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El ritual, en video

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El presidente de la Cámara de Diputados, Jesús Zambrano, en el mensaje presidencial. Fotogramas del video difundido por la Presidencia de la República en https://youtu.be/Z49ftYyc45U
L

as partes más entretenidas de este video son las tomas al público que escucha al orador y las panorámicas del recinto repleto de trajes, corbatas, vestidos largos, peinados solemnes y calvas carísimas. Vale la pena pausar las tomas para apreciar las expresiones de quienes asisten a él por compromiso; es decir, de todos los presentes, menos el señor que lee su discurso con ademanes acartonados, tics faciales incontrolables y numerosos yerros de pronunciación y de lectura. Hay que imaginar, por ejemplo, el aburrimiento cósmico del embajador de algún país árabe, obligado por el protocolo a apersonarse en esta ceremonia que manifiestamente le vale madres, y sin más horizonte que ponerse a redactar, por la tarde, un reporte que no leerá nadie. O la zozobra de uno que otro político, de esos que agonizan porque ya saben que sus miserias han sido documentadas en audio o en video, y que si no se alinean o si no cooperan los medios empezarán a comérselos crudos en un festín de pirañas. O la incomodidad de quienes tienen claro que su presencia en ese lugar es una traición a lo que hicieron buena parte de su vida.

El oficiante del ritual ha tenido la amabilidad para consigo mismo de no pronunciar el guarismo 43, el topónimo Ayotzinapa ni el apelativo Casa Blanca, de modo que, si se trata de entretenerse, el audio de la grabación es perfectamente prescindible. Y no porque uno comprenda el lenguaje de señas en el que se afana la diligente intérprete del recuadro derecho inferior de la pantalla, sino porque basta con recortar párrafos de anteriores mensajes presidenciales –de éste o de cualquiera de sus predecesores, o de varios combinados– y pegarlos al azar para tener una idea clara del mazacote: fórmulas de despacho; saludos burocráticos; dos o tres admisiones de que no todo es absolutamente perfecto, aunque la imperfección no conlleve responsabilidades específicas; ocasionales arranques retóricos del poliestireno que sueña con ser bronce y, más que nada, la enumeración de acciones, obras, disposiciones, medidas y hechos para documentar la talla heroica del expositor. La esencia de la alocución presidencial septembrina como género literario consiste en eso: en una autoexaltación que recurre a la épica de gabinete para narrar los pormenores de la boda entre el Mandatario (las mayúsculas son meramente ilustrativas) y la Historia Nacional.

Pese a la aparente solidez de la representación institucional congregada en Palacio, el acto se realiza sin soporte jurídico alguno –porque, en efecto, la legislación no lo prohíbe, pero tampoco lo estipula– y se desarrolla en ese limbo de la alegalidad que es la comunicación y el marketing. En rigor, pues, los titulares de los Demás Poderes de la Unión saben perfectamente que su asistencia a esta ceremonia no obedece al cumplimiento de ningún deber formal derivado de su cargo, sino que es un mero ejercicio de genuflexión para lucimiento del protagonista y un aporte al ensayo de resurrección de las glorias pretéritas del régimen, cuando la Fiesta del Presidente se realizaba al menos de acuerdo con el texto constitucional, en forma de una visita anual a la sede del Legislativo.

Las mujeres presentes en el viejo salón tienen que estar al tanto de que el hombre del micrófono intentó denodadamente esconder bajo la alfombra los feminicidios en el Edomex; los capos de las mafias culturales que se han dado cita allí saben que el ponente no tiene noción de las diferencias entre Fidias y Foucault ni las que separan a Clarice Lispector del Lazarillo de Tormes; los dirigentes sindicales han llegado a Palacio pisoteando los pedazos del poder adquisitivo de la clase trabajadora; los demócratas impolutos y perfumados que asisten al encuentro conocieron en su momento los ríos de Tarjetas Monex y Soriana en los que hizo rafting el partidazo para volver por sus fueros; Monseñor saluda con efusividad a un sujeto que quebranta sin rubor los Mandamientos; los capitanes de empresa allí congregados tienen más claro que nadie que las cifras económicas alentadoras, sacadas bajo tortura a la estadística, son como escupitajos para enfriar un reactor nuclear colapsado; los militares hacen acopio de disciplina y subordinación debida para cuadrarse ante la representación de un poder político que los ha utilizado sin escrúpulos en agresiones contra la población civil y los mantiene fuera de sus atribuciones constitucionales. Los únicos exonerados por la inocencia son los escasísimos jóvenes que acuden al ceremonial sin saber que sus coetáneos son presas de cacería para un gobierno que detesta a la juventud.

Antes, al deambular por el edificio, todos los asistentes debieron pasar por la venganza anticipada e implacable de los símbolos: en los hermosos murales de Palacio, según calificativo de la conductora oficial, los que antecedieron al selecto público oligárquico en el ejercicio del poder político, económico y eclesiástico están plasmados como verdugos, como ladrones, como asesinos y como cerdos. Debe concederse que Diego Rivera planeó con suma genialidad el escarnio que habría de hacer post mortem.

Por eso resulta divertido ver en el video las muecas de las distinguidas damas y caballeros que conforman la concurrencia –nutrida, claro– a esta ocasión histórica o, mejor dicho, prehistórica, si se toma en cuenta el tufillo de Parque Jurásico priísta que flota en el encuentro. El empeño por fingir un país próspero, unido, democrático, incluyente y pacífico requiere de grandes esfuerzos musculares faciales para blindarse de lo real: los 57 mil muertos, los miles de desaparecidos, los inmuebles turbios, la libertad de El Chapo (concedida bajo palabra, según muchos indicios), la gusanera que se asoma por los resquicios de las oficinas públicas, la independencia perdida, el Estado hipotecado, el peso devaluado, las masacres reiteradas, la vida pública acanallada, los desfiguros que hacen llorar al espíritu republicano.

Es posible que los chicos de Comunicación Social, Estrategia de Medios, etcétera, se hayan indigestado con aquello de que en política la forma es fondo o, formulado por MacLuhan, que el medio es el mensaje, y que hayan pretendido aportar, con esta puesta en escena, un poco de sustancia a la fantasía peñista de restaurar las viejas presidencias omnímodas y omnipotentes. Pero, lamentablemente (sí, lamentablemente para todos) el país está en otro lado y no tiene ánimos para rendirse a la adoración de ningún tlatoani ni para echarle confeti a un señor que se muestra más preocupado por conservar a toda costa sus residencias de lujo que por atenuar el hundimiento nacional que él mismo ha propiciado.

Lo cierto es que se ha invertido una cantidad ingente de recursos públicos para hacer coincidir a la crema y nata de la patria en un ritual incómodo e innecesario para todos, salvo para el del podio, y que ya causado el perjuicio no queda más remedio que disfrutar el espectáculo; de lo perdido, lo que aparezca. Hoy ya no están estacionadas sobre la plancha del Zócalo las obscenas camionetas blindadas de los feligreses que acudieron a la misa egótica y no queda más que un montón de papelería ostentosa y caduca, unos boletines impresos que se comerán las ratas, unos tomos voluminosos que dentro de cinco años no va a consultar nadie, porque 90 por ciento de su contenido es mentira, y un video en Youtube.

En tanto, el país ha perdido unos cientos de millones de pesos (nada, comparado con dispendios más irritantes) y los asistentes al magno discurso invirtieron tres o cuatro horas de sus respectivas vidas –tomando en cuenta los tiempos de traslado, las salutaciones y la convivencia social– para escuchar algo que habría podido resumirse en doce palabras: Bajo mi conducción, señoras y señores, el país va a toda madre.

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