Opinión
Ver día anteriorDomingo 16 de marzo de 2014Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Lecturas de circunstancias
H

asta muy recientemente fui incapaz de seguir el principio que desde los setentas le oí sostener a Augusto Monterroso de que No hay libro malo, en el sentido de que, como lector escritor, lo menos que puedes aprender de un libro malo al leerlo con cuidado es lo que no hay que hacer. Y me fue imposible atender este consejo sabio porque, al no ser un lector de los que ostentosamente se aseguran capaces de leer con deleite y comprensión cientos de páginas al día sin contar periódicos, yo me vi obligada a atenerme a leer únicamente libros probadamente buenos, de los que ya pasaron la famosa prueba del tiempo, que los colocó, a unos más vistosamente que a otros, en la dimensión de la permanencia, a la que no habrá autor, aún el insospechado malo, que no aspire alcanzar. Así, llevo más de medio siglo de lectora de la mano de los clásicos de todos los tiempos, guiada por ellos mismos o por quienes ellos recomiendan leer, con mayor o con menor formalidad, incluso mediante listas críticas, ensayos, antologías, volúmenes que, por cierto, son de mis lecturas favoritas.

Sin embargo, poco a poco he ido perdiendo el miedo a arriesgarme a leer, si no libros necesariamente malos, sí libros de los que de antemano ignoro si son buenos o malos, lecturas de circunstancias que, como esas conversaciones en las que te ves enfrascado en un avión con un compañero de asiento tan angustiado como tú, o en una sala de espera de consultorios médicos con un paciente tan angustiado como tú, entretienes, o con las que haces más llevadero o menos molesto un momento determinado, mejor si angustioso; lecturas de circunstancias que admites quizá sin saber muy bien por qué, o sólo por cortesía o por algún tipo de necesidad tan profunda que se te oculta, pero que tampoco puedes evitar.

Así, en las últimas semanas he leído un par de libros que me han dejado suficiente material que considero meritorio de comentar. Tengo entendido que ambos causaron alboroto de éxito de crítica y parece que comercial en su país al ser publicados el año pasado o el antepasado, uno en Estados Unidos y el otro en Canadá, pero yo no me enteré, alejada como he estado de la actualidad por lo que hace a las lecturas, con el ojo puesto en mis propios programas personales, probados y aprobados por el Tiempo, tan a prueba de cantos de sirenas.

El de Thomas Lynch se titula The Undertaking: Life Studies from the Dismal Trade, que en español se podría traducir algo así como Enterrar: ver la vida desde el más infeliz de los oficios. No estoy segura de qué me indujo a leerlo, si el entusiasmo de quien me lo recomendó, una médica, hija de un reconocido gineco-obstreta, a la vez suficientemente sensible a la poesía y a la narrativa biográfica como para considerar este libro entre la media decena de los que relee y que permanece invariable en su mesa de noche; o si fue el atractivo de la sorprendente combinación de oficios del premiado autor, Thomas Lynch (1948, Detroit, Estados Unidos), poeta, ensayista y empresario sepulturero. Lo cierto fue que hice a un lado mi programa de lecturas y, sin pensarlo dos veces, me avoqué a leer el transcurso de la biografía cotidiana y/o dramática de los habitantes de una pequeña ciudad al noreste de Estados Unidos, tema para narración que me tienta, supongo que como a otros escritores, aunque no tengamos la rara herencia o misión de ser, además, empresarios sepultureros.

La segunda lectura de circunstancias que comentaré se trata del libro de Alison Wearing, Confessions of a Fairy’s Daughter: Growing up with a Gay Dad, título que en español podría traducirse como Las confesiones de la hija de un marica: crecer con un papá gay. Y aquí me veo obligada a revelar que no ha sido sino en este preciso momento, cuando debí traducir el título, que se me reveló la no sé qué tan consciente motivación de la amiga que me lo regaló para que yo lo leyera. Aunque leí las 300 páginas con interés, paralelamente no dejé de preguntarme por qué las leía y por qué, quien me recomendó leerlo, había insistido tanto en que lo leyera. Ella es poeta, ensayista y traductora, y es evidente el atractivo que a un autor de esta naturaleza, que es la mía, le despierta la historia de las palabras y los niveles de lengua, que es la de las épocas y los lugares, la de la moral y las costumbres, eje que en México en un extremo tiene marica y en el otro gay.