Opinión
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La Muestra

Las horas muertas

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Fotograma de la cinta de Aarón Fernández
M

elancolía de los años verdes. Las horas muertas, segundo largometraje del mexicano Aarón Fernández (Partes usadas, 2007), es una meritoria apuesta por proponer en el cine mexicano algo que de entrada aborrecen los clonadores de fórmulas del entretenimiento hollywoodense: la exploración minuciosa de las sensaciones y vivencias de un personaje, en este caso Sebastián (Krystian Ferrer), un adolescente que asiste, entre perplejo y divertido, al despertar de su sexualidad y, de manera para él más confusa aún, a lo que fugazmente vive como una primera experiencia amorosa. Esa exploración está hecha de diversos elementos y detalles que el realizador organiza con cuidado: una atmósfera sugerente en las desoladas playas de la costa Esmeralda del estado de Veracruz, un motel de paso que Sebastián debe atender por encargo de un tío enfermo, o la aparición de Miranda (Adriana Paz), una corredora inmobiliaria que parece ser el único ser con vida y apetencias propias en ese continuo tránsito de furtivos amantes fantasmas.

Sebastián y Miranda comparten una suerte parecida: ambos viven el compás de espera de experiencias más satisfactorias lejos del lugar donde se sienten atrapados. Una relación significativa para la mujer de 35 años, y no las tristes gratificaciones que le viene espaciando cada vez más un hombre casado. Sebastián, 18 años menor que ella, se siente tan acorralado en esa tropical tierra de nadie, como el escarabajo que penosamente se desplaza bajo una corcholata para ociosa distracción del joven. Miranda intenta preparar al adolescente para las experiencias futuras que azarosamente serán satisfactorias o ingratas, sin que en ningún momento recurra el realizador a las tortuosidades sicológicas ni al tipo de melodrama con escenarios pintorescos que el cine mexicano solía presentar en cintas como Las figuras de arena (Gavaldón, 1969) o Playa azul (Joskowicz, 1991). En Las horas muertas lo que prevalece es la sobriedad narrativa y una fina sensibilidad en la exploración de la conducta adolescente, que es ya sello distintivo de algunos de nuestros mejores cineastas jóvenes.

Cineteca Nacional, sala 1: 12, 16:30 y 21 horas.