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Vox Libris
La canción de las sombras
Periódico La Jornada
Domingo 4 de junio de 2017, p. a16

Muerto el invierno y agonizante la primavera, el verano acechaba entre bastidores.

Poco a poco el pueblo de Boreas iba cambiando: se abrían y limpiaban los apartamentos de temporada, la heladería reponía existencias, y las tiendas y restaurantes se ponían a punto para la llegada de los turistas. Hacía sólo seis meses, los propietarios habían estado contando los ingresos para hacerse una idea de cuánto tendrían que apretarse el cinturón para sobrevivir. Cada año parecía dejarles un poco menos en los bolsillos y provocaba el mismo debate al final de la temporada: ¿seguimos o vendemos? Ahora, los que se habían quedado volvían a la brega, pero ni siquiera se podía palpar todavía el moderado optimismo de años anteriores, y había quienes murmuraban que se había ido para no volver. Tal vez la economía mejorara, pero Boreas estaba estancado, sumido en una decadencia imparable: una muerte lenta y costosa que se iba llevando la vida a pedazos. Era un pueblo agonizante, un ecosistema fallido, pero, pese a todo, muchos seguían allí, porque ¿adónde ir si no?

En Burgess Road, el Sailmaker Inn seguía cerrado; era la primera vez en setenta años que la gran dama de los hoteles de Boreas no abriría sus puertas para recibir a los visitantes estivales. La decisión de poner en venta el Sailmaker se había tomado la semana anterior. Los propietarios –la tercera generación de la familia Tabor que dirigía el hotel– habían regresado de su refugio invernal en Carolina con la intención de preparar el Sailmaker para los huéspedes, y parte del personal que contrataban para la temporada ya se había instalado en las viviendas que había al fondo de la finca. Ya se había empezado a cortar el césped y a quitar los guardapolvos de los muebles, y entonces, de la noche a la mañana, los Tabor revisaron las cuentas, decidieron que ya no podían soportar de nuevo la tensión y anunciaron que, finalmente, no reabrirían. Frank Tabor, un buen católico, dijo que tomar la decisión había sido como ir a confesarse y quitarse de encima el peso de sus pecados. Por fin podía irse en paz y dejar de agobiarse.

La decisión de cerrar el Sailmaker resonó como otro toque de difuntos en el pueblo, un símbolo concreto de su decadencia. Los turistas habían ido disminuyendo con el paso de los años –y aumentando de edad, porque en el pueblo había poco para divertir a los jóvenes–, a la vez que se ponían en venta más residencias veraniegas, a precios elevados con un exceso de optimismo al principio, hasta que el tiempo y la necesidad los fueron reduciendo a un nivel más realista. Pero todavía ahora, Bobby Soames, el agente inmobiliario local, podía recitar casi de carrerilla cinco casas que llevaban dos años o más en el mercado. A esas alturas, sus dueños prácticamente las habían abandonado y ya no ejercían la función ni de residencia veraniega ni de vivienda. Se mantenían vivas gracias al lento goteo de una calefacción mal cerrada en invierno, y al revoloteo y el ir y venir de los insectos en verano.

El pueblo lo había fundado una familia griega a principios del XIX, aunque al cumplir el siglo de existencia hacía ya mucho que se habían marchado. A decir verdad, para empezar nadie sabía muy bien cómo habían ido a parar los griegos a aquel rincón de Maine, y la única huella que perduraba de sus orígenes estaba en su nombre: Boreas, un pueblo perdido en un extremo septentrional del país al que habían bautizado como el dios griego del invierno y del viento del norte. ¿A quién podía sorprender, se preguntaba a veces Soames, que su supervivencia como destino de vacaciones hubiera sido más bien precaria? Tendrían que haberlo llamado Sur del Ártico y olvidarse.

Esa agradable mañana de abril, Soames conducía despacio por Boreas. Todo el mundo atravesaba despacio el pueblo. Sus calles eran estrechas; incluso Bay Street, la avenida principal, era un fastidio si había coches aparcados en ambas aceras, y cualquiera que hubiera pasado en el pueblo más de una tarde húmeda aprendía a recoger los retrovisores tras aparcar si quería encontrárselos intactos al volver. Por su parte, a los policías locales nada les gustaba tanto como cubrir sus cupos de multas parando a los motoristas que superaban por apenas un suspiro el límite de velocidad.

Puede que todo eso también tuviera algo que ver con el posterior legado alemán de la zona, que alentaba cierto sentido del orden y de la observancia de los principios de la ley. Los luteranos alemanes llegaron a Maine a mediados del siglo XVIII y se asentaron en lo que hoy en día es Waldoboro, pero que por entonces se conocía como Broad Bay. Les habían prometido casas, una iglesia y suministros, nada de lo cual llegó a aparecer, de manera que se encontraron abandonados en un paisaje hostil. No les quedó otra que recurrir a la construcción de refugios temporales y a la caza de los animales de la zona, y los más débiles de los colonos no sobrevivieron a aquel primer invierno. Más adelante lucharían contra los franceses y los indios, y la comunidades se dividieron durante la guerra de la Independencia entre los que apoyaron a los americanos que defendían la causa de la libertad y los que se resistieron a incumplir su juramento de lealtad a la Corona británica.

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Portada del trabajo literario más reciente de John Connolly

Por entonces, los alemanes ya estaban bien establecidos en Maine. En algún momento, avanzado el siglo XIX, un puñado de ellos llegó a Boreas y echó a los griegos, que habían estado allí desde el principio. El registro de votantes del pueblo exhibía con orgullo Ackermanns, Baumgartners, Huebers, Kusters, Vogels y Wexlers. Siguiendo la costa hacia el sur, en el pueblo de Pirna –bautizado así por el municipio de Sajonia del que procedían sus nostálgicos fundadores– había más teutones, e incluso un pequeño grupo de judíos alemanes: diversos Arnsteins, Bingens, Lewens, Rossmans y Wachsmanns, dispersos aquí y allá. Soames, que era inglés por parte de su bisabuelo y galés por su bisabuela (aunque por alguna razón a nadie de su familia le gustaba hablar de su rama galesa), los consideraba a todos igual –potenciales clientes sin excepción–, aunque recordaba las contundentes opiniones que le merecían los alemanes a su abuelo como consecuencia de las experiencias del bisabuelo durante la primera guerra mundial, así como los recuerdos propios de su abuelo de la segunda. El que a uno le disparen durante cuatro años seguidos hombres de una nacionalidad particular tiende a causar un impacto negativo en la opinión que se tiene de ellos.

Soames dejó atrás Bay Street y se metió en Burgess Road. Se detuvo delante del Sailmaker. Las puertas estaban cerradas y no veía signos de vida. Ya les había soltado su habitual discurso a los Tabor para que lo eligieran como agente inmobiliario de la finca, y Frank le había prometido que le llamaría más tarde ese mismo día. Soames echaría de menos el Sailmaker. Había alardeado de tener un bar bastante decente y a él le gustaba pegar la hebra con Donna Burton, que trabajaba de camarera allí los martes, miércoles y fines de semana. Era una divorciada coqueta que conseguía que los clientes volvieran, al menos los clientes masculinos, dado que a las féminas no las impresionaban tanto sus encantos, y además se mostraban suspicaces y reacias a dejar que sus maridos o novios pasaran demasiado tiempo sin vigilar en compañía de Donna.

Soames no sabía qué haría Donna ahora que el Sailmaker cerraba. Vivía en Pirna, donde trabajaba como secretaria, y su jornada a tiempo parcial en el Sailmaker le suponía salvar la distancia entre un invierno cómodo y otro en que el termostato se mantendría un par de grados por debajo de lo ideal. Tal vez Fred Amsel, del Blackbird Bar & Grill, le ofreciera unas horas si su mujer, Erika, le dejaba. Donna se llevaría a sus clientes del Sailmaker con ella, y Fred podría hacer frente a la competencia del Brickhouse. Sí, a lo mejor le comentaba algo al respecto a Fred, que luego, como el que no quiere la cosa, podría planteárselo a Erika. Quizá la señora Amsel pareciera alguien a quien le han dado más de una vez con la puerta en las narices, y que tuviera un temperamento forjado por la experiencia, pero no era ninguna idiota cuando había dinero de por medio.

¿Quién sabe?, pensó Soames, a lo mejor cuando Donna se enterara de las molestias que se tomaba por ella, estaría dispuesta a recompensarle con algunos favores carnales. Soames había dedicado un montón de tiempo a imaginar lo placentera que podía ser una noche con Donna Burton. Esas fantasías lo habían animado a lo largo de los años en que su matrimonio agonizaba. Ahora que estaba solo de nuevo, la había asediado durante dos veranos con una testarudez que habría avergonzado al ejército griego en Troya. Todavía no había conseguido abrir una brecha en sus defensas, pero Fred Amsel bien podría ser el hombre que lo lanzara por encima de la muralla. Si eso no funcionaba, Soames tendría que imaginar un modo de ocultarse dentro de un caballo de madera y pagar a alguien para que lo dejara delante de la puerta de Donna.

Una de las mejores descripciones acerca del detective Charlie Parker es la que hace el agente inmobiliario Bobby Soames en las primeras páginas de La canción de las sombras: Si Parker no era en sí una molestia, solía traerlas consigo. Esta es la nueva novela en la serie del detective creado por John Connolly, personaje cuyas historias cruzan los crímenes con lo sobrenatural y que es uno de los favoritos dentro del género de la novela policiaca. Este es el libro número 14 de la serie, que en inglés ya tiene dos títulos nuevos: A time of torment y A game of ghosts. A continuación ofrecemos a nuestros lectores un fragmento de La canción de las sombras, publicado por Tusquets, con autorización de Grupo Planeta México

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