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El Cid en Michoacán
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sí como el Cid Campeador, de quien se decía que ganaba batallas después de muerto, Absalón Felipe Santiago también obtuvo una victoria ya fallecido. El pasado 30 de diciembre un grupo de habitantes de Comachuén, municipio de Nahuatzen, Michoacán, quiso impedir que Absalón fuera sepultado en el cementerio del poblado, argumentando que ni su familia ni él habían cooperado para las fiestas religiosas del lugar.

Tras haber vivido muchos años en Estados Unidos, Absalón Felipe regresó hace un año a Comachuén. El padecimiento renal que lo aquejaba tuvo consecuencias fatales la noche del 29 de diciembre, cuando murió. Al día siguiente sus familiares se dieron a la tarea de difundir la noticia entre allegados y correligionarios evangélicos de Comachuén y poblaciones aledañas. El misionero Natanael García Rincón ha hecho circular lo que atestiguó cuando llegó al domicilio del fallecido. Comenta que en dicha casa encontró a pocas personas, una de ellas le hizo saber que más familiares y otros integrantes de la comunidad protestante se encontraban en la plaza del pueblo en una asamblea.

Dos grupos sostenían posiciones divergentes. Uno, conformado por los integrantes del Consejo de la Iglesia católica y sus seguidores, sostenía su oposición a que los restos de Absalón Felipe pudieran ser enterrados en el cementerio de Comachuén. Otro, integrado por familiares del fallecido, evangélicos y pobladores católicos, se definió por defender el derecho del muerto a ser inhumado en el panteón.

Quienes negaban la sepultura argumentaron que los evangélicos no podían sepultar a Absalón en el cementerio porque no cooperaban para las fiestas del pueblo. Además, uno de los partidarios de la prohibición afirmó que contaban con el apoyo del cura, quien habría dicho que los protestantes sepultaran el cuerpo en el lugar donde se congregaban. Un asistente a la asamblea pidió que para corroborar el dicho del cura, éste fuese a la reunión a ratificarlo, lo que no sucedió.

Los evangélicos arguyeron que ellos no daban cooperaciones para fiestas religiosas vinculadas con el santoral y tradiciones católicas, pero que estaba documentada su solidaridad y disposición a dar aportes económicos cuando se trataba de realizar obras benéficas para toda la comunidad de Comachuén. La posición de quienes prohibían la sepultura de Absalón se debilitó cuando un poblador católico afirmó que había como 80 católicos e incluso integrantes del consejo de esa confesión, que tenían adeudos en sus cooperaciones, y que eso no había sido obstáculo para que los suyos tuvieran el derecho que se negaba a los familiares de Absalón.

Fue necesaria una reunión mediada por las autoridades municipales, en la que participaron las partes en desacuerdo. Al final acordaron que cada una de las familias evangélicas aportará dos veces al año entre mil y mil quinientos pesos para obras comunitarias. Sus aportaciones no podrán ser usadas para festividades católicas romanas. Los católicos, mediante sus instancias, deberán cooperar para las fiestas patronales. Nadie que sea católico podrá quedar exento de tal obligación. ¿Qué va a pasar si alguno(a) se niega? ¿En el futuro cercano habrá católicos que se resistan a esa especie de impuesto?

El 30 de diciembre el cuerpo de Absalón fue sepultado en el cementerio de Comachuén, de donde sin éxito algunos pretendieron excluirlo. Dos décadas antes, junto con otros tres evangélicos, fue llevado a la cárcel por negarse a dar aportaciones económicas para las festividades religiosas católicas del poblado. Esta vez Absalón, con el apoyo de familiares y correligionarios, y la solidaridad de quienes sin ser evangélicos ya no quisieron seguir apoyando la cerrazón, obtuvo una clara victoria.

El caso es un ejemplo de cómo todavía hay espacios en los que se resisten a dar plena vigencia a disposiciones legales que, en su momento, fueron resultado de la lid por deshacer el dominio religioso sobre la sociedad mexicana. El 31 de julio de 1859 el presidente Benito Juárez expidió la Ley de Secularización de los Cementerios. En ella instruyó al ministro de Gobernación, Melchor Ocampo, para que comenzara a dar los pasos necesarios con el fin de que las autoridades civiles tomaran el control de los panteones que antes habían estado bajo la hegemonía de la Iglesia católica.

Después de la consumación de la Independencia, en el ámbito de la búsqueda por el reconocimiento internacional como nueva nación, surge el tema de la imposibilidad de practicar un culto distinto al católico romano. Sobre todo en los primeros años posteriores al fin del dominio español los representantes diplomáticos que más subrayan el tópico son los ingleses. Como para 1824 ya existe un número importante de súbditos de la corona británica en México, surgen asuntos de índole muy práctica como en qué lugar podrían ser sepultados los extranjeros no católicos. El tema es planteado por los representantes británicos al gobierno mexicano el 13 de julio del año antes citado. El primero de marzo de 1825 el ministro de Relaciones Interiores y Exteriores, Lucas Alamán, informa al negociador mexicano en Inglaterra, Mariano Michelena, que el ayuntamiento de la capital mexicana había asignado un terreno para fungir de cementerio de quienes murieran fuera del seno de la Iglesia católica.

En Comachuén la distancia entre las disposiciones legales juaristas y la realidad social y cultural que algunos pretendían mantener congelada y unida al predominio de una confesión religiosa, ha disminuido por la conjunción de voluntades cuyo horizonte es la diversificación de la comunidad y la convivencia pacífica.