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Las horas más oscuras
K

eep calm and carry on (Manten la calma y sigue adelante), un lema patriótico inglés. En mayo de 1940, el parlamento británico discute agriamente la incapacidad del país para enfrentar el avance incontenible del ejército nazi y la inminencia de una invasión armada. La oposición política al primer ministro conservador Neville Chamberlain lo obliga a renunciar a su cargo, dejando en su lugar, a regañadientes y con la desconfianza desdeñosa de numerosos políticos, a un Winston Churchill que carga con el lastre de haber sacrificado inútilmente a miles de soldados jóvenes en la península de Galípoli durante la primera gran guerra.

Temerosos de que el trágico desacierto se repita ahora en Dunkerque, donde miles de soldados británicos son rehenes virtuales del ejército alemán que los mantiene sitiados, y conscientes de que con la caída de los Países Bajos y la próxima ocupación de Francia, la guerra está definitivamente perdida, los políticos conservadores, y con ellos el propio rey Jorge VI, optan por negociaciones encaminadas, con resignación colaboracionista, a una capitulación final. Algo a lo que Churchill se opone con una energía feroz y testaruda.

Esa resistencia moral la describe minuciosamente Las horas más oscuras (Darkest Hour), del británico Joe Wright (Orgullo y prejuicio, 2005; Expiación, 2007), desechando de entrada toda intención de presentar una biografía fílmica del personaje político y concentrándose en las tres semanas en que la sociedad inglesa vivió uno de los dilemas más dramáticos de su historia: oponerse, sin muchas esperanzas de triunfo, a una fatídica dominación nazi o negociar con Hitler para eventualmente evitarla o, en todo caso, postergarla.

Es claro que a la distancia, la figura histórica de Churchill, estratega militar temerario y orador brillante (Acaba de movilizar a la lengua inglesa y ahora la envía al combate), se ha venido agigantando considerablemente, como muestra la copiosa bibliografía en torno suyo y las películas que le han dedicado (entre ellas la muy desigual Churchill –Jonathan Teplitzki, 2017– con Brian Cox en el papel estelar). Con pocas variaciones, cada cinta ha sido un tributo encendido al carisma de un gran personaje político, al nacionalismo británico y a una insularidad desafiante. Y eso, en tiempos del Brexit, no es poca cosa.

Lo que sostiene con gracia y vigor a la nueva cinta de Joe Wright es su apuesta por tonificar la historia con un gran sentido del humor. El espléndido actor Gary Oldman exuda malicia y picardía por todos los poros del robusto personaje que con temeraridad encarna. Detrás de las prótesis que le aplicó el técnico especialista Kasuhiro Tsuji, algo o mucho queda del irreverente dramaturgo Joe Orton que hace tres décadas interpretó en Prick Up Your Ears/ Abrete de orejas (Stephen Frears, 1987).

El libertino promiscuo de aquel entonces es ahora el infatigable fumador de puros, el bebedor incontinente que acompaña con whiskey sus desayunos, y el político encumbrado que derriba con ironía los embates de sus rivales, al tiempo que desecha con toda naturalidad los protocolos y las solemnidades de su cargo. Su esposa Clemmie (Kristin Scott Thomas), cómplice crítico y confidente insuperable, rivaliza con él en perspicacia e ingenio, aunque siempre opone una sutileza refinada a los modales de su paquidérmico esposo, a quien con cariño y un acierto oportuno elige llamar su Cerdo. La complementaridad de los dos personajes es así casi perfecta, y el sentimentalismo se mantiene todo el tiempo a raya. Las alusiones a los hechos históricos se limitan a algunas pocas ilustraciones gráficas con material de archivo.

La película tal vez sea el mejor complemento para disfrutar de nueva cuenta el Dunkerque, de Christopher Nolan. En este concierto de buenas intenciones y mejores resultados, salta sin embargo una nota discordante. ¿Qué necesidad había de entorpecer la narrativa con la visita fantasiosa de Churchill a una estación del Metro londinense, confundiéndose con la gente que lo admira, arengándola en uno de los vagones para que le aporten los respaldos morales a su apuesta política, a la manera sentimental y burda de un populista patriotero? La nota no es en absoluto creíble, aun cuando el propósito sea plausible.

Esta pequeña falta de sobriedad expresiva no ha restado puntos en Hollywood a la nominación de Las horas más oscuras al Óscar como mejor película del año, o a sus posibilidades de éxito. Tal vez suceda en marzo justamente lo contrario.

Se exhibe en salas Cinemex y en la Cineteca Nacional.