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Volver a los sentimientos nacionales
E

s mejor reconocerlo: no estábamos preparados para un shock de esta naturaleza. No se cayó la economía estadunidense ni el comercio mundial se vino al suelo, del que está cada vez más cerca desde hace algunos años. Tampoco hubo una corrida subversiva de las manadas financieras que pusiera en peligro inminente el equilibrio externo. Mucho menos cayó sobre nosotros una invasión punitiva encabezada por la migra o las falanges de Arizona que encabeza el ex jefe Arpaio. Pero llegó Donald Trump y, a pesar de las buenas y malas artes de Luis Videgaray y sus amigos, está cargado de incertidumbres, amenazas, renovados insultos y una arrogancia que nada tiene que ver con la que hace décadas describiera magistralmente el gran Graham Greene.

Se ha impuesto la tenaz percepción de que estamos parados en un piso de incertidumbre, como le ha llamado Mario Luis Fuentes, que impide pensar o imaginar más allá de la contingencia o la coyuntura. La sensación que se nos impone como maldición es la de que no tenemos para dónde movernos, que resulta fútil tratar de alargar los plazos para la acción y la reflexión y que, en consecuencia, todo queda al amparo de las estrellas. Como el Moctezuma que nos dibujara la gran historiadora Bárbara Tuchman en su inolvidable The March of Folly.

El empeño gubernamental por tranquilizarnos y llevarnos a buscar la buena vibra se volvió trivial casi al nacer, pero no ha encontrado un sustituto eficaz en la llamada sociedad civil y sus organizaciones, tampoco en los partidos, los analistas de la política o los corifeos del verbo empresarial. Para decirlo pronto, simplemente nos quedamos callados sin darle al discurso ninguna oportunidad de, por lo menos, tratar de iluminarnos, provocarnos, llevarnos a la imaginación política sin la cual todo se vuelve tedio y parálisis.

En esas estamos y lo que nos queda es hurgar en el arcón de la historia y la leyenda patrias para ubicar alguna gesta capaz de iluminar esta hora oscura. Por más que les pese a muchos, en el pasado cercano y no tanto, hay momentos parecidos, aunque no tan graves como el actual. Lázaro Cárdenas el primero, para enseñarnos la enorme eficacia que puede tener asumir los principios elementales cuando se les traduce a la política. La soberanía, la solidaridad internacional, así como la defensa y el rescate de recursos naturales, en primer término el petróleo, que todavía nos llena de orgullo a muchos, fueron la clave del desarrollo económico y social del país por muchos años.

El que nos hayamos comido la gallina de los huevos de oro, por perezosos a la hora de plantearnos el laberinto fiscal que resulta de la explosión demográfica, la urbanización acelerada y los mil y un reclamos que siempre acompañan al desarrollo social, es asunto grave que merece análisis cuidadoso y una autocrítica de alcance nacional y, ahora, transpartidario. Pero no fue la apelación consecuente y rigurosa a esos principios por parte del gran general y Presidente la que nos tiene en el pantano en que se ha convertido el Estado nacional, que el propio Cárdenas contribuyera a fundar y dar solidez, sino la total irresponsabilidad política de los dirigentes que le siguieron, junto con el grosero desprecio de las elites a toda idea mínimamente cercana al ideal republicano, lo que nos tiene en esta encrucijada envenenada que la democracia realmente existente no puede encarar.

La reforma política condujo a una peculiar forma de revolución democrática, pero no encontró una eficiente ni eficaz solución de continuidad que nos diera buen gobierno y aliento para avanzar hacia una equidad social que pudiera encaminarnos a un régimen de igualdad. El gobierno volvió a ser la fuente de todos los males, sin parar en mientes en el hecho fundamental de que el gobierno que nos rige desde fines del siglo XX es uno surgido de las urnas y asentado en el desparpajado pluralismo que nos dio la alternancia y confirmó el regreso priísta a la Presidencia. Lo que no nos dieron y en realidad nadie ofreció, fue la gobernanza del sistema político plural ni la posibilidad de plantear al Estado nuevas y fundamentales tareas referidas a la vieja, nunca satisfecha, demanda de justicia social heredada de la Revolución.

Las insatisfacciones y desencantos que hoy nos abruman no pueden ser encauzados acudiendo a fórmulas menores, como aquella que nos dice no pedirle demasiado a la democracia. Porque no es cuestión de solicitar, ni siquiera de reclamar apelando a nuestra ciudadanía; lo que está en juego es la vigencia del Estado, cuya legitimidad es cuestionada por su alejamiento de los sentimientos nacionales que desde su fundación en el siglo XIX le dieron sentido. Al volverse práctica usual, hasta festejada, la negación de las consejas de Morelos llevó a la división y el encono; a la entronización de un clasismo oligárquico, impresentable en una nación de oprobiosa injusticia, y finalmente a una tremenda, dura y sangrienta revolución.

Nuestros sentimientos tienen que volver a ser nacionales y hacerse justicieros. Como lo pregonaron el cura michoacano y el general Presidente. Hay que volver a oírlos y ponerlos y ponernos a prueba. Pero ya.