Sociedad y Justicia
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Mar de Historias

Celebración

N

i lo menciones. Esta vez no tienes que traer nada. Na-da, ¿me entiendes? Pero eso sí, reinita, no me vayas a fallar.

Olga no era la única que le había recalcado a Julia que su presencia era indispensable en la comida próxima. De todas sus amigas, Rebeca llegó más lejos: le recomendó que apuntara la fecha de la reunión en un papelito y lo pusiera en la puerta del refrigerador, así no habría posibilidad de olvidos. Herminia la llamó esta mañana en dos ocasiones para ofrecerse a llevarla a la casa de Olga. Julia declinó el favor. Minutos después volvió a sonar el teléfono. Era Sonia para aconsejarle que se pusiera el vestido palo-de- rosa que tanto la favorece.

La sugerencia hizo temer a Julia lo que más abominaba: que sus amigas intentaran otra vez acercarla a un hombre. Por lo general eran familiares o ex compañeros de trabajo: algunos tímidos, otros expertos en contar chistes y todos con sacos lustrosos. El último candidato había sido Bruno, un primo de Herminia. No era mal tipo pero salpicaba chispitas de saliva al hablar y repetía las mismas aventuras estudiantiles. Julia lo eliminó en calidad de posible pretendiente con sólo imaginarse cómo sería un Viernes Santo a su lado.

Luego desechó la posibilidad de que la comida fuera parte de la operación Cupido al recordar que después del capítulo Bruno había neutralizado la obsesión de sus amigas prohibiéndoles que le buscaran pareja. ¿Qué tiene de malo? Ante la pregunta de Olga, sólo se le ocurrió decir: “Nada. Lo que pasa es que desde hace tiempo estoy saliendo con alguien.”

Olga se alegró como si hubiera brotado un yacimiento de petróleo en su patio; y luego, con voz chillona, aturdió a Julia con un cuestionario inmenso (¿Cómo se llama? ¿En qué trabaja? ¿Es soltero? ¿Qué edad tiene? ¿Seguro que no es gay?) que terminó en un reproche cariñoso: ¿Y por qué no me lo habías dicho?

¿Por qué, por qué? –se preguntaba Julia dándose golpecitos en la sien hasta que se le ocurrió la respuesta: Porque él es mucho más joven que yo y no quería que ustedes... Olga la interrumpió: La edad ya no significa tanto para las mujeres y mucho menos para los hombres. Piensa en Robert Redford: está viejísimo, tiene arrugas en las arrugas pero a todas nos vuelve locas.

II

Julia reconoce que aquel novio imaginario fue su primer personaje inventado. Lo bautizó con el nombre de Arcadio Cifuentes, le puso anteojos, le dio una profesión que justificara su permanente ausencia (fumigador aéreo), le adjudicó la temprana muerte de su madre (lo que explicaba su predilección por las maduritas) y las segundas nupcias de un padre pelirrojo, aficionado a las carreras de caballos y eterno perdedor.

Cuando se le agotaron las excusas para no presentar a Arcadio con sus amigas, decidió eliminarlo: Su avioneta se accidentó y él... Julia nunca se imaginó lo complicado que sería llorar sobre un cadáver inexistente pero lo hizo, y muy bien. Por último juró consternada que nunca –“y digo nunca en serio”– volvería a enamorarse y mucho menos a estar con otro hombre. Santo remedio. Al menos por un tiempo, sus amigas olvidaron su afán de buscarle pareja.

Descartada la operación Cupido, ¿a qué venía tanta insistencia para que asistiera a la comida? Su hermana Flora se lo aclaró: “Prometí no decírtelo, pero como te oigo tan preocupada... La comida de hoy es en tu honor. Las muchachas, como les dices, quieren celebrar que hayas ganado el concurso de cuentos que organizó la delegación.” Si yo me enteré apenas el día 20, ¿cómo lo supieron? Porque la cuñada de Olga trabaja en la Secretaría de Cultura y ella se lo dijo.

Julia se sintió más desconcertada. Ni siquiera el desayuno de su primera comunión había sido sólo para ella. Su abuela decidió que sus dos nietos varones, Rogelio y Armando, también tomaran la santa eucaristía aquel lejano domingo de abril.

Flora: dime ¿qué hago? Poner cara de que no sabes nada. Si se enteran de que les deshice su numerito, ¡me matan! ¿No vas a acompañarme? No puedo, lo siento. Este mes le toca a mi suegra vivir con nosotros. Llega hoy y si no me encuentra ¡olvídate! Oye, ¿y de qué se trata tu cuento? De muchas cosas. Flora se rió: Debí imaginarme que me ibas a decir eso. Esperaré a que te lo publiquen para leerlo. Júrame que vas a decirme qué te parece. “Lo haré, no te preocupes. Y en la comida, por favor, no empieces con que: Ay, qué pena. No se hubieran molestado por mí. Yo no merezco esto.”

III

En su coche, rumbo a casa de Olga, Julia sigue pensando cómo hará para que sus amigas no se den cuenta de que lo sabe todo. La conmueve imaginarlas haciendo planes para sorprenderla y halagarla. Son muy buenas personas, no merecen que les haya mentido tanto, primero acerca de su noviazgo con Cifuentes y luego respecto de viajes que nunca ha hecho y familiares que no existen.

Se ha visto obligada a inventar eso y más para impedir que sus amigas quieran rescatarla de un estilo de vida inconcebible para ellas. Cuando les asegura que es feliz no se lo creen. ¿Cómo?, si no se ha casado, no tiene hijos y no hace planes para ocasiones importantes como la Navidad. Para esa fecha en particular Julia inventa viajes y elige destinos turísticos acerca de los cuales se informa en Internet con minuciosidad científica, al punto de que muchas veces termina por creer que de verdad pasó la última semana de diciembre en San Miguel de Allende, Xilitla, Catemaco, Oaxaca, la Barranca del Cobre.

Durante un tiempo también creyó en la existencia de Arcadio Cifuentes. Lamentó su infancia solitaria y el desapego de su padre. Sintió que había sido injusta con él inventándole una trágica muerte. La única manera de remediarlo consistirá en escribir una historia en la que Arcadio reaparezca después de una larga hospitalización pero ansioso por volver a su trabajo que lo apasiona.

Hacia el padre pelirrojo de Arcadio aún experimenta simpatía pero sobre todo curiosidad. Julia se promete hacerlo reaparecer en algún relato como triunfador en las apuestas del hipódromo y padre de un hijo –pelirrojo también– nacido de su segundo matrimonio. ¿Y la madrastra de Arcadio? Apenas la había mencionado ante sus amigas, y ni siquiera por su nombre. La concibió extranjera, torpe al hablar, algo perezosa, adoradora de los perros callejeros y muy buena amante.

Pero ¿cómo se llama?, se pregunta Julia atrapada en el tráfico sabatino y en su personaje. ¡Janice! Duda que sus amigas vuelvan a preguntarle por su trágico amor y más aún que se interesen por Janice. De todas formas decide que al volver a su casa apuntará ese nombre junto al de otros personajes que, en su imaginación, esperan el momento de revelarse en la pantalla de la computadora.

Sin darse cuenta ya está frente a la casa de Olga. Al bajarse del coche ve un perro caminando en tres patas. De seguro lo habían atropellado. Sintió lástima y pensó que ese animal podía ser la mascota de Janice. La ocurrencia la puso de buen humor.

IV

Tocó el timbre. Por el interfono escuchó la voz de Olga: ¿Julia? Sí. Adelante. La casa estaba en silencio. Julia tuvo la sensación de haber sido la primera en llegar y eso la cohibió. No sabía si quedarse en el pasillo o seguir. Antes de que pudiera decidirse, las luces del candil en el comedor se encendieron. Escuchó aplausos y enseguida se vio rodeada por sus amigas que la llamaban nuestra escritora.

La comida se prolongó. Al final de la tarde, en el último brindis, Rebeca se acercó para decirle a Julia: Si Arcadio Cifuentes viviera también se sentiría muy orgulloso de ti.