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Rufino Domínguez y el éxodo migrante
“Y

o ya me voy de este mundo y nunca voy a ver un país que esté en paz, en que haya justicia. Es una decepción total”, le dijo, poco antes de morir, el dirigente migrante Rufino Domínguez Santos a su hijo, Tonyndeye, cuando éste le preguntó en una entrevista para Radio Bilingüe que efectuó junto a su hermano Numa Yi, qué pensaba de la política en México https://goo.gl/FPSzpW).

Lo que está pasando en México está muy mal –respondió el mixteco a su retoño. No tengo ninguna opinión positiva sobre México. Todo ha sido negativo. Desde que yo nací nunca han estado las cosas bien. Siempre han habido problemas de corrupción, de falta de atención a las comunidades indígenas, de discriminación, de injusticias, de asesinatos de luchadores sociales, y ahora hasta de periodistas. Durante toda mi vida, México ha vivido en crisis económica. Es muy lamentable. No tengo buena opinión sobre los políticos y la política en México.

Contra lo que pudiera suponerse, la opinión de Rufino no es la de un hombre pesimista, sino la de un infatigable luchador social que, a pesar de las enormes dificultades que enfrentó durante 52 años, nunca perdió la esperanza de una vida mejor.

Su punto de vista no es tampoco inusual entre los mexicanos que viven en Estados Unidos. Muchos migantes mixtecos, triquis, zapotecos, chatinos y chinantecos que hoy viven del otro lado de la frontera, a los que Rufino organizó y representó, comparten la profunda decepción que él tenía con la política y los políticos mexicanos. No encuentran razón para pensar otra cosa.

Rufino Domínguez nació el 23 de abril de 1965 en la comunidad de San Miguel Cuevas, agencia municipal de Santiago Juxtlahuaca, en la Mixteca oaxaqueña. Estudió la secundaria en un internado marista, en el que abrevó del espíritu de la teología de la liberación. Y, como escribió Arturo Cano, completó su formación política como asiduo asistente a las tertulias rojas de Ernestino Sixto Chávez, educador de jóvenes y técnico en reparación de radios y televisores en Juxtlahuaca ( Masiosare 368, 9/1/05).

Rufino y la mayoría de sus hermanos migraron a Estados Unidos, donde vivió 26 años. Su padre, Primo Domínguez, fue gran conocedor de la medicina tradicional mixteca y del uso de las plantas medicinales.

A Rufino le dolía la injusticia en lo más hondo de sus entrañas. Pero en lugar de achicopalarse con ese pesar, lo lanzaba a organizar a sus paisanos para enfrentar los atropellos donde se encontrara: en su comunidad, en los campos de cultivo de Sinaloa y Baja California, en Estados Unidos o en su estado natal.

En 1983, con sólo 16 años, pero ya hecho un hombre, viajó a la ciudad de Oaxaca para reclamar ante las autoridades estatales los abusos del cacique priísta Gregorio Platón. Abusivo y violento, el cacique se agandalló los bienes comunales, fijó multas arbitrarias a quienes migraban, quemó casas y violó mujeres. “Me dolió y empecé a organizar a la gente para que se defendieran –contó Rufino a sus hijos–. Más que inspiración fue dolor, impotencia”. En represalia por las gestiones de Rufino, Platón ordenó que lo detuvieran y torturaran. Sólo el levantamiento de sus paisanos, principalmente de las mujeres, evitó que las cosas pasaran a mayores y pudiera recuperar su libertad. Ese año participó en las movilizaciones de la Cocei.

En 1985 Domínguez Santos sale a jornalear en los campos de cultivo del norte del país. A finales de ese año logra cruzar hacia Estados Unidos. Y, a los pocos meses, otra vez con el dolor de la injusticia dentro, organiza a los trabajadores de uva en Selma, California, para exigir un aumento salarial. Aunque lo despiden el paro triunfa.Del otro lado de la frontera, Rufino trabaja duro. Poda, pizca tomate, cebolla, chile y ajo. Durante cuatro años labora siete días la semana y muchas horas al día en una granja de guajolotes. En la tarde-noche organiza a la gente. Dos años después estalla otra huelga en los campos de tomate de Merced, reclamando un incremento de 2 centavos en el pago del bote del fruto. Y, aunque es arrestado, logra un aumento salarial

En 1988 abre las oficinas de la Organización del Pueblo Explotado y Oprimido, con apenas una computadora y un escritorio. En 1991 participa en la fundación del Frente Indígena de Organizaciones Binacionales (FIOB), uno de las pocos proyectos asociativos de base binacionales vivos y auténticamente representativos. En 1993 trabaja en la Asistencia Legal Rural de California, con la que conoce los campos agrícolas de la zona. Tras una dolorosa ruptura con su paisano Arturo Pimentel, es coordinador binacional del FIOB. Como director del Centro Binacional para el Desarrollo Indígena Oaxaqueño (Cbdio), se compromete a fondo en la capacitación de traductores de lenguas indígenas al inglés. Él mismo hablaba mixteco, español e inglés.

Rufino tenía como su guía de acción la preservación de la comunidad y la identidad indígena. Defendía el valor de la organización y el respeto a los otros. Bautizó a dos de sus cinco hijos con nombres que muestran sus convicciones políticas iniciales: Lenin y Rubén (por Jaramillo). Y, en reivindicación de sus raíces, nombró a sus dos retoños más pequeños con nombres mixtecos: Tonyndeye y Numa Yi.

En una decisión muy difícil, regresó en 2011 a su estado natal invitado por el gobernador Gabino Cué, para ser director del Instituto Oaxaqueño de Atención al Migrante. Consternado en 2016 por la masacre de Nochixtlán, renunció al puesto tan pronto puso en orden la oficina. “Yo, la verdad, lloré –explicó–. Me sentía culpable de este hecho. Lloré de impotencia. Gabino Cué se comportó como Ulises Ruiz. Ver la muerte de mis hermanos de Nochixtlán empezó a afectar mi salud porque no podía desahogarme, estaba en el gobierno y sentía mucha impotencia. Entonces decidí renunciar”.

Al regresar a Estados Unidos, le fue detectado cáncer. Contra la enfermedad libró su última batalla. Rodeado de sus seres queridos, falleció el pasado 11 de noviembre en su casa de Fresno, California. Este 19 fue velado de cuerpo presente por sus compañeros y amigos. La comunidad migrante está de luto.

Twitter: @lhan55