Opinión
Ver día anteriorLunes 28 de marzo de 2016Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Raseros
A

cada rato nos llegan recordatorios de que no todas las vidas humanas valen igual, ni los derechos humanos son parejos. Acaba de quedarnos claro por enésima ocasión que morir francés o belga en Europa vale el doble que hacerlo turco en Ankara, y si kurdo, menos, si bien multiplican su valor ante un refugiado palestino en Siria que ya cargaba un inapelable destierro previo de Israel al ser esfumado por las bombas de Occidente, Rusia, Isis, mercenarios o el gobierno nacional. Nótese que con las armas no ocurre lo mismo que con las personas: en este mundo todas las armas valen lo mismo, que es muchísimo. No importa si misil perfeccionado, cuerno de chivo, Colt con cacha de oro y diamantes, pistolita o mochila con reactivos plásticos y clavos. Todas funcionan al puro tiro. ¿Qué más se puede pedir?

Y no obstante, hay quienes han dado un gran valor a sus vidas en el mercado de la violencia y el peso noticioso. Vienen en mente los pueblos mayas de Chiapas. Hace 25 años una gallina valía más que un indio. Tras el levantamiento zapatista y el fortalecimiento cultural de los derechos humanos en esas tierras, aunque no deja de haber muertes, ciertamente la vida de un indígena en Chiapas ya no le sale gratis a nadie, sea gobierno, paramilitar o mafia. Costó dolor y esfuerzos heroicos, se trata de un logro potente de la dignidad colectiva. Más, sin pensamos que en la misma entidad las vidas de hondureños, guatemaltecos o salvadoreños, también humanas, valen gorro. Ya su mera existencia transcurre fuera de la ley, se encuentran en el mismo no-lugar que los migrantes sirios, iraquíes, libios o afganos atrapados en el Mediterráneo.

Esta disparidad se usa en México para la construcción mediática de nuestra realidad en materia de derechos humanos, presos, torturados, desplazados, esclavizados. ¿Qué vuelve tan fervientes a comentaristas y escritores al abogar por las garantías de los disidentes cubanos o venezolanos, y tan distraídos, cuando no detractores de plano, de los disidentes acá? Nunca consideran que Leopoldo López puede deber vidas, pero qué tal los encandila su fotogénica esposa que va por Caracas y el mundo como lo que es, una patrona. En cambio, de Nestora Salgado o los padres de los desaparecidos de Ayotzinapa dudan todo lo posible y hasta exageran. No pocos autores ni los consideran. No les encuentran glamur, pero ante todo prefieren no molestar al gobierno, que siempre filtra versiones para desconfiar de esos pelados. Hay quienes reproducen y engordan con sus opinión las justificaciones, ocultamientos y verdades históricas del poder.

¿Cual rasero define que 34 en Bruselas ameritan más derramamiento de tinta (o su equivalente digital) que 40 asesinados por oponerse a la presa Picachos en Sinaloa, ya no digamos miles en Homs, Lahore, Izkandariya o Mosul? En México, las masacres y los asesinatos en serie se cuentan entre los más frecuentes y graves del mundo, pero su entramado de injusticia y desprecio no interesan; aquí todos los muertos son sospechosos hasta no demostrar lo contrario (algo que, como están muertos, no les resulta fácil). Y que no vengan con que derechos humanos, a menos que sean los de Cassez, Moreira o El Chapo. Pero qué tal si es la Cuba castrista; no importa que el número y los maltratos sean incomparables con los habituales en México. Al calor de súbitos vapores humanitarios, les ameritan más saliva y adjetivos los castigados por la justicia cubana; ello sin demeritar los históricos esfuerzos del autoritarismo isleño por reducar homosexuales y castigar disidentes. Pero, con perdón, la comparación ofende. Acá se abusa bastante mejor.

El crimen organizado, que está fuera de toda rendición de cuentas, aporta buena parte de las desgracias que traen de un ala a nuestra patria. Mas no está solo, por más que le digan, por más que le cuenten. Se investiga mal a propósito, pero en demasiadas de las recientes muestras de barbarie resulta inocultable la participación de agentes y funcionarios del Estado. Con Iguala seguimos debatiéndonos, pero a quién, si no al oficialismo, podía interesar la muerte de Atilano Román Tirado, y antes de él las de 40 paisanos suyos, compañeros expulsados, engañados y tirados a la basura por el gobierno para inundar sus pueblos con la presa Picachos? (véase el documental Unsilenced, de Betzabé García, egresada del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, el cual fue destacado esta semana por el New York Times tras ganar el premio que otorga Cinema Tropical a la mejor dirección de un documental realizado en América Latina en 2015 por su largometraje Los reyes de un pueblo que no existe.

¿Y qué otra cosa, sino una aberración humanitaria y de justicia comete el Estado cuando entrega sus presos al crimen organizado en Matamoros, Piedras Negras, Topo Chico o Cocula? Pero que no vengan relatores de la ONU a meter más ruido. A Cuba sí, desde luego. ¿Pero aquí? Esos señores están mal informados.