Opinión
Ver día anteriorDomingo 1º de noviembre de 2015Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Los puntos sobre las íes

Recuerdos

XV

L

o dicho, comendador…

Un grupo, no tan reducido por cierto, se alió para ponerle fin o, al menos, despojar a don Neguib Simón de la formidable idea de la Ciudad de los Deportes y lo que significaría la venta de terrenos aledaños para construir casas, edificios y centros comerciales aledaños.

Y no se anduvieron con chiquitas.

Vamos por partes, uno de los primeros acérrimos enemigos de don Neguib fue el hermano incómodo general Maximino Ávila Camacho, que siendo el real controlador de El Toreo, no permitiría que alguien le pisara un callo, siguiéndole el abogado aquel al que le había robado la novia, ya en aquellos días prominente político y que fuera el instigador para que la financiera que le otorgara el importante crédito a seis años de plazo y con intereses accesibles y que, llegado el momento, luego hizo caso omiso de lo pactado y exigió que capital e intereses fueran liquidados en seis meses.

Y hubo más.

Enterados de lo que estaba sucediendo, varios de los banqueros hermanos Aboumrad y don Moisés Cosío, quien había tenido gran éxito con negocios algodoneros y –al parecer aunque no he podido comprobarlo– una gran tienda de las conocidas como ultramarinos y bautizada El Vapor, movieron cielo, mar y tierra para que las zancadillas, golpes bajos, grillas, envidias y demás se fueran transformando en impuestos, intereses, exigencias y envidias para dar y prestar.

Don Neguib no se arredró, hombre de lucha, de trabajo y dotado de una férrea voluntad, supo de lo que se estaba fraguando, pero decidió seguir adelante y él y el ingeniero Rolland, el 1º de diciembre de 1944, comenzaron a construir la gran Plaza México, que no ha tenido paragón en el mundo entero ni por su ingeniería ni por la capacidad de espectadores y engalanada con esculturas del renombrado escultor valenciano Alfredo Just y a las que, en breve tiempo, se les sumarían varias de igual hermosura del yucateco Humberto Peraza.

A la vez, se dio luz al llamado Estadio Olímpico, lo que desató la decisión de acabar con el señor Simón de quienes comprendieron la grandeza de aquella sensacional idea, que debían hacer suya.

Y cuanto antes.

* * *

Todos a una.

Visto el éxito de la corrida inaugural, el frente se “reforzó con cañones, obuses y hasta lanzallamas y, ámonos, por principio de cuentas, a organizar corridas en El Toreo y, aunque me duele mucho escribirlo por la gran amistad que llegué a tener con él, fue Antonio don Antonio Algara el que, por debajo del agua contrataba toreros y ganaderías para el coso de La Condesa, en tanto don Neguib y su sobrino Miguel Simón, que de organizar festejos taurinos lejos estaban de ser unas chuchas cuereras, aunque ustedes no lo crean, tenían como consejero a don Antonio Algara.

Segundo “frente: entre éste y el periodista don Octavio Reyes Espíndola, propietario de la revista Nosotros, aconsejaron a los señores Neguib que lo mejor sería organizar novilladas, para darle oportunidad a los nuevos valores.

Tercer frente: de pronto, dos novilleros sacudieron al mundo taurino, que volvió a sentir suyos a dos jóvenes que fueron dos revelaciones: Fernando López y José Rodríguez Joselillo, aquel por su principesca forma de torear y éste por su valor a toda prueba y, en vez de formar con ellos dos una sensacional pareja, no supieron encauzarlos y ambos sufrieron dos espantosas cornadas. Joselillo en la Plaza México, cornada que le costó la vida, y Fernando, en Guadalajara, cuando un astado lo prendió por el estómago llegándole el pitón hasta la espalda y salvando la vida gracias a la ciencia del inolvidable doctor Mota Velasco.

Cuarto frente: la posible contratación de Manuel Rodríguez Manolete para venir por segunda ocasión a México –temporada 1946-47– era el detonante; la plaza que se llevara el contrato sería la ganadora y nada más, así que había que echar toda la carne en el asador.

Y fue la Plaza México la que se llevó el ansiado contrato, en tanto que don Neguib Simón tenía que venderlo a todo a sus enemigos, pues ya no había forma con qué seguir adelante, después de casi 40 novilladas.

Y, me parece, sin estar seguro, que tantos dolores, sufrimientos y tantas angustias le costaron la vida a tan ilustre visionario.

Nunca otro igual. (Continuará)

(AAB)