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Historias de autodefensas, mientras Los templarios lanzan amenazas desde sus escondites

Al dividirse La Familia la Tierra Caliente pasó a una vida de terror

El aviso de un comunitario detenido por la Policía Federal moviliza a los guardias civiles

Poco después se les informa que fue liberado y vuelven a seguir disfrutando el domingo

Enviado
Periódico La Jornada
Lunes 20 de enero de 2014, p. 5

Apatzingán, Mich., 19 de enero.

La voz que sale de las viejas bocinas pide ‘‘el apoyo de todos porque el gobierno (la Policía Federal) trae desarmado a un compañero comunitario’’. El aviso procede de Tepalcatepec y a muchos kilómetros de distancia, en un tris, las autodefensas cruzan dos enormes camiones en la carretera. Luego, truenan los cohetones. En diez minutos, decenas de personas llegan al crucero y reciben el informe de que la PF detuvo a un integrante de esa organización civil porque transportaba en su vehículo un tambo de gasolina.

Poco después se informa que el detenido ha sido liberado y la gente se va como vino, a seguir disfrutando del domingo.

‘‘¿Cómo vieron? ¿Es el pueblo o no?’’, pregunta el hombre.

Un par de horas antes, él y su compadre, ambos agricultores, aceptan hablar con la condición del anonimato, a la sombra de un árbol y frente a unos tamales nejos. Saben todo, y lo han padecido, sobre cómo llegó la guerra a la Tierra Caliente michoacana.

‘‘Apenas hace unos cinco años comenzaron a llegar algunos recursos federales al valle de Apatzingán. Antes sólo el dinero ilícito movía a la región. Todos lo aceptábamos. Los narcotraficantes no sólo invertían, sino que evitaban los secuestros, los robos, las extorsiones. Eran un gobierno sobre un gobierno, y nos beneficiaba a todos.’’

El desastre comenzó y La Familia Michoacana se dividió. Nazario El Chayo Moreno y Servando La Tuta Gómez, entre otros jefes, se enfrentaron al hombre que, a decir de los informantes, era el ‘‘impartidor de justicia’’ de La Familia: José de Jesús El Chango Méndez, a quien en esta región recuerdan aún como ‘‘el jefe, el patriarca’’.

Las fuerzas de El Chayo y La Tuta atacaron el 27 de mayo de 2010 y, gracias a sus sicarios de Guatemala y otros lugares del país, ‘‘en dos días hicieron pedazos a los del señor Méndez. Aquí –se refieren a la zona que va de Apatzingán a Aguililla– fue el pleito’’.

Méndez fue el detenido en junio de 2011, en Aguascalientes. El gobierno de Felipe Calderón presumió la caída del número 21 en su lista de 37 ‘‘grandes capos’’. Aunque para entonces, dicen los agricultores, ya era un hombre ‘‘derrotado y perseguido’’.

En diciembre del año anterior, Calderón presumió haber abatido en combate a Nazario Moreno, aunque los grupos de autodefensa y la voz popular aseguran que está ‘‘vivito y coleando’’.

Al salir Méndez del escenario surgen Los caballeros templarios y el renovado cártel ‘‘comienza a meterse con los ciudadanos’’: secuestros, extorsiones, violaciones y todo tipo de abusos se suman a la generalización de las cuotas, siempre al alza.

De la fidelidad a La Familia, la gente de la Tierra Caliente pasó a una vida de terror, mientras los nuevos sicarios elevaban a los altares de la santidad a El Chayo.

‘‘Vean todas sus capillas, sus figuras de santo; en lo alto del monumento a Lázaro Cárdenas pusieron una corona en su honor, como para decir que está más arriba que el general’’.

En noviembre de 2012, siempre según los informantes, un hijo de Nazario Moreno muere en un accidente automovilístico en Morelia. ‘‘Los templarios decretaron ley seca y tres días de duelo. Las fiestas de varios pueblos tuvieron que suspenderse’’.

Mientras los agricultores conversan al pie del árbol, pasa un convoy de la Policía Federal. Los hombres ríen. ‘‘Nunca los verán bajarse (de sus vehículos)’’. Unos minutos después los de uniforme azul pasan de vuelta. Carcajadas. ‘‘Ya hicieron su día’’.

Con todo, los dos hombres y otros habitantes de la zona que hablan con La Jornada este día conceden el beneficio de la duda ‘‘a los azules’’. No sucede lo mismo con los verdes. ‘‘El Ejército está comprado por ellos (los templarios). Cada vez que iba a haber un evento acuartelaban a los soldados o incluso encerraban a los jefes’’.

El mayor reproche al Ejército es, sin embargo, que ‘‘apoya a Los caballeros templarios desarmando a la población’’.

Al gobierno federal no le va mejor. ‘‘Todos los recursos que la Federación manda para obras en esta región terminan en manos de los templarios. El municipio de Apatzingán, por ejemplo, tiene descompuesta su maquinaria de construcción y les renta a ellos pura maquinaria robada. Todas las obras son de ellos’’.

Con el gobierno estatal no hay piedad. ‘‘¿Qué ha hecho el gobernador Fausto Vallejo Figueroa? El lunes 13, cuando las autodefensas iban a tomar Apatzingán, vino a proteger a los templarios’’.

Ese cuadro lo completan las versiones de los lazos de parentesco entre el secretario de Gobierno estatal, Jesús Reyna, y un jefe de los caballeros.

De Apatzingán a la costa hay barricadas de costales de arena en cada pueblo que atraviesa la estrecha carretera. En Pinzándaro llegan las charolas de comida y enseguida caen sobre ellas los comunitarios. Parecen un grupo de menesterosos. Pero de cuando en cuando se acercan por ahí otros hombres y mujeres con grandes camionetas y bien armados.

‘‘De día están ahí con palos y unos rifles matahuilotas, pero de noche se cuelgan los cuernos de chivo’’, dice uno de los agricultores. A la gente de aquí le gusta decir que ‘‘este pueblo se levantó en armas’’ el 19 de agosto y que sólo hubo tres enfrentamientos ‘‘sin bajas de las autodefensas’’. Los templarios se fueron ‘‘y andan merodeando allá por los cerros’’.

¿Reservan sus fuerzas para la guerra de guerrillas?

Sigue uno de los agricultores: ‘‘A los templarios les está desertando la gente. Por eso empiezan a reclutar puros chamaquitos. Muchos se les voltearon. Últimamente ni permiso les querían dar de salir un día a la semana, porque ya no regresaban’’.

Cuando las autodefensas se acercaron a Apatzingán, vecinos de diversas poblaciones salieron a protestar y prendieron fuego a vehículos, acción que lleva la marca de agua de los caballeros. Los líderes de las autodefensas dicen que mucha de la gente que participó en esas acciones lo hizo obligada. Lo confirma un agricultor de Antúnez, quien, como muchos, acepta hablar a condición de no dar su nombre: ‘‘A mí me fueron a exigir que fuera y que si no podía mandara a alguien. Y ni modo, mandé a dos peones míos’’.

Un productor de limón del rumbo de Aguililla confirma: ‘‘Yo mismo fui con unos de mis peones a plantarme en la carretera con unas camisetas que decían ‘policía anticomunitaria’, pero todos fuimos obligados’’.

Todos y cada uno de los integrantes de las autodefensas tienen un agravio personal. Unos peores que otros.

Al pie de la carretera habla un robusto muchacho que fue puntero y a quien sumarse a las autodefensas le salió caro. Lo vieron en Buenavista y en represalia mataron a su hermano, de 16 años. Unos días más tarde, levantaron a su padre en Apatzingán. El joven es encargado de una barricada y en ese papel llama ‘‘a los patrones’’ para que den el permiso de tomar fotografías.

Son las historias que se cuentan mientras los templarios lanzan amenazas desde sus escondites. A varias comunidades de la ruta Apatzingán-Aguililla les han hecho saber que cuando vuelvan ‘‘no dejarán vivos ni a los perros’’.

En Apatzingán corrió el rumor de que iban a envenenar el agua potable. Cierra uno de los agricultores: ‘‘No la envenenaron, pero sí cortaron el servicio para castigar a la gente y demostrar su poder sobre todas las autoridades municipales. Ja. Si les creyéramos ya estaríamos muertos”.