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Una treintena de esculturas del artista se exhiben en la Galería Borghese de Roma

Bernini y el embeleso de mármol
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Apolo y Dafne (detalle), mármol de Gian Lorenzo Bernini (1598-1680), destaca en la exposición del mismo nombre que alberga una galería en la capital italiana. La muestra, con curaduría de Andrea Bacchi y Ana Coliva, concluirá el domingo 4Foto © Ministerio dei Beni e delle Attività Culturali e del Turismo-Galleria Borghese
Especial para La Jornada
Periódico La Jornada
Jueves 1º de febrero de 2018, p. 3

Roma.

La Galería Borghese celebra a Gian Lorenzo Bernini (1598-1680), con una exposición que reúne 80 obras, 30 de las cuales son mármoles de su autoría, además de una selección de su menos conocida producción pictórica.

Andrea Bacchi y Anna Coliva, directora del recinto, son las responsables de la curaduría de la muestra Bernini.

Forjar un estilo artístico, un siglo y una ciudad con nombre propio, como hizo ese personaje, es muy difícil. Quien es padre y sinónimo de barroco trabajó al servicio de ocho papas.

La exhibición complementa el historial del maestro –bastante restringido en cuanto a exposiciones monográficas– sobre todo desde el nuevo milenio, la complejidad del artista en diversos ámbitos: arquitectura, escenografía, pintura, escultura en terracota, retrato, etcétera. Hacía falta reunir el mayor número de mármoles de Bernini. Un bis complementario de la muestra que se le dedicó en esta misma sede hace 20 años.

Minimalismo

Bernini es una exposición minimalista en el mejor sentido de la palabra. Sin rellenos ni museografía espectacular. Ostenta una seguridad esnob de quien sabe su valía. No está aislada en un área del recinto, sino distribuida entre las salas, contaminándose y dialogando con las obras maestras que las rodean con la finalidad de crear en el visitante un vigoroso embelesamiento.

No podía haber un espacio más apropiado para mostrar a Bernini, comenzando porque aquí se resguarda la mayor colección del maestro en el mundo (13 obras). Fue aquí donde Gian Lorenzo creó debajo de la sombra del Pincio, cuando era veinteañero, los cuatro grupos estatuarios célebres e inamovibles, entre 1618 y 1625: Eneas, Anquises y Ascanio; El rapto de Proserpina; David –autorretrato celebrativo del mismo Bernini–, así como Apolo y Dafne.

Son obras creadas para su primer mecenas, el cardenal Scipione Borghese, sobrino preferido del papa Paolo V. Un desafío en el que debía medirse con una colección asombrosa, de los máximos artistas de la antigua Roma y del Renacimiento. Un llamado al que respondió con la fuerza de un volcán, removiendo el formalismo del arte del Renacimiento y abriendo la ventana al naturalismo del Barroco y la expresión de las emociones.

Gracias a su virtuosismo técnico Bernini trabajó el mármol como pasta de hojaldre, transformando estatuas frías en carnes suaves y palpitantes. En sus venas corre la vida, la belleza juvenil del cuerpo y la ternura humana, incluso la vejez. Las estatuas de Bernini son una tentación para el tacto y la fantasía. Cuerpos de sensualidad incontenible: terrenal y divina al mismo tiempo.

Los dedos de Plutón, por ejemplo, en El rapto de Proserpina, al querer hacerla suya, no rozan simplemente sus muslos y su cintura, sino que se sumen en la carne transmitiendo su deseo carnal. ¡Se olvida que están hechos de mármol! Tal detalle, expresado en unos cuantos centímetros, muestra la innovación de Bernini, su capacidad de convertirnos en receptores de emociones que notamos cuando se nos eriza la piel. En la misma escena se ve cómo vuelan los cabellos, las barbas, que parecen suaves y ligeros, exaltando un dinamismo, congelado en su momento más dramático, como en un fotograma.

Bernini extremó las cualidades del mármol. Explotó sus sutilezas, extrayendo un catálogo infinito de brillos y texturas, lo cual fue una novedad absoluta.

Coliva subraya en el catálogo cómo el modelo de Bernini no fue la gran escultura del Renacimiento, ni siquiera Miguel Ángel (salvo alguna estatua juvenil), sino la pintura. Rafael, Tiziano y Correggio, pero sobre todo el arte contemporáneo que tenía a la mano: el de los grandes artistas boloñeses al servicio de Scipione. Ellos, sostiene Coliva, habían renovado por completo el lenguaje del arte en la misma dirección lingüística monumental y melodramática con Annibale Carracci, Guido Reni, Domenichino y Rubens.

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El rapto de Proserpina (detalle), mármol de Gian Lorenzo Bernini, que se exhibe en la Galería Borghese, en RomaFoto © Ministerio dei Beni e delle Attività
Culturali e del Turismo-Galleria Borghese

La muestra ofrece un viaje por la larga carrera escultórica de Bernini, desde las primeras obras creadas junto con el padre Pietro siendo un joven, que Bernini negó, para alimentar su propio mito de enfant prodige. En sus primeras biografías en vida dijo haber realizado su primera escultura a la edad de ocho años.

La colaboración con su padre produjo los famosos putti incluidos en la exposición. Angelitos que Bernini en menos de cinco años convirtió en género artístico de moda, imitado por otros creadores que saturaron iglesias y palacios en Roma.

Entre las obras exhibidas descuella Santa Bibiana, removida por primera vez de la iglesia del mismo nombre, cuna del barroco. Fue restaurada en el museo, a la vista del público y luego de la inauguración incorporada a la muestra con su máximo esplendor.

Si el arte multidisciplinario de Bernini creó en su tiempo el neologismo bel composto (Filippo Baldinucci), su producción escultórica es variada. Explora temas profanos, religiosos, restauros de piezas antiguas tan de moda en la época, encontradas incompletas en numerosas excavaciones, que eran acabadas por artistas. Fue así que nació la disciplina de la restauración.

Destaca Hermafrodito, del Louvre, para el cual Bernini creó un colchón moderno en mármol sobre el que descansa la estatua de mujer desnuda con miembro masculino.

Toda una sala está dedicada a los bustos-retratos realizados casi siempre para monumentos funerarios, volviéndolo el mayor retratista del siglo, comparable en pintura tan sólo a Velázquez, a través de los cuales se nota su evolución estilística.

Desde el realismo inicial hasta la expresión de las emociones, y en la madurez, la búsqueda de una dimensión extratemporal (Francesco Petrucci), como el pequeño Busto del papa Paolo V, de la colección de la Borghese, obra temprana de finura extraordinaria y reciente atribución.

La muestra culmina con los crucifijos en bronce de la madurez del escultor, que contiene obra de reciente atribución, como el Crucifijo de Toronto, y la última obra que hizo a los 81 años, Busto del Salvator Mundi, descubierto en 2001 en la Basílica de San Pablo Extramuros, donde se conserva.

Fortuna crítica

Si en los años 50 del siglo pasado los textos sobre Bernini se contaban con una mano, hoy la lista suma más de medio millar, acota Irving Lavin (1927), uno de los pioneros y máximos estudiosos del maestro, a quien está dedicada la muestra.

La fama del artista es tal, que existe toda una escuela de pensamiento que propone redimensionar su quehacer, así como el de sus contemporáneos que contribuyeron a mitificar.

La muestra permite tener bajo control, en un único espacio, parte de la inmensa producción de Bernini, omnipresente en Roma. La invitación es hacer un tour berniniano incluso virtual, buscando pistas por los principales monumentos, iglesias, plazas, museos y fuentes de Roma, como los libros para niños con ventanitas que se abren para descubrir el interior.

Desde la plaza y los adornos de la Basílica de San Pedro en el Vaticano hasta el Palazzo Barberini y su plaza, el puente Sant’Angelo, la fuente de los Cuatro Ríos, en Plaza Navona, la Barcaccia, en la Plaza de España, o la Éxtasis de Santa Teresa d’Avila en la iglesia de Santa Maria de la Vitoria, por citar sólo los más conocidos.

La exposición Bernini, montada en la Galería Borghese, concluye el domingo 4.