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El más bello regalo: la vida de Margit Frenk, dice su biógrafo Rodrigo Ávila
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Margit Frenk es la tercera mujer en entrar a la Academia Mexicana de la Lengua y es integrante de la Real Academia EspañolaFoto proporcionada por Poniatowska
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as mujeres que se enamoran con pasión siempre me producen una enorme envidia. Hace años leí: Women in love (Mujeres enamoradas), de TH Lawrence y sentí por ellas una admiración desmedida, la misma que siento ahora por Margit Frenk.

–Ramón Xirau fue mi gran amor, Ramón. De los 18, 19 años, ya en la Facultad de Filosofía y Letras, en Mascarones. Ese amor fue una cosa muy intensa y de muchísimo sufrimiento para mí, marcado por la muerte del padre de Ramón, Joaquín Xirau, atropellado frente a la facultad, en la Ribera de San Cosme. Era profesor en la facultad, un gran filósofo, una cabeza magnífica, y aunque eso sucedió cuando ya no éramos novios Ramón y yo –mi amor por él fue total, pero no podría decir que de parte de él sucedió lo mismo. Yo me enamoré perdida, perdida, pero no hace mucho releí algunas de sus cartas y me dice claramente que él no está seguro de quererme cuando yo moría por él…

—Él te hizo sufrir.

–Sí, él me hizo sufrir, sufrí horrores por mucho tiempo pero, de hecho, yo corté el noviazgo porque pensé: Yo no puedo contra los padres de Ramón. Me contó Ramón que una amiga española –refugiada también– le dijo a su madre: “Tú no vas a permitir que tu hijo se case –¿quién pensaba en casarse?– con una judía”.

–¡Híjole! Está fuerte. Pero luego encontraste a Antonio Alatorre.

–Bueno, entre tanto me fui a Estados Unidos y allá tuve un novio israelí.

–Lo quisiste pero no tanto.

–Exacto. Regresé a El Colegio de México y fue cuando conocí a Antonio Alatorre. Estuvimos casados de 1949 a 1977. Tuvimos tres hijos: Gerardo, Claudio y Silvia.

–A lo largo de los años te hiciste muy reconocida.

–Nunca me hice muy reconocida.

–Sí, todo el mundo te quiere en El Colegio de México, en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); en Bellas Artes te han hecho un montón de homenajes y eres la tercera mujer en entrar a la Academia Mexicana de la Lengua, además de ser integrante correspondiente de la Real Academia Española…

–José Luis Martínez, quien era director de la Academia, fue mi maestro y sinodal de mi examen, y me invitó a entrar a la Academia.

Margit Frenk llegó a mi casa acompañada por su biógrafo Rodrigo Ávila Bermúdez, quien ya tiene años de dedicarse a la literatura a pesar de su juventud. En Bellas Artes todos lo recordamos por su gentileza cuando coordinaba actos de literatura y se preocupaba por recibirnos con una gran sonrisa y atender a Silvia Lemus de Fuentes, a quien sentaba en primera fila. Antes que a Margit, Rodrigo conoció a Mariana Frenk Westheim, madre de Margit, quien murió a los 106 años. Margit apenas tiene 92. A Rodrigo se le ocurrió proponerle escribir su biografía y le preguntó si alguien lo había hecho antes, y ella respondió en francés: personne.

–Mira, Elena, estamos trabajando Margit y yo en este proyecto desde hace dos años. Le propuse a Margit escribir su biografía, a lo que ella me respondió: Sí, cómo no, a nadie se le había ocurrido –me explica Rodrigo Ávila. Nuestra amistad surgió primero durante sus sesiones en la Academia Mexicana de la Lengua, pero lo que la convenció es que yo le comentara que había conocido a su mamá, Mariana, y me había parecido fascinante. Yo sabía quién era Mariana, había leído sus libros de aforismos, sus cuentos y mil aventuras. Sabía que era la primera traductora de Rulfo al alemán, y cuando conocí a Margit me fue ampliando el mundo de su madre y accedí al suyo. Entonces le dije: Margit, vamos a escribir tu vida. Nos reunimos todos los sábados desde hace dos años, en su casa y a base de entrevistas estructuramos esta biografía. Margit tiene ahora 92 años, pero dejamos su biografía en 90. También recurrí a documentos, libros, fotografías, etcétera, y establecimos su árbol genealógico porque hablar de Margit es remontarse al antiguo reino de Bohemia en el siglo XIX. Peinamos el siglo XX, y para mí ha sido enriquecedor conocer su historia.

–Él se metió en berenjenales para investigar todo –interviene Margit entre risas.

–Pero él te cayó bien, porque tiene que haber una empatía entre el entrevistado y el entrevistador.

–Ciertamente la hubo, claro, claro.

–¿Naciste en Alemania?

–Mis padres, mi hermano y yo vinimos a México cuando yo tenía cuatro años. Llegamos de Hamburgo, muy a tiempo, en 1930, si tardamos un poco más Hitler nos hubiera echado. No recuerdo si en esa época había ya campos de concentración, creo que empezaron en 1938, por ahí. Un incidente desagradable que tuvo mi papá, quien era médico, hizo que emigráramos mis papás, mi hermano Silvestre, de seis años, y yo, de cuatro, así que me siento mexicana, totalmente. Es cierto que en casa hablábamos alemán, esa cosa chistosa de los judíos alemanes que no siendo ni tan judíos y tan alemanes como antes, no cambiaron a pesar de la persecución de Hitler.

–¿En el sentido de no esconderse?

–No, en toda su sicología, en su manera de ver el mundo. Mi papá era médico, eso ya lo sitúa en cierto lugar. A mi mamá ya le daba por escribir, traducía del inglés, del francés, del alemán, del español, gusto que después se convirtió en profesión.

–Ahora me doy cuenta –interviene Rodrigo– que cuando uno quiere escribir la biografía de alguien no escoge a su biografiado, el biografiado lo escoge a uno. Conocí a Mariana, una vez que fuimos a su casa, hace algunos años, tendría como 102, 103 años. Cuando conocí a Margit mi primera impresión fue decir: ¡Es el espejo de Mariana! Comencé a acercarme a Margit, le comenté que conocí a su madre y le conté que nos ofreció un platito de cerezas, yo no las conocía y me las empecé a comer como papas fritas, y le pregunté: Mariana, ¿no quieres una cereza?, y ella me respondió: No hay que abusar de lo que nos hace felices, y yo me quedé como regañado. Con Margit hicimos muy buena amistad. No creas que fue nada más empezar a contar su vida, sino remontarnos muchos años atrás y recorrer el fascinante mundo de los Frenk, que es también parte de la historia de México. Partimos desde el antiguo reino de Bohemia hasta llegar a Hamburgo; de Hamburgo migramos desde Holanda en un barco carguero, el Spaardam, que atravesó las tempestades del Atlántico hasta llegar a La Habana, y de La Habana a Veracruz; de ahí en tren hasta la ciudad de México, a su primera morada, que fue el hotel Geneve, en la colonia Juárez, para después mudarse a su primer hogar en la calzada de Tacubaya número 10. Recorrer todo ese México que Margit vivió de niña en la colonia Condesa. Estudió en el Colegio Alemán, en la antigua calzada de la Piedad (hoy Cuauhtémoc), y después en el colegio Alberto J. Correa, en la plaza de la Cibeles, donde estudió la primaria con sus compañeras y vecinas Lupe y Ruth Rivera Marín, hijas de Diego Rivera.

–Empezamos ahí en el Colegio Alemán –dice Margit. De mis recuerdos más tempranos es ir de la manita con mi papá a la escuela y de pronto verlo pararse en seco y decirme: Margit, ya no vas a ir a la escuela. Después supe que habían puesto la suástica de adhesión a Hitler en el muro de la escuela. Yo no la llegué a ver, pero mi papá entró a hablarle por teléfono a mi mamá y nos retachamos a mi casa. Fue muy impresionante y me queda el recuerdo exacto de cómo se paró en seco y cómo me dijo: Margit, ya no vas a ir a esa escuela. Luego fuimos a una escuela de gobierno, muy buena.

–Dicen que antes las escuelas de gobierno eran excelentes.

–Sí –dice Rodrigo–, sobre todo porque a Margit le tocó el cardenismo, cuando Cárdenas convirtió las escuelas en mixtas. Asistían tanto niños como niñas, convivencia que generó una transformación educativa y social en México…

–Una cosa curiosa de mis papás, de mi hermano y de mí, es que hubo mucho contacto con la gente de México, porque en 1930 no había refugiados. Éramos poquísimos, los contabas con los dedos de la mano.

–¿Por qué te inclinaste por la filología?

–Yo era la sombra de mi mamá.

–Era una personalidad muy absorbente.

–Sí. Me sentía identificada con ella. Porque ella estudió literatura española también estudié letras en la UNAM, y en el Colegio de México conocí a Antonio Alatorre. Como al año de casarnos, don Alfonso Reyes –no le puedo decir sino don– nos mandó a Europa a Antonio y a mí, primero a París y luego a Madrid con una beca muy pequeña, y Raymundo Lida –nuestro maestro– nos escribió que ya nos regresáramos, si no, nos hubiéramos seguido. Fuimos muy felices allá, todavía no teníamos hijos y estuvimos casi un año metidos en la Bibliotheque Nationale. Yo insistía en que ciertos días, dos a la semana, los dedicáramos a recorrer las calles, y sí lo hacíamos, Antonio a regañadientes; años más tarde me lo reprochó, porque él quería estar en la biblioteca todo el tiempo.

–Bueno, pero también se aprende mucho en las calles.

–Sí, mucho más.

Margit le dice a Rodrigo, sentado junto a ella: “Oye, tú tienes que andar conmigo todo el tiempo para contestar preguntas que yo no puedo.

–Bueno, aquí te doy una ayudadita –responde Rodrigo. Margit publicó Entre la voz y el silencio, todo un estudio, Elena, en el que se cuestiona por qué la gente en la época de la Colonia iba al teatro, si no sabía leer ni escribir. Margit concluye que si la gente no dejaba de ir al teatro era por la conexión entre el oído y la lectura. Se trata de un libro bellísimo: Entre la voz y el silencio: la lectura en tiempos de Cervantes.

“Considero que la vida y la obra de Margit son indispensables en nuestro legado cultural, en la historia de la filología y en la de nuestro país, México. Margit es un testigo privilegiado de su tiempo y gracias a su longevidad es de las pocas personas que pueden dar testimonio de viva voz. A Margit se le aprende el rigor de la investigación y la humildad. Ser sabio te hace humilde.

Todavía tengo varios proyectos en la UNAM, además de la docencia. Ojalá encuentre en mi camino otras biografías tan bellas como la de Margit Frenk. Escribir la vida de otros es un placer y es una responsabilidad, pero sobre todo uno de los mejores regalos que te pueden hacer como escritor. Margit me regaló su vida.