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Plaza con primores
E

n la calle Belisario Domínguez, a unos pasos de San Juan de Letrán, hoy llamada Eje Central, se encuentra la plaza de la Concepción Cuepopan. Tomó su nombre del antiguo barrio indígena de Santa María Cuepopan.

El lugar guarda dos construcciones primorosas y con historia. Una de ellas es el templo del primer convento de monjas que se estableció de la ciudad de México, en el siglo XVI. Fray Juan de Zumárraga, arzobispo de México, solicitó al rey de España que enviara una orden que fundara un convento de monjas. El propósito era evangelizar al sector femenino indígena y brindar lugares de refugio fuera del ámbito familiar, así como instrucción elemental a niñas, doncellas, mujeres adultas y ancianas de la sociedad novohispana.

Fueron elegidas las concepcionistas, quienes en 1540 llegaron a fundar el convento de la Concepción. Un cuarto de siglo más tarde alojaba a 64 profesas, que fueron el semillero del que salieron monjas, para establecer seis de los conventos más importantes de la ciudad de México.

Se construyó en un amplio terreno que semejaba en su interior a una pequeña ciudad fortificada, con callecitas, grandes salas comunes, calles y fuentes. Tenía áreas destinadas a la vivienda de las religiosas opulentas, construidas a manera de pequeñas casitas con sus patios, en donde vivían con las niñas que se encontraban a su cargo. Ahí mismo tenían habitaciones para sus esclavas y criadas. De aquella edificación no quedó nada, todo fue fraccionado y destruido alrededor de 1864, después de la exclaustración de las monjas, como resultado de las Leyes de Reforma.

Sobrevivió el templo que se redificó tras la inundación de 1629. El exterior es soberbio con sus dos portadas gemelas, características de los templos de monjas, exquisitamente labradas en fina chiluca plateada, y su elevada torre situada a los pies del edificio, en la esquina noroeste. Alojó en su interior los retablos barrocos de Nicolás de Vergara, de Juan de Rojas, y los notables de Jerónimo de Balbás. Estas bellezas fueron destruidas por la moda del neoclásico. Recientemente se le recubrió de aplanado como solía estar durante el virreinato. El arreglo no dejó de suscitar la inconformidad de personas que se habían acostumbrado a ver los muros de tezontle desnudos.

Enfrente del templo se yergue a media plaza la linda capilla conocida como de La Conchita, dedicada a Santa Lucía. Fue edificada por orden de las concepcionistas, quizás a petición de algún generoso benefactor. Esto era muy frecuente para limpiar culpas y permitió a las órdenes religiosas hacerse de grandes fortunas. Seguramente estuvo decorada lujosamente con altares tallados, recubiertos de hoja de oro, óleos de pintores de fama, estofados y piezas de plata, al igual que lo estuvo el templo de la Concepción.

Es de planta hexagonal con su pequeña cúpula y la portada orientada hacia el sur. Un arco de medio punto sobre pilastras muestra en la piedra clave un relieve que representa a San Francisco. En el centro sobresale un mascarón y en los extremos dos símbolos marianos; un nicho aloja la escultura del Nazareno.

Tras ser cerrada al culto por las leyes de exclaustración a mediados del siglo XIX, se utilizó como depósito de cadáveres de indigentes, por lo que se le conoció como Capilla de los Muertos, uso que tuvo hasta 1893, en que fue clausurada. En dos ocasiones estuvo a punto de ser demolida; en 1897 la preservó el dictamen del ingeniero Mateos Plowes y en 1908 su salvador fue el maestro Justo Sierra.

En 1927 la Dirección de Obras Públicas le hizo reparaciones y un año más tarde la Secretaría de Educación Pública instaló ahí una pequeña biblioteca. Aunque hace unos años se restauró, ahora está abandonada, en espera que se le dé algún uso adecuado.

Y ya hace hambre, así es que caminemos a 5 de Mayo 57, al restaurante Los Mercaderes. Traigo antojo de su sopa de lentejas y del chile en hojaldre relleno de queso de cabra y nuez... sabrosísimo.