Opinión
Ver día anteriorMiércoles 5 de agosto de 2015Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Incapacidades
I

r al fondo de los asuntos cruciales ciertamente definitorios de la actualidad se torna, para políticos o líderes con ambiciones, una consistente vergüenza real. No hay en todo el panorama público nacional actor de relevancia que, con la seriedad debida, proponga legislar sobre dos temas neurálgicos del presente: legalización de drogas y reducción efectiva de la terrible desigualdad que plaga la convivencia. Y esto a pesar de que, se sabe, casi a ciencia cierta, el desarrollo económico mismo y la seguridad colectiva dependen, para su amortiguamiento o solución, de tan peliagudos temas. Las fuerzas que acechan detrás de ellos para mantener el estado de cosas vigente son de tal magnitud que impiden ser tocados aunque sea con un dejo de indiferente coherencia.

Los datos disponibles, conjuntados en sendos estudios (Oxfam y Coneval) para lo concerniente a la desigualdad y su indispensable correlato, la pobreza, difícilmente requieran de mayor elaboración. Las bases para inducir la acción ya se tienen, aunque siempre serán bienvenidos mayores o mejores análisis. La reciente publicación de tales hallazgos causan hasta cierto escándalo, escozores varios, rasgamientos de vestiduras, pero siempre circunscritos a un círculo de opinócratas o académicas reuniones de preocupados analistas. No más para allá.

A la vuelta de algunos días todo parece retornar a la normalidad acostumbrada. Se priorizan siempre los avatares cotidianos –en cuanto más deshilvanados, mejor– para asegurar la continuidad del modelo imperante sin sobresaltos peligrosos.

Pero el río de los descontentos, los agravios, el deterioro institucional y la pérdida de las esperanzas populares no detienen, ante tales distractores, su vital crecimiento. Ahí quedan insepultos junto al enfermo cuerpo de la nación, listos para volver sobre unos pasos cada vez más alterados.

Sobre la guerra emprendida contra lo que se ha llamado el narcotráfico no se vislumbra, por más esfuerzo retórico que se haga, la ansiada luz al final del túnel. La violencia sigue su ruta disolvente a pesar de las estadísticas que pretendan disfrazarla. A veces se nos dan noticias de la desaparición de 43 estudiantes normalistas que no hallan reposo o sepultura. En otras ocasiones un asesinato colectivo en la mera capital del país con sus cuatro mujeres y un comunicador sacrificado magnifica las protestas. Le siguen o preceden otros tantos crímenes en Guerrero, en apariencia inconexos del masivo cultivo de opio. Continúan, además, los continuos secuestros por el país completo y las fugas notables (Caro Quintero y El Chapo) se tornan inexplicables.

Mucho de este enjambre de inconsistencias se quiere palear con la difusión intensa, hasta conformar un verdadero coro de uniformados del más alto perfil que elevan sus patrióticas consignas al incoloro viento. Hasta sus francas amenazas, aderezadas con medallas y pergaminos otorgados con largueza por diversas autoridades, dejan huella en los distintos auditorios convocados para arroparles.

Poca atención se presta, en los medios de comunicación, a las cada vez más frecuentes voces que claman por detener tan cruenta carrera armada. Salen, ya sin tapujos, opiniones y estudios que incitan a optar por alternativas que abran perspectivas basadas en números de enfermos, en muertes por consumo de estupefacientes o en las desbocadas inversiones en armas de todos calibres y modalidades. El consumo de drogas, esas prohibidas por una reaccionaria mentalidad de estadunidenses moralinos –exportada a todo el mundo– tiene que pasar a una estricta, propia y humana revisión. México se ha sumergido en un maremágnum de problemas, casi insolubles pero, eso sí, dañinos en extremo.

El panorama electoral que se prefigura, tanto para el año entrante como para el más definitorio 2018 no puede, no debe, quedar exento de atender tan urgente problemática de seguridad pública, pobreza y desigualdad. Ahora que se discuten y especula sobre cambios en el gabinete, en los partidos, en los negocios que a todos afectan, es tiempo para encauzar las discusiones, abiertas, serias e informadas, sobre el futuro que ya se ve pasar por todos lados sin su correspondencia política y pasión legislativa.