Opinión
Ver día anteriorDomingo 17 de agosto de 2014Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Lauren Bacall en París
D

esde la esquina de las callejuelas de Fréderic Sauton y La Bûcherie, donde se encuentra una de las más hermosas placitas de esta ciudad, a la sombra de altas jacarandas, pueden verse, al otro lado del Sena, los arcos de la nave que es la catedral de París.

Esta encantadora plaza sirve de terraza a un restorán situado en esa esquina, en la misma manzana donde vivimos el escritor Jacques Bellefroid y yo, a menos de 200 metros.

Cuando, en 1985, llegué al barrio conocido como la Maub, antiguo refugio de truhanes, traperos y otros oficios, como el de recoger colillas y revenderlas, el lugar había ido perdiendo su aspecto popular, transformado, por algunos de sus célebres habitantes, como por ejemplo François Mitterrand en la calle de Bièvre, en uno de los lugares más esnobs de la capital de Francia. Por fortuna, Bellefroid había adquirido su estudio cuando los precios eran aún accesibles y boutiques de zapateros, costureras, pinceles y tubos de color para los aficionados de la pintura, quienes se sientan en ese rincón tratando de mejorar, con su obra inmortal, la catedral gótico-romana, eran aún el alma del barrio.

El restaurante en cuestión, con su suelo de flores lilas en primavera, se llamaba entonces, Sweet et faim. El entonces dueño, un buen padre de familia, nos envió un gigantesco ramo de flores cuando la fiesta por nuestro matrimonio tuvo lugar en la Galerie de Nesle. El restaurante, aparte su encantadora terraza, era entonces uno más en el barrio, sin clientela ni menú peculiares, indistinguible entre el hastío de la uniformidad.

Uno o dos años después, el lugar pasó a manos de Claude, antiguo animador del centro nocturno más a la moda en esa época, el Palace. A sus 40 y tantos años, Claude había decidido formar su propia boîte, mezcla de restaurante, centro nocturno, salón mundano con tintes literarios, clientela de prestigio. La libreta de direcciones de Claude era un yacimiento de donde brotaban las burbujas chispeantes de la noche, las conversaciones, el ingenio, la risa, el humor.

Claude, quien había pasado por los estudios de danza clásica, poseía una silueta y un porte derechos, casi aéreos. Sabía hacer sentir a cada cliente que era el único, que de su presencia dependía el lustre del lugar, que estaba en su casa con los derechos del propietario. Iba de una mesa a otra, a veces se sentaba a una de ellas, con un tacto y un olfato que le impedían equivocarse sobre el grado de intimidad que buscaban en él.

La Maison, nombre simple con el cual Claude bautizó su pequeño reino, se impuso en el llamado tout Paris, es decir, ese microcosmos de personalidades a la moda o, más bien, que viven de ella.

Claude, rey de la com, sabía muy bien que el esnobismo de su clientela sonreiría, cuando alguien preguntara dónde, podría responder à la maison, en casa, así de simple, familiar. En casa.

Durante las cortas noches del verano, podía verse a un ministro como Jean-Pierre Chevènement (capaz de renunciar a su puesto en protesta contra la política proestadunidense de Mitterrand en Irak) o a un Jack Lang, a célebres directores de teatro y cine, a bailarines del Bolshoi, a actrices de Hollywood, a un Mastroianni o un De Niro. Como se debe en París, entre gente tan bien educada como esnob, nadie parecía darse cuenta de esos vecinos de mesa, quienes podían gozar tranquilos de su cena, sin paparazzi ni latosos fans.

En ese ambiente aterciopelado, donde nadie es lo bastante excepcional para interrumpir una conversación, una mujer, una sola, lograba concentrar todas las miradas en ella, miradas de asombro ante su aparición: la de Lauren Bacall.

El estilista Tan Giudicelli se levantaba de nuestra mesa para saludarla. Otros personajes hacían lo mismo. Se trataba de una leyenda, así ella hubiese declarado que no lo era, para ella la leyenda sólo concernía las personas ya desaparecidas, no las vivas. Y ella, leyenda, invitación a la lectura de la añoranza, seguía viva. Y lo seguirá siendo.