Opinión
Ver día anteriorMartes 14 de marzo de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Limpiar al Estado
E

l Estado mexicano está deshilachado. En vastas regiones del país está ausente y ha sido suplantado por poderes fácticos impresentables. Donde no está ausente, son evidentes las agudas debilidades de las instituciones de gobierno. La mezcla de lo escaso que funciona y lo que funciona bajo las reglas eficaces de la corrupción son por ahora un batido imposible de discernir.

Sí, puede uno ubicar instituciones del campo médico, por ejemplo, que, creo, cumplen adecuadamente y en silencio, sus obligaciones, y lo hacen a veces trabajando con ahínco. Por ejemplo, el Instituto Nacional de Diagnóstico y Referencia Epidemiológica (Indre). Todas las instituciones de gobierno que más o menos funcionan no alcanzan a todos ni mucho menos, y esto es un trozo entre muchos que configuran el infierno de la desigualdad social mexicana.

Una función absolutamente central de cualquier Estado es la protección jurídica de la sociedad. No funciona. El aparato judicial es una monstruosa ave de rapiña que, además, cada vez que al Ejecutivo se le ofrezca, está a su disposición. Es el búnker donde se configura la impunidad. Pero también es un selvático perezoso: alcanza un máximo de 0.2 km por hora. Todo está retrasado, se ocupa de una proporción ridícula de los delitos que se cometen, los jefes se asignan sueldos millonarios en un país de parias. Son los celosos protectores de la corrupción. Me refiero a las instituciones federales y las estatales que compiten en la justa por tapar el mayor número de ilegalidades que se cometen en los Ejecutivos, y en la sociedad de los de arriba.

“Si hay un espacio de opacidad y fractura del estado de derecho, éste es el del sistema penitenciario mexicano. De acuerdo con las y los expertos, las cárceles de todo el país representan la crisis del sistema de justicia que hay en México, pues ahí se reproduce, a manera de un ‘microcosmos’, toda la cadena de corrupción e impunidad que transita, desde la procuración de la justicia hasta su impartición. En efecto, en prácticamente todas las prisiones que existen en el territorio nacional se da una sistemática violación de los derechos humanos…”, escribió Mario Luis Fuentes.

En el Ejecutivo no sólo ha habido una inmensa corrupción histórica creciente, además desde los años 80 son confesos convencidos de una vulgata neoliberal que milita con el dogma de que la economía debe gobernar la sociedad teniendo como soporte una férrea trama de ricos y su­perricos, economistas del mainstream económico del mundo, abogados de los superricos, y políticos-técnicos (neoliberales); una trama que vive divorciada de la sociedad.

El Poder Legislativo es un circo de 40 pistas donde reina el desorden, el relajo, las mentadas, la corrupción, el cinismo y la ignorancia. (Es inútil buscar las excepciones.) Y los partidos políticos…

He escrito, codo con codo de varios colegas, que el más profundo problema de México es la desigualdad. Pero poco puede hacerse, digo yo, sin vaciar al Estado de la corrupción que lo carcome, aunque, agrego ahora, eso, vaciar el Estado de la corrupción, se hace mediante un ingente esfuerzo equivalente a la quinta de las 12 tareas de Hércules: limpiar los establos de Augías en un solo día. Se sabe que Euristeo le encargó esta horrible tarea con el fin de humillarlo, pues tal era la cantidad de excremento acumulado que era imposible limpiarlo en un día. El astuto Hércules cumplió su trabajo abriendo un canal que atravesaba los establos y desviando por ahí el cauce de los ríos Alfeo y Peneo, que arrastraron toda la suciedad. Imagino esos ríos como la sociedad mexicana movilizada para presionar por una limpieza de fondo con todo el detergente existente (con toda la fuerza del poder ciudadano organizado), la Suprema Corte, el Tribunal Electoral, los juzgados de distrito, los tribunales colegiados y unitarios de circuito, el jurado federal de ciudadanos, los tribunales de los estados y de la Ciudad de México, el Consejo de la Judicatura Federal y todo el sistema penitenciario.

De otra parte, desde la gran crisis financiera mundial de 2007-2008, a la vulgata neoliberal le es imposible imponerse como la verdad y la única política posible (las dudas han alcanzado hasta a Christine Lagarde). La vulgata de marras se ahoga en una profunda crisis intelectual: la torpe idea de una eficiencia natural del mercado ha perdido su credibilidad, y las promesas de progreso y justicia relacionadas con un crecimiento económico liberalizado se han desdibujado visiblemente. Por esa razón Trump quiere imponer vehementemente al mundo una versión gorilesca de un neoliberalismo con muchos e intensos ribetes neofascistas. En los años 80, las victorias neoliberales avanzaron: victorias electorales (Thatcher, Reagan), el inverosímil cambio doctrinal e ideológico de los socialdemócratas europeos, las rupturas estructurales con la liberalización financiera global; luego, el Consenso de Washington a principios de los 90 tras la caída del comunismo soviético. Todo parecía éxito. Pero en la década de 2000 aparecieron cambios en Sudamérica con la llegada de gobiernos de izquierda (no es aquí donde ahora podemos discutir sus limitaciones), y después de 2007-2008 los cambios se extendieron a escala mundial. La inestabilidad endémica y el estancamiento secular globales hundieron la credibilidad del neoliberalismo. Aun así, la trama neoliberal sigue estando en posiciones de poder e intentando seguir sometiendo al mundo.

Y en México tenemos en contra un amplio déficit de ciudadanía, miedo y desconfianza inaudita entre los ciudadanos.