Opinión
Ver día anteriorDomingo 5 de junio de 2016Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Salvaje con una e al final
E

s una metáfora común, pero haber dado con las Impresiones de América: la cara de un hombre es su autobiografía..., de Oscar Wilde, fue como tomarme un vaso de agua fresca en medio de una sed desesperante.

Sucede que había estado buscando algo que leer, científico, sobre la muerte de un analista durante el tratamiento de un paciente, y no había logrado sino encontrar unos textos mediocres, tan mediocres que eran ilegibles y, sin lectura, me sentí tan desasistida que, con urgencia y verdadera necesidad, busqué entre los libros que tenía en espera de que les llegara el momento de ser leídos, y fue cuando di con el escrito de Wilde. ¡Qué alivio experimenté! La edición era pésima; sin embargo, leí con fluidez el breve y muy divertido texto de Wilde, con tal remedio y placer que, como suele sucederme cuando encuentro una lectura excepcional, se me antojó traducirla al español. El ensayo estará más que traducido, sin duda, pero aún así quería volver a traducirlo para hacerlo mío, quería memorizar sus frases brillantes (de las que está hecho) y me imaginé, ya en el colmo del delirio megalómano, que en una reunión social las citaba oportunamente, una tras otra, como toda una conocedora de Wilde y por lo tanto con derecho a citarlo con claridad y soltura.

Además de los libros científicos que buscaba y cuyas pobres muestras no pude leer, esa mañana había tenido que atender un monólogo tan ajeno a mi mundo que me fue imposible encontrarle incluso utilidad literaria. Pero aumentó mi sed de entrar en contacto con una lectura que sí me estimulara. No puedo vivir sin lecturas que toquen mis sentidos y que mantengan despierta mi mente.

Creo que Wilde agradecería que en mi traducción sustituyera su América por Estados Unidos, aunque no sé si es válido modificar conceptos al traducirlos. Pero debo confesar que me extrañó que Wilde, con su inteligencia, no percibiera, así sólo fuera para contar con un punto más del que mofarse, la megalomanía de un pueblo que se hace llamar con el nombre de todo un continente. Recuerdo el coraje que sentí al leer hace años Hojas de hierba cada vez que Whitman exaltaba el nombre de su país llamándolo América. Bueno, pero mi querido Kafka tampoco vio la diferencia... por más que tuvo un tío, creo, que vino a dar a México (pero no recuerdo bien si en busca de América).

La cosa es que de Impresiones de América: la cara de un hombre es su autobiografía... pasé a El retrato de Dorian Gray, que me encuentro leyendo, fascinada. No es estar leyendo un poema, pero sí es estar leyendo poesía, ¡y qué placer es leer poesía brillante! Los diálogos que se dan en esta novela (que está hecha prácticamente de diálogos, como una obra de teatro) la hacen muy inmediata y muy presente, y la inteligencia del autor lo muestra como un verdadero adelantado a su tiempo. Con razón terminó por no hallarse en el suyo, como diríamos en México. ¡Aunque no sé qué vueltas le habría dado a una conversación con Freud!

Por cierto, los títulos específicos que buscaba sobre la muerte de un analista no los encontré en Internet. Los tengo anotados en mi cuaderno pero no tengo la referencia de en dónde los encontré o quién me los recomendó. En Internet no di ni siquiera con los autores, y al menos según el título parecen justamente lo que estaba yo buscando leer. En mi traducción, se trata de: La muerte del analista: pacientes cuyo analista anterior murió mientras ellos estaban en tratamiento, de Galatzer-Levy RM; Una voz que se pierde, Una voz que se encuentra: después de la muerte del analista, R. A. Deutsch y, por último, La muerte de un analista, J. Rendely. No tengo más datos, ni nombre de la editorial ni nada, y las iniciales así las vi. ¡No sé en dónde! ¿O alguien me las pasó, así, por teléfono? ¿Quién?

Lo que sí es que preveo que, así como Impresiones de América: la cara de un hombre es su autobiografía... me calmó un tipo de sed, sé que la lectura de cualquiera de estos títulos me apagará otra.

Lo que no calma ningún tipo de sed es la lectura mala, armada con conceptos superficiales y frases hechas, libros que no dan el golpe ni siquiera en calidad de textos de autoayuda, que pueden llegar a ser tan eficaces que te sacan del aprieto emocional aun cuando sea hilvanando frases del sentido común o de la sabiduría popular, como leer en el momento adecuado que no hay mal que por bien no venga.