Opinión
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2018
E

n la esfera política, para el futuro inmediato (2017-2018), no podemos sino pensar sin certezas. Muchos observadores y analistas de la política han dicho esto, pero, en un sentido distinto del que trataré de presentar en esta contribución.

El próximo momento electoral está tan próximo, como que ya ha iniciado. Como todo momento electoral genuino, se dice, los resultados son por necesidad carentes de certidumbre. Más aun cuando, como ocurrirá, viviremos el más grande proceso electoral por el número de plazas que estarán bajo la mira del sufragio, como seguramente, también, veremos el más complejo que hayamos conocido.

Los analistas a que aludo suelen señalar esta incertidumbre como un asunto normal, y esto es referido como si viviéramos en una democracia ya arraigada (aunque nunca perfecta), en un país que se propone renovar 3 mil 326 cargos de elección ciudadana; la más importante, la elección presidencial. No muchos parecen haberse percatado que la ausencia de certezas no ocurre esta vez sólo porque así ocurre en cualquier proceso electoral, sino que, para México, esta vez, esa ausencia será sentida más profundamente porque nadie sabe cuán innovador será el PRI en materia de añagazas, ardides, sofismas, supercherías y chanchullos, y cuán eficaces serán, capaces de alterar las decisiones reales de los ciudadanos. El PRI se aplicará a fondo, quizá como nunca antes, con tanta mendacidad como cotidianamente produce, y procurará armar todos los trucos corruptos de sus genios financieros, dado que, hoy por hoy, se ubica en el sótano.

Hay un gigantesco motivo, mucho más importante, para configurar hoy esa gran ausencia de certidumbres: las próximas elecciones se darán en un marco distinto a las anteriores: el pacto social que viene resquebrajándose desde 1968, está hoy hecho pedazos. Además, las élites políticas (PRI y PAN) también se están destrozando. Por añadidura, a su socio menor, el PRD, le ocurre lo mismo. Por si fuera poco, el jefe de los priístas dice vivir en otro mundo. Sólo recordemos la macro reunión que organizó para sí mismo en el campo militar número uno, ante más de 32 mil miembros de las fuerzas armadas y más de 86 mil que lo seguían en todo el país a través de Sedena-Tv. Bajo la carpa de 120 x 130 metros, dijo entre otras cosas y sin inmutarse: quienes les digan que vivimos en un país que está en crisis, crisis es seguramente lo que pueden tener en sus mentes, porque no es lo que está pasando.

Lo que está pasando, Presidente, es eso, lo que está pasando frente a nuestros ojos y que va quedando atrás: un vendaval de crímenes, de corrupción, de impunidad, de desigualdad sin límite, en línea continua; lo que aún no pasa, el futuro, depende de lo que decida la mayoría del pueblo mexicano.

En palabras de la politóloga belga Chantal Mouffe, viene configurándose en México un momento populista, como respuesta al escenario de un pacto social hecho añicos. En un país tan grande y diverso, si se da un proceso por el cual la especificidad de todos los reclamos y demandas de los mil segmentos populares es dejada momentáneamente a un lado, y ocurre que se agregan simbólicamente en la figura de un dirigente, en magnitud suficiente, la mafia del poder se irá a su casa. Es innecesario decir que ese dirigente –no existe otro–, es Andrés Manuel López Obrador.

Es imperioso que AMLO y todos los cuadros de Morena lleven a cabo el máximo esfuerzo por contribuir a esa agregación de reclamos y demandas. La bandera de Morena puede no ser otra que la Carta Internacional de Derechos Humanos, que comprende la Declaración Universal de Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y sus dos protocolos facultativos. Tanto la declaración, como los dos pactos y sus dos protocolos facultativos fueron firmados y ratificados por México. Los derechos plasmados en esos documentos son vinculantes, los que en México se instituyen (no es un decir), bajo la fórmula del derecho castellano de la baja Edad Media, que reza: Obedézcase pero no se cumpla.

La agregación de reclamos y demandas será suficiente si es traducida en votos y es un número que logra ubicarse por encima de los votos reales más los fraudulentos del PRI y claro también por encima de los de los panistas y perredistas. Hacia la primera semana de julio de 2018, en el mejor de los casos, sabremos si el pueblo mexicano pudo satisfacer esa necesidad imperiosa. Si no fuera así, el momento populista probablemente seguirá creciendo, porque cualquier otra fuerza política distinta de Morena está imposibilitada, por su evidente deslegitimación, para procesar un nuevo pacto social.

Con frecuencia AMLO usa la expresión ¡ayúdennos! (a que Morena avance y desplazar así a la mafia del poder). No es una buena fórmula. Como el propio AMLO suele decirlo también, no se trata de que ganar el poder, por el poder; se trata de la transformación del país; diría, se trata de procesar un nuevo pacto social y constitucionalizarlo. Se trata de enderezar la política económica y la política social, basándose en derechos efectivos para los mexicanos. Lo que los votos de la mayoría del pueblo harían es impulsar y legitimar ese nuevo pacto social. Eso es lo que, en las palabras propias de AMLO, ha de explicarse, sin prisa pero sin pausas, a todo el pueblo de México.