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La Jornada en Brasil 2014

Ni modo, ganaron otra vez los germanos, se esperaba más de Argentina

Brasil tiene la difícil misión de recuperar pronto el futbol que encantó al mundo

El país se dividió, unos apoyaron al verdugo mayor y otros a nuestro feroz adversario

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Lionel Messi, quien casi no se dejó ver en la cancha, fue elegido el mejor jugador de la Copa. En la imagen aparece junto a Manuel Neuer, arquero alemán que recibió el Guante de OroFoto Ap
Especial para La Jornada
Periódico La Jornada
Lunes 14 de julio de 2014, p. 6

Río de Janeiro, 13 de julio.

Cosas raras: Messi, que casi no se dejó ver en la cancha, fue elegido el mejor jugador de la Copa. De los brasileños, el único candidato entre los diez al puesto de mejor de los mejores era Neymar. Pobre. Ni chance.

Y en un Mundial en que primaron los arqueros, el alemán Neuer fue consagrado el mejor. Quisiera saber si el jurado que acompañó el Mundial y decidió ese título vio jugar al arquero de Costa Rica, al de México, y por ahí vamos (no doy nombres para que no me crean parcial).

Este domingo tuvimos un partido con momentos brillantes en el primer tiempo, con un segundo tiempo que se alargó más allá de lo que podría suponer la paciencia bíblica de Job, y listo.

De repente Alemania mete un gol, y se liquida la factura. Así las cosas. Si hubiera ocurrido a la inversa, es decir, si Argentina hubiera metido un gol, sería igual de justo.

Al final, Dilma Rousseff no dio un discurso. Fueron en vano las horas de tensión de los asesores encargados de redactar las dos versiones del discurso de la presidenta brasileña. Pues ni uno, ni otro.

Bueno: luego de largos 24 años, Alemania logró, y en el mítico Maracaná, otra confrontación con Argentina, y de este partido, un Mundial. El cuarto.

Ahora es el país más cercano a Brasil, que tiene cinco campeonatos. Pero si uno ve y observa y estudia el futbol de uno y de otro, la verdad es que los alemanes están bastante mejores, aunque les falte un título para equipararnos.

Difícil, muy difícil misión, tenemos de ahora en adelante la selección brasileña y yo.

Ellos, la de rescatar algún vislumbre del juego que tuvimos, del futbol de maravilla que supo encantar al mundo. Yo, de terminar este texto.

Les confieso que hoy fui por Argentina. Sí, sí, nuestros rivales más tremendos, nuestros adversarios más odiados. Pero al fin y al cabo hermanos, vecinos.

Los alemanes cometieron la humillación máxima que hemos padecido en un Mundial. De los siete a uno, traigo al menos seis espinas clavadas en la garganta.

Bueno, ni modo. Otra vez ganaron los alemanes. Confieso que esperaba algo más de Argentina, pero no les cobraré a los muchachos adversarios lo que los muchachos nuestros no lograron dar.

De alguna manera, Brasil ha sido un país dividido. Una parte importante, y por cierto muy masoquista, estuvo con Alemania, nuestro verdugo mayor.

Otra parte, quizá mayor, quizá menor, ha estado con Argentina, nuestro adversario más feroz.

Alguna parte perdió. Alguna parte ganó.

Pero al fin y al cabo, nada de eso importa tanto. Lo que realmente importa es que el invierno en Río está suave. El domingo 13 de julio ha sido un día de sol esplendoroso.

Y al anochecer, mientras alemanes celebraban a su manera –los alemanes no son latinos, como sabemos todos y, como sabemos todos, sus celebraciones nos parecen un tanto raras–, nosotros, latinos, mirábamos el cielo donde había una inmensa luna llena.

De esas lunas que los enamorados encargan a sus amadas, diciendo, y es mentira pero no importa, que encargaron a un precio elevadísimo, tan caro que hubo que dividir en cuotas en la tarjeta de crédito. De esas lunas, como la que hoy brillaba sobre Río.

Bueno, bueno, con una luna de esas todo es válido. Ese ha sido, como diría mi maestro John dos Passos, el Mundial de nuestras desesperanzas.

Alemania sí tuvo el mejor futbol. Que les vaya bien. Unos campeones de muchos méritos, sin duda. Pero, confieso, mucho más emoción tengo yo cuando cruzo la plaza de Coyoacán para ir a cenar con la muchacha de mis desvelos.