Opinión
Ver día anteriorLunes 3 de febrero de 2014Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Aprender a morir olumna

¿No perder el tiempo?

C

onocí y traté a José Emilio Pacheco a principios de 1980, cuando con el desparpajo que permiten la edad y el entusiasmo en mi calidad de improvisado editor le propuse colaborar en la publicación mensual Voge México. Empleando una estrategia tan arriesgada como eficaz, empecé a decir a escritores famosos y a plumas prestigiadas que su colega fulano ya había aceptado, aunque aún no lo hiciera, para que sus ideas lleguen a las señoras de Las Lomas, con lo que pude reunir, entre otros, a colaboradores de la calidad de Alaide Foppa, Beatriz Espejo, Yolanda Moreno Rivas, Margo Glantz, Héctor Azar, Huberto Bátis, Sergio Fernández, Tomás Pérez Turrent, Carlos Monsiváis y, tras la aceptación de éste, a José Emilio, quien tituló su columna simplemente Libros y firmó como JEP, aunque meses más tarde dejaría la revista, indignado por una impertinente expresión de otro columnista.

Transcurridos 33 años de aquel encuentro, me entero en La Jornada del fallecimiento de JEP, quien entre tantas otras cosas dejó dicho: Me voy como llegué; no perdí el tiempo, como si su ánimo incansable, sensible y aprehensivo no hubiese dejado en el tiempo sobrado testimonio de su vocación literaria. Y como suele ocurrir con los espíritus verdaderamente intemporales, aquellos que trascienden su vida y su muerte, la frase de José Emilio me hizo retomar un diálogo que eventualmente prosiguió en Zacatecas, Guadalajara o la Condesa.

El tiempo no se pierde –me hizo pensar–, habida cuenta de que perdido está por naturaleza, pues se trata de una convención no opcional, sino forzosa, que se disuelve irremediablemente conforme se deterioran los organismos. A diferencia de los animales, lo que los seres humanos hacemos entre la muerte y su opuesto, el nacimiento, es aprovechar o no aprovechar el tiempo, y si lo aprovechamos ello puede ser en los propios términos o en los de otros. En este sentido, José Emilio aprovechó cabal y creativamente, en sus propios términos, su tiempo para ejercerse como escritor, poeta, investigador, traductor y conciencia generosa.

Como generoso y pensante fue el postrer regalo de su mujer y sus hijas al negarse a que José Emilio fuera sometido a una operación de muy dudoso beneficio, sabedoras de que vivir no es durar, y mucho menos prolongar una dolorosa, absurda e innecesaria agonía sin unos mínimos de calidad de vida, así se pueda recurrir a los tranquilizadores cuidados paliativos.