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Shostakovich vence a Stalin
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Dmitri Shostakovich (1906-1975), compositor ruso. Imagen incluida en el cuadernillo del disco compacto
 
Periódico La Jornada
Sábado 28 de abril de 2018, p. a12

En los estantes de novedades discográficas esplende un testimonio brutal por bello y propositivo.

Shostakovich under Stalin’shadow, se titula.

Reúne tres sinfonías y una suite sinfónica.

Brutal: el golpe seco de la coda de la Quinta Sinfonía. Un rayo descomunal.

Bello: flores bajo el pavimento, luz en medio de tinieblas, una gota de rocío en pleno desierto en hervor.

Propositivo: esas flores delicadas alimentan bondad, respiración, futuro.

El tema sigue alimentando, a su vez, obras maestras en distintos campos, como la reciente novela de Julian Barnes, El ruido del tiempo, donde Dmitri Dmítrievich –nombre con el cual Barnes enmascara al compositor para protegerlo con ironía– encarna un arquetipo: ese brillante objeto del acoso.

Al frente de la Sinfónica de Boston, el director letón Andris Nelsons grabó hace un par de años la Sinfonía 10 y la Passacaglia de Lady Macbeth of Mtsenk, con el título Under Stalin’s shadow, con éxito tal que ese álbum fue premiado con el Grammy, lo que derivó en una extensión del proyecto: ya no serían las sinfonías 5 a 10, las que escribió Shostakovich a pesar del acoso de Stalin, sino las 15 sinfonías además de la ópera completa, las que grabará Nilsons con la Sinfónica de Boston, todas en vivo.

El segundo de la serie es el que hoy nos ocupa y el siguiente contendrá las sinfonías 6 y 7.

Shostakovich bajo la sombra de Stalin, el título del disco de hoy, narra en sonidos el infierno en que convirtió Stalin la vida de Shostakovich.

Musicólogos, médicos, científicos, antropólogos, han documentado el caso de la siguiente manera: movido por la vulgar envidia, el dictador decidió arremeter contra el artista; no le bastaba con ser temido, en el fondo quería ser amado y admirado, reconocido con al menos algún talento, como sí lo era, frente a sus sufrientes ojos, Shostakovich.

La estrategia siempre burda: ya era 1936 y el éxito no dejaba de manar a los pies del modesto músico, concentrado en su trabajo, procurando no llamar la atención, fiel a los principios de la patria, ciudadano ejemplar.

Así lo ubican los estudiosos de todos los campos: Shostakovich fue un gran patriota. Amaba a su patria. Quería un futuro para su país, una sociedad mejor, era fiel al proyecto.

Julian Barnes narra en su novela, mediante recursos literarios a manera de juego de espejos, farsa, tragedia, comedia de enredos, sketch y todo junto: Dmitri Dmítrievich no es Shostakovich porque para Stalin los demás son nadie, súbditos, empleados.

Ese ser insignificante es observado, vigilado, acechado, para ser descuartizado en cualquier momento.

Stalin asistió a una función de la muy exitosa ópera Lady Macbeth de Mtsenk, que escribió Shostakovich, pero su intención era buscar la manera de aniquilarlo. Él mismo redactó una reseña sin firma y la publicó en su periódico, Pravda: Shostakovich no es patriota, su música es una amenaza, acabaré con él.

Y comenzó un acoso que duró 17 años, causó la muerte de su autor, Stalin, mientras Shostakovich sigue en el corazón de la gente. Julian Barnes sigue también los procedimientos de médicos, sicólogos, melómanos y antropólogos: se trata de una metáfora. El acoso de Stalin sobre Shostakovich continúa en el acoso laboral, sexual, político, social que se practica hoy con la misma impunidad. Los científicos nombran así el modelo de laboratorio: Stalin tipifica al desequilibrado, al poder desmedido, la impunidad.

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Portada del libro del escritor británico Julian Barnes

El giro magistral de Barnes consiste en su muy peculiar sentido de la ironía, filosa ironía.

Como el golpe brutal de la coda de la Quinta Sinfonía, la novela encabalga el ritmo, métrica, tono, atmósfera de la música de Shostakovich. Uno lee El ruido del tiempo de Julian Barnes y a la vez está escuchando la música de Shostakovich.

El asombro mayor: el tono irónico de la novela de Barnes es el mismo de la música de Shostakovich. El humor en su paleta de pintor: sonrisa, mueca, sarcasmo, carcajada, burla y la expresión mayor de la inteligencia: la ironía.

Así escribe Julian Barnes El ruido del tiempo. Así escribió Dmitri Shostakovich su ruido en el tiempo.

En dos discos, Shostakovich under Stalin’s Shadow pone por delante el humor contenido en la Novena Sinfonía, para que pese más el impacto fulminante de la coda de la Quinta Sinfonía y transitar hacia el disco dos: la Suite de la Música Incidental para Hamlet y la enigmática, poderosísima Sinfonía Ocho, una obra plena de misterio.

Andris Nelsons, titular de la Sinfónica de Boston, es el autor de este álbum magnífico. Sus versiones a las obras reunidas poseen valor mayúsculo: están imbuidas del alma de Shostakovich. Tanto, que no hay paráfrasis, adorno, recoveco, truco, efectismos, nada de toda esa parafernalia tan frecuente en los directores en busca de notoriedad a costa de las obras (el efecto Karajan); por el contrario, tenemos frente a nuestros oídos una lectura musical de Shostakovich no solamente leal sino valedera: brutal, por bella y propositiva.

El track 10 del disco 2 es así: brutal, bello, propositivo: el encabalgamiento acerado de las violas, galopas bestiales, faunos rotundos, el tutti orquestal hace temblar las hojas de un jardín bajo la estampida de bisontes en celo.

Volcanes en actividad, tormentas eléctricas, el estallido del gran tambor hace temblar. Conmociona.

El coro de violas es un gemir de sirenas en un libro de Pascal Quignard, esas mujeres-ave que causan terror y al mismo tiempo atracción irresistible a los remeros. Butés salta al agua, hacia la fuente sonora.

En el misterio de la música de Shostakovich yacen raras mezclas: Kafka y Joyce, la utopía y la cruda realidad, lo tierno y lo brutal, lo solemne y lo jocoso.

Como pocos, Shostakovich descifra a cabalidad lo más insondable de William Shakespeare. En este álbum doble está el arsenal completo de su estrategia musical: el misterio, la dramaturgia, el despliegue de los contenidos de manera hirsuta, tremebunda. Ironía, mucho humor, alta intensidad emocional.

Shostakovich fue un patriota, un compositor humilde, un autor muy admirado, amado por todos.

Eso le costó el acoso de Stalin, ese desequilibrado.

La Historia tiene a ambos en sus lugares respectivos.

Stalin en la historia universal de la infamia.

Shostakovich en el corazón de la gente.

Y eso es brutal, bello y propositivo.

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