Opinión
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Involución y desarrollo
E

n sólo dos años, el grupo gobernante del país ha cerrado sus filas en forma casi hermética. Las voluntades y el quehacer partidario, legislativo, económico, sindical, judicial y los comunicacionales confluyeron, con celebrado afán, alrededor de un proyecto: el que apuntala la centralidad presidencial junto al diseño, concentrador, fraguado por sus consejeros áulicos. Un caso notable, por su aportación al proceso, lo apuntan los actuales organismos autónomos, tan en boga dada su supuesta acción de balance y control entre poderes. La influencia del pensamiento hegemónico mundial es, para estos menesteres de consolidar poderes locales, determinante. El modelo neoliberal ha sido abrazado por el sistema establecido y su difusión se lleva a cabo con ilusoria pasión. La determinación de imponer tal continuidad ha sido avasallante, para lo cual se han subordinado todas las demás posturas y ambiciones personales o partidarias. Las disidencias dentro de este remolino de intereses ya son mínimas y, cuando aparecen algunos retobos, la corriente centrípeta las mitiga, procesa o rechaza de inmediato. El intenso intercambio de posiciones, premios, favores y hasta algunos castigos ejemplares actuó como potente pegamento unificador. Para lograr el cometido propuesto se rescataron, a manera de complemento, rituales de larga data y oficio palaciego. La coordinación en proceso de esos estamentos y personajes arriba mencionados es ciertamente eficaz. Todos ellos, huelga decirlo, han sido patrocinados o recompensados por la parte superior de la misma pirámide.

Se viven tiempos que aseguran, al menos por el corto y mediano plazos, la continuidad apremiante del modelo que ha estado en formación durante los últimos 30 años. Las oportunidades de introducir cambios de fondo, algunos matices en el rumbo o francas rupturas, parecen intentonas condenadas a quedar engarzadas en esas regiones de los deseos frustrados o las francas utopías. El grupo gobernante de México, que incluye en primerísimo término a su plutocracia, se ha encaramado sobre todos los botones de mando de esta República. Casi ningún área escapa por ahora a los dictados de este selecto manojo de mandones. El aparato de seguridad, de tradicional subordinación (llamada institucional), se ha sometido a los actuales dictados, de tal manera que no emite la más leve nota discordante. Ni siquiera por medio de los conocidos y torpes trascendidos periodísticos. La oposición real –que todavía, en efecto, al menos patalea– trata de apegarse y propagar principios y maneras de actuar diversos. Pero, por desgracia, se encuentra en estado larvado luego de que tanto el PAN como el PRD se disolvieron, con marcada urgencia para asegurar su propia sobrevivencia, dentro del famoso Pacto por México.

La potente solidificación descrita y que ya se observa a simple vista tiene, sin embargo, corrosivos que le afectarán en su ruta. En primer lugar, porque las propuestas reformas, los acuerdos y las negociaciones para implementarlas se llevaron a cabo entre las burocracias gubernamentales y partidarias. Los grupos de presión fueron y son consultados consuetudinariamente, es cierto. El intercambio entre ambas instancias es de íntima simpatía, negocios y francas complicidades. Ni siquiera los aliados orgánicos de la academia o de los medios de comunicación tuvieron parte en el diseño de las acciones de cambio desatadas con toda premura. Estos agentes entraron como voces de segunda ocasión o de soporte, pero que al final no parecen lo efectivos que alegan ser. Los centros de poder mundial, en especial los de corte financiero (y sus publicaciones), han sido, desde el inicio de la tentativa actual, el frontón donde han rebotado las líneas básicas, tanto de las iniciativas como las promesas de los idílicos panoramas proyectados.

La distancia entre las ambiciones cupulares y los programas diseñados, para beneficio y regocijo de privilegiados respecto de las ingentes necesidades de la ciudadanía, es ya casi insalvable. Todas y cada una de las reformas estructurales en marcha no fueron pensadas para aliviar carencias reales o responder a solicitudes de corte popular, sino para controlar sindicatos, aliviar presupuestos, incentivar inversiones externas, afianzar aliados extranjeros poderosos y formar nuevos grupos empresariales afines al priísmo. El empleo por ejemplo, propósito de la reforma laboral, lejos de incrementarse, mantiene su tendencia al deterioro (Inegi). La educación no da muestra alguna de mejorar en la calidad anunciada. Al contrario, su defectuosa infraestructura es una constante que se resiste a cualquier grito de victoria. Para los cantos de salvamento energético, ensayados por el oficialismo con intensidad abrumadora, se ha dado pie a recapitulaciones continuas. Los beneficios se verán en el largo plazo, ese momento siempre confuso y lejano que se pospone sin haber responsables ni castigos.

Pero a pesar del desafecto entre el poder concentrado y el pueblo disperso, un heraldo recorre el mundo de los importantes anunciando las buenas nuevas nacionales de ese México que ya cambió bajo la batuta de su élite. Ésa es una misión muy delicada, sensible, apegada a los talantes y los gustos presidenciales. Hay que desplegar, a toda página o pantalla, fotos de ocasión que trasmitan charlas trascendentes con personajes del momento. Los choques de manos viendo a la cámara entre líderes modernos pulen la imagen. Los discursos sin preguntas incómodas y los premios obtenidos gracias a obsequiosos clubes de evidentes personeros en busca de favores y negocios. Ninguna iniciativa de interés mundial, ni siquiera continental, que exija preparación, proyección negociada e imaginación apegada a las condiciones vigentes. La presencia es suficiente para que, desde el interior del séquito de funcionarios y amigos de acompañamiento, salga una figura que asegure la continuidad futura del modelo. Por ahora, las alianzas se hacen sólo con los afines. Con una Colombia que ha desplazado a seis millones de sus habitantes y expulsado a otros seis millones que viven las añoranzas del exilio. Un Chile que no puede responder a los urgentes cambios de un modelo que asfixia a sus mayorías. O un Perú entregado a las mineras depredadoras. Ésos son los aliados, todos bajo la férula de un liderazgo norteamericano menguante y guerrerista contumaz.