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Sisi, Assad y la fachada de la legitimidad
¿P

or qué a los dictadores les encantan las elecciones? Es una vieja pregunta en Medio Oriente, pero necesita ser respondida nuevamente, ahora que Abdel Fatah Sisi ganará la elección de este mes en Egipto y cuando el presidente Bashar Assad sea relecto en Siria el mes próximo. ¿Obtendrán 90 por ciento del voto o se mantendrán dentro de un muy prudente 80 por ciento como el viejo y enfermo Abdelaziz Bouteflika, quien obtuvo un mísero 81.5 en Argelia?

Seguramente, Sisi ganará al menos 82 por ciento, sólo para demostrar que él no es ningún Bouteflika. En cuanto a Assad, podríamos predecir bastante más de 90 por ciento, de no ser porque 2 millones y medio de sirios están refugiados fuera del país y, por tanto, eso sería desafiar un poquito la credibilidad. Por otro lado, el mandatario sirio tiene a sólo dos competidores y ambos son ministros en el actual Parlamento. Además, ¿quién realmente cree que el mandato de la familia Assad vaya a terminar en junio próximo después de 44 años? No habrá finales de suspenso en El Cairo o Damasco.

La realidad, desde luego, es que Sisi y Assad no se someten a votación porque requieran apoyo electoral. El ex mariscal egipcio –quien dejó oficialmente el ejército para presentarse a las elecciones de este mes– debe defender el enorme imperio económico de las fuerzas armadas y las inversiones que los generales han hecho en energía, compañías de agua embotellada, centros comerciales y mueblerías. Por eso, Sisi cree que sería inapropiado que los civiles obtengan el control del presupuesto del ejército y por eso quiere agregar a la Constitución egipcia una cláusula con ese fin.

Assad, por otra parte, desea asegurar que las conversaciones de paz en Ginebra, supuestamente encaminadas hacia la creación de un gobierno de transición en Damasco, se mueran. Si resulta relecto el mes próximo, de eso no cabe la menor duda, ¿cómo podría crearse un gobierno de transición? Dado que las nuevas leyes electorales de Siria estipulan que los candidatos presidenciales deben haber vivido en Siria los 10 años anteriores a los comicios, ninguno de los críticos de Assad en el exilio puede postularse. Así que tampoco será sorpresa si ese día el presidente se alza con 90 por ciento de sufragios.

Después de todo, las fuerzas de Assad están ganando la guerra civil en Siria, donde unos 150 mil hombres, mujeres y niños han muerto al menos, porque esta cifra puede ser tan dudosa como los resultados electorales.

El cinismo normalmente acompaña las elecciones árabes; sin embargo, es fácil subestimar la popularidad de las figuras patriarcales en el poder. Millones de egipcios sí apoyan a Sisi, como respaldaron su golpe de Estado contra el primer presidente democráticamente electo del país, Mohamed Mursi, quien obtuvo la victoria con 51.7 por ciento de votos, índice bastante patético si lo comparamos con lo que es estándar para los dictadores.

Sisi también se aseguró de que la Hermandad Musulmana de Mursi esté ahora proscrita en Egipto como organización terrorista. De hecho, tanto Sisi como Assad afirman, al igual que Bush, Blair y otras invaluables figuras históricas de nuestro pasado reciente, que están librando la guerra contra el terror.

Así, nuestras propias fantasías occidentales sirven de apoyo a los regímenes de Medio Oriente. No es casualidad que el mismo Tony Blair –quien sigue parloteando sobre los peligros del fundamentalismo islámico– haya dado su apoyo de todo corazón al golpe de Sisi y a su futura presidencia. Incluso muestra moderado entusiasmo por Assad, a quien probablemente se le permitirá permanecer en el poder durante la pacífica transición hacia una nueva Constitución.

Tener a Blair como respaldo sería una grave desventaja para cualquiera, pero quizá no es así en partes del mundo árabe.

Tampoco debemos olvidar las pequeñas hipocresías. John Kerry, cuya condena a la anexión de Crimea a Rusia es sólo comparable con el silencio que privó cuando Israel se anexionó el Golán y se apropió tierras robadas, ha manifestado que es una farsa que Assad celebre elecciones en plena guerra, pero sostiene que es esencial que Ucrania tenga comicios cuando las ciudades del este se encuentran totalmente fuera del control del gobierno ucranio.

Asimismo, un mandatario estadunidense que pueda felicitar al presidente Hamid Karzai, de Afganistán, por su última y fraudulenta victoria electoral seguramente no negará sus buenos deseos a Sisi cuando éste gane en Egipto. Dicho mensaje, tengan por seguro, vendrá envuelto de mucho entusiasmo por el papel de Sisi en la transición de su país hacia la democracia.

Sisi, quizá incluso Assad, tienen garantizado nuestro apoyo si protegen, o al menos no desafían, el poderío israelí. Esta es la razón por la que nuestros diplomáticos están hablando de la posible necesidad de que haya continuidad en la presidencia de Assad.

El hecho de que Sisi haya convertido la Hermandad Musulmana en Al Qaeda y el terror, sin tener la menor evidencia en ese sentido, no ha sido cuestionado por Occidente.

Tampoco ha habido queja alguna por el hecho de que diplomáticos de Beirut visitan Damasco muy discretamente, desde luego, con la esperanza de renovar la vieja amistad con el gobierno de Assad.

Vale la pena recordar que no hace mucho dicho régimen recibía prisioneros o combatientes enemigos de los estadunidenses. Los mantenía cautivos en celdas, los sometía a interrogatorios algo rudos, en los se que les preguntaba sobre su terrorismo antiestadunidense.

Quizá también sean dignas de recordarse las felicitaciones que Sisi recibió del mismo Assad tras protagonizar el golpe contra Mursi el año pasado.

Ochenta y dos por ciento para Sisi, 90 por ciento para Assad. Esas son mis predicciones. Está por verse qué tanto se acercan a las cifras reales.

© The Independent

Traducción: Gabriela Fonseca