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Allende y el golpe de las mujeres burguesas
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i no fuera por la mujer, el marido tal vez se hubiera ahogado en un mar de vacilaciones. Cuentan que mientras el general Augusto Pinochet titubeaba hasta el último momento si unirse al golpe o no (del cual no fue ningún artífice: finalmente encabezó la junta sólo por su función de jefe de las fuerzas armadas), fue su esposa, Lucía Hiriart, quien lo instó a tomar una decisión. El general temía el fracaso (¡sic!); la generala sabía que ese era el momento.

Una vez consumado el golpe, esta mujer de gustos finos y caros, que jamás había trabajado en su vida, puso manos a la obra realizando una importante labor política disfrazada de caridad. Su plan: convertir a las mujeres en uno de los soportes del régimen.

Como gobernanta de CEMA-Chile, una red de centros de enseñanza para las mujeres de bajos ingresos, edificó una impresionante plataforma social para la dictadura; por su disposición, las cursantes, aparte de las clases de macramé o bordado, atendían también las pláticas como Las estrategias de la penetración comunista en la sociedad chilena.

A su servicio puso a esposas, hijas, madres y abuelas de militares y de operadores civiles del régimen, quienes recorrían el país regalando por ejemplo los ajuares para los bebés y pregonando las bondades del nuevo régimen. Así CEMA-Chile se transformó en un poder paralelo al ejército de su marido: Somos mujeres que usamos el uniforme del amor, decía (Marcela Ramos, “El poder de la generala”, en: The Clinic, 11/9/13).

Igual que las mujeres burguesas que se oponían al gabinete de Allende (véase la entrega anterior), las buenas mujeres del gobierno militar también rechazaban una postura feminista, defendiendo los valores tradicionales, como nación, familia, maternidad, etcétera, una prolongación de la extraordinaria operación de diseminación de falsa conciencia que realizó la derecha chilena, logrando, al explotar el tema de género, no sólo crear una especie de “proto Tea Party femenino”, sino también canalizar el activismo de las mujeres para reforzar su propia agenda patriarcal y ultraconservadora.

Pero mientras la señora Lucía tejía sus redes de poder y las súbditas de ella hacían bordados patrióticos, sus esposos perseguían a otras mujeres que no encajaban en el perfil de la casada con la patria.

Ya en las primeras horas del golpe los milicos, todos buenos católicos y tradicionalistas, detenían por las calles a las mujeres en pantalones por izquierdistas, las humillaban públicamente, cortaban las mangas con bayonetas o de una vez se las llevaban a los centros de detención.

La violencia y el terror desatados tras el 11/9 convirtieron el cuerpo de la mujer en un objeto favorito de los carniceros represores. A la muerte y al inimaginable sufrimiento por violaciones, golpes o torturas con descargas eléctricas hay que sumar el sufrimiento de esposas, hijas, madres, abuelas o nietas de otros detenidos, muertos o desaparecidos.

La apropiación del tema del género tenía también sus dimensiones simbólicas. Cuando Pinochet retomó el peso como moneda oficial de Chile (sustituido brevemente por el escudo 1958-1975), desde 1981 se acuñaron monedas de 5 y de 10 pesos que rendían homenaje al golpe: en el anverso tenían la imagen del Ángel de la Libertad, una mujer alada con brazos en alto rompiendo las cadenas y una leyenda “LIBERTAD – 11.IX.1973” (¡sic!), un símbolo de la liberación del régimen del corte marxista (¡sic!).

Mi ex compañera, chilena, que de niña llevaba en el bolsillo estas monedas para pagar el colectivo al colegio, reflexionando sobre el tema más tarde vio en esto un salvaje acto de violencia simbólica, un ataque cruel a su propia identidad y a la identidad de todas las mujeres chilenas, la mejor muestra de lo nefasto e inhumano de la dictadura.

Retiradas oficialmente en 1990, con el retorno de la democracia, estas monedas circulan hasta ahora ( Télam, 8/9/13), otro pequeño ejemplo de que el legado de Pinochet sigue vivo en Chile.

Aquí es donde, con la mira en las elecciones presidenciales del 17 de noviembre, se pone interesante: no sólo las dos principales candidatas son mujeres, sino representan dos versiones divergentes acerca del golpe y la dictadura.

Michelle Bachelet, favorita en las encuestas, candidata de la Nueva Mayoría (ex Concertación, más los comunistas), ex primera mandataria (2006-2010), ex jefa de la ONU-Mujer, hija del general de fuerza aérea Alberto Bachelet, leal a Allende, arrestado por traición a la patria, torturado y asesinado (odiado por la derecha por ser responsable por el abastecimiento cuando la burguesía obstruía la distribución de bienes), promete liquidar los últimos vestigios del pinochetismo.

Evelyn Matthei, senadora, ex ministra del Trabajo en el gabinete de Sebastián Piñera, postulada por la Unión Demócrata Independiente (UDI) pinochetista, hija de otro general de fuerza aérea, Fernando Matthei, golpista que formó parte de una de las juntas con Pinochet, defiende los logros de la dictadura e incluso asegura que todos los chilenos pedían el golpe (¡sic!; extraña que no dijera pronunciamiento militar, un eufemismo que usa la derecha para disfrazar lo ocurrido el 11/9).

Uno de los principales vestigios del pasado que pesa sobre el presente es la Constitución pinochetista de 1980, redactada en gran parte por el mismísimo Jaime Guzmán, fascista y gremialista, fundador de la UDI, que elaboró una justificación del golpe, de la dictadura y de las violaciones a los derechos humanos y que estuvo detrás de la conversión de las mujeres burguesas en un grupo de choque contra Allende.

Allí y en algunas leyes secundarias aún vigentes plasmó toda su ideología conservadora ( El Mostrador, 9/9/13), también acerca del papel y de los derechos de la mujer (en Chile no está permitido ni siquiera el aborto terapéutico), una oscura herencia que aun a 40 años del golpe tiene amarradas a las mujeres chilenas.

* Periodista polaco