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Perdió la vista hace 20 años; así fue bibliotecario en el IAGO, donde Toledo le enseñó artes

Mi trabajo me provoca felicidad: Pedro Miranda, fotógrafo ciego

Posee una visión irónica, e incluso sarcástica, capaz de interpelar los prejuicios, dicen críticos

El oaxaqueño, también escultor, ofreció en la UAM Xochimilco conferencia sobre inclusión

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Pedro Miranda cuenta que para su primera exposición elaboró obras con textura, pensando en la inclusión, en que los invidentes pudieran conocerla, pero ningún ciego fue a la inauguraciónFoto textil cortesía de Pedro Miranda
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Cianotipia intervenida con acuarelaFoto cortesía del artista
 
Periódico La Jornada
Lunes 2 de abril de 2018, p. 7

Hace 20 años, Pedro Miranda Gijón (Oaxaca, 1982) perdió la vista, y la vida le ofreció un camino luminoso: la cultura. Así lo narra él mismo cuando muestra su obra fotográfica y se presenta como artista ciego, ególatra, hipocondriaco y amante de los gatos.

Originario de San Raymundo Jalpan, Oaxaca, el fotógrafo y escultor participó en las Jornadas por la Inclusión que organizó la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco.

En su conferencia, Miranda dijo que el mundo nunca se adapta a las personas discapacitadas, somos los ciegos los que nos tenemos que adaptar. Por eso, una constante de nosotros es saber improvisar para enfrentar las barreras que aún existen.

Con esa idea en mente, Pedro construye una obra que lo mismo invita a reflexionar sobre la diversidad sexual, que acerca de temas como el desamor, la locura, la muerte.

Antes de ser mostrada en público, cada pieza debe pasar por un riguroso proceso creativo en el estudio de Pedro: “primero pienso, luego escribo, hago maquetas, experimento con varias técnicas. Si el proceso me lleva a una salida satisfactoria, lo hago; si no, regreso al escritorio para replantear el proyecto.

Por supuesto, al ser ciego, necesito de alguien que me describa si lo que salió es lo que realmente quiero. Pero al final, todas las decisiones son mías, es mi voluntad la que guía los proyectos, obviamente con la colaboración de muchas personas.

Para una de sus primeras exposiciones, el artista realizó una serie fotográfica, cuyas impresiones intervino para darles textura, pensando en que personas invidentes las pudieran tocar, “contagiado por ese discurso cursi de la inclusión, del todos somos amigos y nos queremos, y resulta que ningún ciego fue a la inauguración.

“Me di cuenta de que había trabajado en algo que si bien me había gustado, el objetivo no se había cumplido. A partir de ahí decidí que mi trabajo, aunque tuviera todas las texturas del mundo, no iba a ser pensado para los ciegos ni para que el público lo pudiera tocar, porque descubrí que no es mi labor hacer accesible cosas que no le interesan a quienes están en mi condición.

Mi trabajo no está pensado para que se sienta o se piense algo, es simplemente un proceso creativo que a mí me provoca felicidad. Cada quien verá en él lo que quiera, dependiendo de su propia experiencia personal. Eso es el arte.

Su primer empleo como ciego, contó Miranda, fue de bibliotecario en la Biblioteca Jorge Luis Borges del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), donde se resguarda una amplia colección de libros en braille.

Mi primerísimo maestro de artes fue Francisco Toledo, él me dio acceso a miles de libros. Su primera enseñanza fue: lee.

Luego, fue modelo de fotografía hasta que la fotógrafa Marcela Taboada se convirtió en su tutora en esa disciplina que lo llevó a producir su serie más aplaudida: La novia loca, 12 imágenes de gran formato en blanco y negro, relaboradas como textiles de bastidor.

Los críticos aplaudieron la técnica y opinaron que la propuesta del oaxaqueño poseía una visión irónica, e incluso sarcástica, capaz de interpelar los prejuicios ante la creación visual desde la ceguera.

La más reciente incursión de Miranda en la fotografía fue a través de la técnica de la cianotipia (antiguo procedimiento fotográfico monocromo, que consigue copias del original en un color azul), con imágenes impresas sobre telas de algodón de gran formato.

“Fue un proceso un poco caótico y complicado –continuó el artista–, requerí la ayuda de unas 20 personas porque son telas muy grandes, 12 piezas con su duplicado, más las de prueba. Originalmente pensé esa serie para hacerla en fotografía digital, pero al consultarlo con mi maestra Marcela Taboada terminé en su estudio leyendo un libro sobre procesos antiguos.

La foto digital ha hecho muy accesible este arte, pero al mismo tiempo lo corrompe. Los fotógrafos ya no se preocupan por la composición o conocer realmente qué implica hacer una foto, es solo tomar y borrar. Si bien es útil económicamente, vuelve flojas a las personas, concluyó el artista.

Para conocer más de su obra