sus hijos desaparecidos Las Rastreadoras en la región de El Fuerte y cómo se burlan de ellas las autoridades. O cómo es que un mal día, mientras vendía mariscos en su carreta en La Costerita, a Karla le pegó no una bala perdida, sino una granada perdida, que sin explotar se alojó en su boca. Una historia extraordinaria que Javier aprovecha para describir a una humilde mujer extraordinaria.

A escala local, participó como uno de los tres mosqueteros en la fundación del semanario Ríodoce, al que Alejandro Almazán llamó un discreto monumento al triunfo del periodismo.

La trascendencia del trabajo del equipo editor de Ríodoce llevó a sus fundadores a Nueva York a recibir en 2009 el Premio Internacional a la Libertad de Prensa y, meses después, el prestigiado galardón María Moors Cabot, junto con el equipo de El Faro, medio digital de El Salvador.

¿Imaginaba Javier Valdez, periodista de provincia, el banquete de gran gala y el prestigio internacional que implican reconocimientos como estos? Quizá no. Pero una cosa seguro sí la esperaba: de aquel mundo de grandes ligas de Nueva York salió enriquecido por la adquisición de nuevos y grandes amigos de otros países, quienes, como todo mundo, cayeron prendados por su gran bonhomía.

Tal vez fue por eso, y porque sus libros ya se conocían en el mundo hispanoparlante, que la noticia de su asesinato, hoy hace un año, estalló y se esparció con fuerza inusitada en las redacciones de todo el país y más allá. Todas las noticias de los colegas caídos –48 en el sexenio de Enrique Peña Nieto, alrededor de 110 desde 2000– impactan y pesan en el gremio. Cada una deja heridas y vacíos no sólo en sus familias, sino que cierra un espacio que permite la circulación de la información, tan necesaria como el aire en cualquier sociedad. Pero la muerte de Valdez impactó con mayor intensidad. Y hoy su caso y su causa representan y reflejan todos los demás.

¿Por qué todo mundo quería tanto a este tipo?

Por su abrazo de oso. Por su picardía y su conversación salpicada del malhablar culichi. Porque ante una buena mesa o en una caminata, en una lectura o en la redacción, el compañerismo, la solidaridad y la alegría se daban de manera espontánea. Porque el dolor de cada víctima lo hacía suyo. Y a cada huérfano de estos crímenes lo adoptaba como propio, como hizo con Jimena, Ghalia y Elías, los hijos del periodista José Antonio Rodríguez, El Choco, del Diario de Juárez, asesinado en 2008. Y con Ronaldo, el bebé que nació con los puños apretados, porque todavía estaba en el vientre de su madre cuando a su padre, Nicolás, lo desaparecieron en Monterrey en 2011.

Pero también por su valentía. Porque se negó a callar lo que veía y sabía. Porque nunca quiso ser un koverny.

Anna Politkóvskaya, la periodista rusa asesinada en Moscú el 7 de octubre de 2007, escribió en su última columna, llamada De qué soy culpable, que en el ejercicio periodístico que se hace en condiciones de represión, inseguridad y agresiones a la prensa abundan precisamente ésos, los koverny, payasos que trabajan para entretener al público, periodistas complacientes. Y los otros: los que mantienen los principios de independencia y nunca olvidan las razones por las cuales son periodistas. Ella, como Javier, fue de los otros.

En Chihuahua, el 22 de marzo del año pasado, la periodista Miroslava Breach leyó largamente, hasta bien tarde, antes de apagar la luz. Madrugó, como siempre, al día siguiente, porque tendría, somo siempre, un día ocupadísimo. Saliendo de su casa la mataron. En su mesita de noche quedó el libro que estaba leyendo, con la esquina de una hoja doblada. Era Malayerba, de Javier Valdez.