Opinión
Ver día anteriorSábado 23 de julio de 2016Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Apuntes postsoviéticos

Asesinato en Kiev

E

n la mayoría de los países que formaron parte de la Unión Soviética, igual que en México, denunciar la corrupción de las autoridades, criticar a los gobernantes, revelar los negocios turbios de los magnates a la sombra del poder, desenmascarar a los mafiosos repercuten en pérdidas de empleo, agresiones y amenazas a los reporteros cuyo compromiso con la verdad está por encima de cualquier temor a las consecuencias de exhibir el comportamiento infame de los poderosos.

Muchas veces lo que publican en la prensa, afirman por la radio o muestran por televisión les cuesta la vida a los periodistas, convirtiendo su oficio en uno de los más peligrosos del espacio postsoviético en tiempos de paz. Tan sólo en Rusia, por ejemplo, desde la época del presidente Boris Yeltsin al periodo en que Vladimir Putin encabeza el Kremlin, se han documentado más de 300 casos de muerte violenta de periodistas.

La víctima más reciente ocurrió esta misma semana en Kiev, donde fue asesinado Pavel Sheremet, de 44 años, cuando a temprana hora se dirigía a la emisora Radio Vesti para conducir su programa diario, actividad que combinaba con sus reportajes y comentarios en el periódico Ukrainskaya Pravda. Nacido en Bielorrusia, por sus duras críticas al presidente Aleksandr Lukashenko se tuvo que exiliar en Rusia y, tras adquirir la ciudadanía rusa, recaló en Kiev hace dos años porque, decía, no puedo trabajar por las presiones del Kremlin.

Desde el vecino país eslavo, Sheremet siguió diciendo y escribiendo lo que le dictaba su conciencia, irritando cada vez más a quienes se convertían en blanco de sus denuncias. Tenía muchos enemigos: Lukashenko y Putin, así como los miembros de sus entornos, ocupaban un sitio preferente en la labor periodística de Sheremet; también acusó al magnate Rinat Ajmetov, el hombre más rico de Ucrania, de financiar a grupos de mercenarios en el conflicto del este ucranio para conservar sus minas de carbón y empresas; no dudó en comparar los excesos cometidos por el presidente Erdogan en Turquía tras el fallido golpe de Estado con el comportamiento aberrante de los nacionalistas y neonazis que lucharon del lado del gobierno frente a los separatistas.

La lista de potenciales autores intelectuales del crimen es, por supuesto, mucho más larga y por la forma en que lo mataron –la explosión de una bomba colocada debajo de su automóvil y activada a distancia– es probable que, al margen de si se trató de una orden de sus superiores o de un encargo por dinero, los autores materiales guardan relación con los servicios secretos de algún Estado.

Crimen sin improvisaciones, la carga explosiva justa para matarlo y en el momento exacto para no causar daños colaterales, el asesinato de Sheremet conmocionó a la prensa de Rusia y países vecinos, pero sus colegas están convencidos de que, lamentablemente, no será el último periodista en morir mientras se mantenga en el espacio postsoviético la deleznable práctica de acallar voces críticas con balas y bombas.