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¿La Fiesta en Paz?

68 aniversario de la Plaza México o la anticelebración

¿Revocar la licencia?

Primer aviso a Casa Toreros

A

veces los héroes patrios se ponen taurófilos –partidarios de la dignidad del toro, no de quienes viven de él– y cuando la ciudadanía, con una amnesia histórica que siempre acaba lamentando, pretende celebrar el aniversario de su Constitución y de un coso monumental convertido las últimas décadas en plaza de trancas por la inagotable frivolidad de sus autorregulados concesionarios-promotores, los esclarecidos mexicanos que concibieron una constitución política tan manoseada como la fiesta de los toros suman entonces energías e impiden cualquier intento de celebración. Para celebrar se trajo la bochornosa mansedumbre de otro prestigiado hierro y unos berrenditos, sin divisa todos, de Fernando De la Mofa que, como el grueso de las ganaderías preferidas de los diestros que figuran, ni recargaron en el caballo ni embistieron a la muleta.

Caballito mata tauromaquia, así que este 5 de febrero la Plaza México –sede vitalicia, no olvidarlo, del Cecetla o Centro de Capacitación para Empresarios Taurinos de Lento Aprendizaje y jilgueritos de acción retardada que los alcahuetean, incapaces de cebarse con esta caricatura de fiesta–, registró la mejor entrada, compuesta mayoritariamente por villamelones y aplaudidora gente bonitonta de barreras, así como un público ocasional que en su mitotero afán por ser parte de esta minihistorieta anual, acude ingenua y esperanzada a emocionarse, si no con el instinto de pelea y el trapío de las reses, cuando menos al ver que tras el brindis la montera cae con los machos boca abajo.

Porque de bravura, lo que se dice bravura, los del Cecetla hace años acusan una penosa confusión al respecto, y si en ese lapso anuncian y cobran al público por un espectáculo que prometen pero que no son capaces de dar, en cualquier país que observe su Constitución ello sería causal de revocación de la licencia de funcionamiento a los antojadizos promotores de una fiesta brava sin bravura. En cambio en México, donde también hace años funcionarios y empresarios se aliaron para su propio beneficio, la ciudadanía y la afición bajaron la guardia, sabedores de que nunca lograrán unirse para acabar con tanto farsante, en los toros y en lo demás.

Fue otra vergüenza comprobatoria, desde luego del menguado concepto de toro de lidia que imponen promotores, criadores, autoridades y actores; de la fe de carbonero de un público carente de un espectáculo taurino intenso pero urgido de gritar ole, incluso a los ventajistas malabares ecuestres de Hermoso y su cuadra, no por vistos menos atractivos para ese público ocasional, que pudiendo haberse vuelto asiduo y consagrar definitivamente a media docena de nuevas figuras mexicanas debió conformarse, una vez más, con faenas esporádicas, gracias a la falta de combinaciones de toros bravos y toreros competitivos.

No se merecían Adame y El Payo este festejo de pueblo ni el concepto tonto que pretende anular el azar, en esa tauromaquia sin misterio sustentada en la falsa bravura, pero como se les daba la oportunidad de actuar al lado del famoso Hermoso, instalado hace años en cómoda opción emergente de un espectáculo al que le robaron, entre otras cosas, la pasión, tuvieron que batallar no con la codicia de sus lotes sino con las pobres embestidas, volviendo infructuosos todos sus esfuerzos. Estos y otros jóvenes pueden ser figuras internacionales si enfrentan al toro con edad y trapío, no bureles anovillados y mansos, pero si sus manejadores apuestan aquí por la extendida comodidad, los van a malograr.

Casa Toreros parece haber perdido la brújula, por lo pronto en lo que se refiere a sus poderdantes Joselito Adame y Octavio García El Payo, por no hablar de sus temerarias sociedades con el Cecetla y otras empresas de provincia igualmente imaginativas. Encandilada por comparecer en la plazota con el rejoneador estrella y sus piruetas en la corrida de aniversario, esta casa cayó en el error más perjudicial para toda figura, consagrada o en ciernes: el ventajismo, esta vez con los berrenditos de De la Mofa, al entero gusto del consentido caballista navarro, chicos, fuera de tipo, con un pelaje claro que mal disimulaba la falta de trapío, pobres de cabeza y una mansedumbre que sólo la pasividad de ese público ocasional no convirtió en una bronca de pronóstico.

Todo parece indicar que el sistema taurino mexicano, sin empresas social y culturalmente responsables y en connivencia con las autoridades, seguirá empeñado en lidiar novillos por toros y sin intención de favorecer la competitividad entre criadores y toreros, por lo que continuará la importación de figurines –y de pintores baratos– en lugar de la producción de toreros nacionales con imán de taquilla. Ahora, si quiere ver emoción, competitividad, prácticas de alto riesgo y excelencia profesional, no se pierda los Juegos Olímpicos de Invierno por el Canal 22.