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La ocupación de los territorios palestinos
E

n 1967 el ejército israelí sorprendió al mundo al vencer en seis días a sus hostiles vecinos árabes. Casi nadie apostaba por el pequeño Estado sionista creado en 1948 con el apoyo de las potencias occidentales y la neutralidad complaciente de la URSS, sin consideración hacia los otros habitantes de la región –llamados árabes palestinos– en que fue injertado ese Estado. La victoria dio a los israelíes el control militar de cuatro regiones que antes estaban bajo soberanía de sus vecinos: los altos del Golán, la península del Sinaí, la franja de Gaza y, la más importante y poblada, Cisjordania y Jerusalén oriental. Desde entonces, la actuación del Estado de Israel en esos territorios es una de las más dolorosas heridas de nuestro mundo.

Ahron Bregman, historiador y veterano del ejército israelí, acaba de publicar La ocupación. Israel y los territorios palestinos ocupados, una espléndida versión sintética y completa de esa tragedia. Una historia de las formas y las políticas de la ocupación, que deja al descubierto su carácter inhumano y brutal, pero también, y eso es fundamental, una historia ejemplar de la resistencia, el orgullo y la dignidad del pueblo palestino, tanto desde abajo y las diversas formas de lucha contra la ocupación.

Bregman analiza los tres pilares en que se sostiene la ocupación: la fuerza y la violencia pura y dura; un corpus legislativo que mantiene a los palestinos bajo sujeción, y la realidad física de la ocupación, es decir, la expropiación de tierras, la destrucción de pueblos árabes y la construcción de asentamientos judíos y bases militares.

Para el autor, la ocupación ha pasado por varias etapas: en un primer momento (1967-1977), Israel tuvo dificultades para saber qué hacer con la tierra arrebatada a Egipto, Jordania y Siria (mayoritariamente habitadas por árabes palestinos), pero prefirió conservarlas antes que buscar la paz. En ese periodo, cualquier consideración acerca de la devolución de la península del Sinaí o los altos del Golán surgió sólo como un recurso táctico que permitiera a Israel aferrarse a Cisjordania, que los sionistas consideraban cuna del judaísmo, y a la franja de Gaza, que querían retener por razones estratégicas.

En la siguiente década, y con la llegada del Likud al poder, la derecha sionista emprendió un ambicioso y despiadado plan para que la ocupación fuera irreversible, sobre todo en Cisjordania y la franja de Gaza. Desdeñando la historia y la realidad, Israel intentó consolidar su control sobre los territorios ocupados empleando métodos colonialistas anacrónicos e ilegítimos.

Sin embargo, la primera Intifada (1987) hizo que un número creciente de israelíes se dieran cuenta de que el proyecto de ocupación estaba condenado al fracaso. En 1991 arrancaron los procesos de paz, que al final, saboteó el gobierno de Israel, como señala el autor.

Los palestinos, que al reconocer en 1988 el derecho a existir del Estado de Israel renunciaron efectivamente a reclamar 78 por ciento de la antigua Palestina, estaban resueltos a impedir que los israelíes se quedaran con el 22 por ciento restante y, por tanto, se negaron a transigir aún más durante las negociaciones de paz. Frustrados, los palestinos de los territorios combatieron a los ocupantes, como era su derecho legítimo y, quizá, el curso de acción lógico.

La retirada unilateral de la franja de Gaza, para mejor aferrarse a Cisjordania y diferir la devolución de los altos del Golán, dio como resultado el ascenso de Hamas y el debilitamiento de las posiciones proclives al diálogo en la Autoridad Nacional Palestina. El resultado fue el fracaso del unilateralismo.

¿Dónde estamos hoy? A pesar (o a causa) de sus crímenes contra la humanidad, la ocupación es un fracaso, por lo que solamente queda la opción que se probó a inicios de la década de 1990: Poner fin a la ocupación mediante negociaciones de paz con los palestinos y los árabes. Y la comunidad internacional debe presionar a Israel. Por eso, es pertinente exigir al gobierno mexicano que reconozca al Estado palestino.

La ocupación –concluye Bregman– será juzgada por la historia como una mancha negra en la historia de Israel y, de hecho, en la historia judía: Israel es un ocupador cruel y brutal que, al forzar a los palestinos a vivir en la miseria y sin esperanza, Israel ha endurecido a quienes viven sometidos a su poder, haciéndolos más decididos a poner fin a la ocupación, incluso mediante de la violencia, y vivir una vida de dignidad y libertad.

Pd. Quizá por casualidad, el día que publiqué mi anterior artículo, La cuestión palestina, me retiraron mi cuenta de Twitter. Aquí mi explicación, para quien esté interesado: http://www.twitlonger.com/show/ n_1skh59d?new_post=true

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