Opinión
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Conclusiones de Cannes 2013
D

e entrada, el 66 festival de Cannes estaba marcado por el anodino cartel con una foto en blanco y negro de Paul Newman besando a su esposa Joanne Woodward (¿A quién?, preguntarían los cinéfilos jóvenes). Bajo ese augurio no es de extrañar que durante la primera mitad del encuentro, la atención estaba puesta más bien en los hechos delictuosos –el robo de un millón de dólares en joyas de la firma Chopard, el individuo que amenazó a una multitud con balas de salva y una granada falsa, el asalto callejero a varios invitados del festival– y en el clima –las lluvias torrenciales que afectaron las actividades del primer fin de semana, el más importante– que en las películas mismas.

La programación de la sección oficial estuvo bajo la mira de la suspicacia, porque la mala leche hacía suponer que se había hecho una selección al gusto del presidente del jurado, Steven Spielberg. Rumor fácilmente desechable por la presencia de la mexicana Heli, de Amat Escalante, cuya crudeza espantó a buena parte de la crítica internacional. Por suerte, el jurado no compartió ese apocamiento y premió a su director, decisión que fue cuestionada por la misma prensa (la crítica Manohla Dargis, del New York Times, entre varios otros).

Lo cierto es que la sección oficial pareció armada con algo de desesperación. Pues sólo así se puede explicar la participación en la competencia de un telefilme, Behind the Candelabra, de Steven Soderbergh, que se estrenaba en la televisión gringa justo el último día del festival, o de una atrocidad como Only God Forgives, del sobrevalorado danés Nicolas Winding Refn, sobre la cual circularon también rumores sobre si fue incluida por presiones de su distribuidor o por temor a que la arrebatara la Quincena de los Realizadores. De cualquier forma, fue un punto bajísimo de la competencia.

En general, a pesar de la abundancia de nombres prestigiosos –Arnaud Desplechin, Jim Jarmusch, Takashi Miike, François Ozon, Roman Polanski, et al– la impresión final fue de que, salvo excepciones, todos presentaron obras por debajo de sus estándares. Eso redobló la sorpresa de que la película aclamada de Cannes fuera la francesa La vie d’Adèle-Chapitre 1 & 2, del poco conocido director Abdellatif Kechiche, justamente premiada con la Palma de Oro, porque su intensidad emocional fue única.

Por cierto, no obstante su duración de tres horas, La vie d’Adèle fue vendida a gran cantidad de territorios (incluso México); al margen del prestigio del premio, seguramente su interés comercial está cimentado en las largas secuencias eróticas entre dos atractivas mujeres. Fue de los pocos títulos que crearon interés generalizado en el mercado que, este año, reportó menos ventas que en el anterior.

Si bien se veía mucha actividad en los pasillos del mercado lo más probable es que se trataba, en su mayoría, de gente refugiándose de la lluvia. El único que, según se reportó en la publicación Variety, compró películas como si estuviera en el supermercado fue el magnate Harvey Weinstein. La gran paradoja es que, detrás del escaparate de un cine de autor teóricamente pensante y sofisticado, lo más preciado son los títulos de gran potencial comercial. En un mercado cada vez más polarizado entre lo considerado comercial y lo estigmatizado como cine de arte, son pocas las opciones para las compañías distribuidoras de perfil medio, sin la capacidad adquisitiva de The Weinstein Company.

En el balance final no se puede afirmar que la 66 edición del festival de Cannes haya sido mala. Simplemente que fue memorable, en su gran parte, por las razones equivocadas.

Twitter: @walyder