Opinión
Ver día anteriorDomingo 31 de enero de 2016Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Tolstoi, jugador de tenis
Y

a en la puerta, después de una comida Federico Álvarez se despedía cuando dirigiéndose a mí entre los amigos reunidos me preguntó con cuáles libros de su biblioteca quería quedarme, pues los está regalando. Está a dos meses de cumplir 89 años de edad y, a juzgar por lo que le dicen los médicos, pues por lo que se ve ciertamente no por él, quizá no llegue a cumplirlos el próximo 19 de febrero. Sin pensarlo dos veces le contesté entusiasmada que con las novelas rusas, y precisé Tolstoi, Dostoievsky, Pushkin, Chéjov, Nabokov... y podía haber seguido, pues Fede, como lo llamamos, tiene a todos los novelistas rusos en su biblioteca.

Empezaba a imaginarme que recibiría tomos en ruso que apreciaría como pocas cosas, que acariciaría, y no porque no los tenga en español en mi propia biblioteca, sino porque vendrían de Fede. ¡Ah!, exclamó; ¡Tolstoi! y, ya con un pie en la calle, comentó que está releyendo Anna Karénina y que le fascina, que para él es la novela de todos los tiempos. Está a dos meses de cumplir 89 años de edad y, a juzgar por lo que le dicen los médicos, pues por lo que se ve ciertamente no por él, quizá no llegue a cumplirlos el próximo 19 de febrero, pero se dispone a releer, quién sabe por qué número de ocasión, Anna Karénina, una novela tan larga que un lector medio supondría que si la leíste una vez en tu vida esa lectura habría sido más que suficiente. No así Fede, porque Fede está lleno de entusiasmo, y sabe que, el tiempo que le esté asignado de vida, lo ha de pasar bien, leyendo o releyendo lo que le gusta, yendo a la universidad a dar sus clases –una vez dejó la cama de hospital para ir a dar su clase en la Universidad Nacional Autónoma de México. También le gusta estar con los amigos. Cree que encerrarse en casa hace daño. Si no tiene alguna invitación (un día lo oí decir, alegre y sonriente: Como ya me voy a morir, todo mundo me invita a comer), sale a dar la vuelta, baja de su departamento en Copilco y, tras ayudar con unos billetes a la vendedora de golosinas sentada en la banqueta, toma de la mano a los niños de la señora y lo acompañan a hacer su compra en el supermercado. Les gusta que los siente en la canastilla de la silla de ruedas en la que me desplazo en el supermercado, ¡el paseo por los pasillos entre los estantes nos hace felices a ellos y a mí!, nos cuenta.

Las experiencias existenciales, laborales y académicas de Fede han sido particularmente valiosas. Cuando, de niño, tras la Guerra Civil salió de Santander, España, con su familia se refugió y estudió ingeniería y periodismo en La Habana. Luego pasó a México, donde, aparte de licenciarse y doctorarse en la UNAM en estudios filosóficos y literarios, y pertenecer al cuerpo docente, fundó y fue miembro o consejero de asociaciones políticas y literarias; crítico literario y de arte en revistas y suplementos literarios y colaborador de editoriales como Siglo XXI o director del Fondo de Cultura Económica en Madrid. Se casó con Elena Aub, con quien tuvo dos hijos. Es autor de estudios literarios, filosóficos y políticos y del primer tomo de sus memorias. Ha sido conferencista en toda América y Europa. Es un gran conversador, capaz de cautivar a un auditorio con sus diferenciaciones del signo y el significado, o la distinción entre el adverbio ahí versus allí. Durante una conferencia de Fede un colega se refirió en público a cuando los dos habían sido comunistas en su juventud, Fede precisó no sin exaltación, ¡Yo sigo siendo comunista!

A punto de meterse al coche, recordó que había dejado su bastón en la casa. Al acompañarlo a recogerlo seguimos hablando de Anna Karénina. Me atreví a comentar cómo me asombra el uso del punto de vista del autor omnisciente en esa novela, cómo el autor puede no sólo extenderse en todos los subtemas (carreras de caballos, juegos de mesa, siembra en el campo, moda, comidas), sino adentrarse en absolutamente toda la gama de sentimientos, actitudes y pensamientos del ser humano; cómo puede meterse en los zapatos de absolutamente cada uno de sus personajes, analizarlo y pintarlo ¡sin juzgarlo! A Anna Karénina sí la juzga, y está contra ella, prorrumpió, y a mí ya no me dio tiempo de cuestionarlo, pues se hacía de noche y Fede quería ver el noticiero español por televisión.

Esa noche me detuve un buen rato ante una fotografía que tengo de Tolstoi jugando tenis.