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Dios me eligió para hacer la hazaña: Arlindo

Rememora el ex jugador del América cuando anotó el primer gol en el Azteca

 
Periódico La Jornada
Miércoles 29 de mayo de 2013, p. a44

El gran día había llegado. Era 29 de mayo de 1966 y por fin sería inaugurado el colosal estadio Azteca, en el sur de la ciudad de México. Éramos 30 guerreros, 15 del club América y 15 del Torino, y todos, hasta los porteros, teníamos el mismo deseo: ser el autor del primer gol en ese grandioso recinto. No estaba preparado, pero gracias a Dios yo fui el elegido para hacer la hazaña, relata el ex jugador brasileño Arlindo dos Santos.

Con una gran sonrisa y la emoción desbordada por los ojos, el ex americanista de 73 años recuerda, como si hubiera sido ayer, el momento que cambió su vida para siempre:

“Fue en el primer tiempo. Atacaba el equipo italiano, pero en un rebote el balón le cayó a Gilberto Vega, quien se lo mandó a Víctor Mendoza, luego a Jorge Coco Gómez, pa-sando por Alfredo del Águila, Vavá y finalmente llegó a mí… burlé a la defensa, disparé con la pierna derecha ¡y logré vencer al arquero!, y en ese instante, al minuto 27, los 115 mil aficionados que estaban presentes en el estadio enloquecieron y gritaron: ¡gooool! Yo corrí a abrazar a mis compañeros, estaba muy contento, no lo podía creer.

“Lamentablemente no pudimos ganar. Al inicio de la segunda parte José Alves Zague anotó el segundo gol y llevábamos ventaja de 2-0 pero terminaron por empatarnos 2-2. Sin embargo, fue un día glorioso para todos, en especial para mí”.

–¿El América le dio algún reconocimiento especial por esa proeza?

–¡No, qué va!, ¡para nada! Antes del partido inaugural hubo promesas, habían dicho que nos darían premios, que habría uno especial para quien metiera el primer gol, pero no llegó nada. Yo tampoco los busqué ni les pedí nada. Me basta con el reconocimiento y el cariño de la gente, eso es lo más bonito, y el nombre de Arlindo dos Santos quedó inmortalizado, quedó para la eternidad.

Sólo tengo una placa que está en el túnel número uno del estadio. Siempre he dicho que la persona que tenga el privilegio de develar un distintivo como ese debe darle gracias a Dios porque somos pocos los que lo conseguimos.

De pronto, en su rostro aparece gran gesto de orgullo, y cuenta que aunque cinco meses antes de la esperada inauguración tuvo que ser intervenido quirúrgicamente en la cabeza debido a que le explotó un aneu-risma, ese día estaba ahí, listo para disputar el gran partido.

“No sé bien a qué se debió, no supe si fue por la altura de la ciudad de México o qué pasó, pero afortunadamente me salvé. Esa vez me desperté con vómito, tenía movimientos torpes. Zague llegó a mi casa y le platiqué cómo me sentía, él habló al América y ellos mandaron una ambulancia que me llevó al Sanatorio Español. Sólo recuerdo que ese día, 29 de diciembre de 1965, llegué al hospital, me rasuraron la cabeza, ya estaba anestesiado, creo, y me quedé dormido. Cuando desperté ya era primero de enero del año siguiente; estuve cuatro días inconsciente”.

Agradece nuevamente a Dios por haber salido bien li-brado de la operación y continúa con el relato: “Unos ocho o diez días después llegó Zague a la habitación del hospital y de broma me dijo que me habían llamado para ir a entrenar. Yo reaccioné sorprendido y le contesté que no podía acudir porque estaba convaleciente, y entonces los médicos pegaron de gritos y se abrazaron todos. No sabía qué les pasaba, se suponía que no podían hacer ruido en mi cuarto y ellos estaban haciendo un escándalo.

Enseguida me dijeron que con eso se habían dado cuenta de que mi cerebro no sufrió ninguna afectación, que era la duda que tenían; antes no era como ahora, que pueden checar todo rápidamente con estudios. De ahí en adelante sólo estuve en rehabilitación, descansé un mes en Brasil, regresé y justamente cinco meses después, el 29 de mayo de 1966, estaba inaugurando el estadio Azteca”.

Casi año y medio antes, en enero de 1965, Dos Santos salió de Brasil rumbo a México para formar parte del club América, sin saber qué le depararía el destino.

Originario de Bahía, jugaba en su país desde 1957 con el Botafogo, donde logró cinco campeonatos, pero un día, en 1964, le llegó la oportunidad de emigrar.

En entrevista con La Jornada, el apodado Memín explica que él estaba muy contento en mi equipo y no quería irme, a menos que así lo quisiera la directiva. Pero hubo dos circunstancias que me hicieron salir.

En la sala de su casa, vestido con una playera tipo polo amarilla y un pants azul marino, que evocan los colores americanistas, Dos Santos narra que en aquellos años el Botafogo estaba en números rojos y una opción para sanar sus finanzas era que me vendieran.

Hablando entre portugués y español, comenta que la directiva le explicó la situación. En ese momento había interés por mis servicios en Inglaterra, Italia y también estaba la propuesta del América. Yo no quería salir, pero tenía en mis manos la posibilidad de salvar al equipo que me dio todo.

Con una sonrisa pícara confiesa que el otro motivo por el que aceptó irse fue porque así también podría hacer realidad uno de mis sueños: regalar una casa a mis padres. Se juntaron las dos cosas, la necesidad del Botafogo y mi deseo de dar algo a mis papás, con quienes siempre estaré agradecido.

–De entre tantas opciones, ¿por qué eligió al América?

–La decisión fue fácil. Yo no quería irme hasta no haber logrado un título con la selección, lo cual conseguimos en 1963, al ser campeones panamericanos. Y en 1964 apareció el América y dije ya puedo salir, ya di un título a mi país. El único problema fue con la afición brasileña.

–¿Qué pasó?

–Amenazaron al Botafogo. Que si me dejaba salir tumbarían la dependencia (oficinas) del equipo. Hasta el arzobispo dio declaraciones de que Arlindo no debería salir del país porque Brasil iba a jugar por su tercera Copa del Mundo, en Inglaterra 1966. La prensa hablaba mucho y decía que ¡la selección nacional, conmigo y con Pelé, tenía asegurado el triunfo en ese Mundial! –y se carcajea.

Más tarde tuvo que escribir una carta para la afición, en la cual explicaba que era él quien necesitaba salir del plantel para hacer realidad sus sueños: destacar en el futbol internacional y comprar casa a sus papás. Nunca se enteraron de la verdad, de la pésima situación económica del Botafogo.

Arlindo nunca jugó con la selección mayor de Brasil, ni llegó a ser mundialista. Yo ya estaba en la lista para la Copa del Mundo de Inglaterra, pero vine a México con el América y ya no fui.

–¿En algún momento se arrepintió de haberse ido justo antes de ir al Mundial de Inglaterra 1966?

–No, para nada. Estoy seguro de que hice lo correcto, tomé las decisiones que debía tomar y estoy feliz. Si no hubiera salido del país, tal vez no hubiera alcanzado mis objetivos. En esa ocasión Brasil fue eliminado en cuartos de final y la mayoría de los seleccionados, muchos que fueron mis compañeros, desaparecieron, sólo quedó Pelé y tal vez dos más.

Llegó a México en enero de 1965. Aquí pasó cinco años, durante los cuales formó parte del América, equipo con el que finalmente se retiró del futbol, y además estuvo en calidad de préstamo con el Pachuca y el Toluca.

Al término de su contrato con el conjunto de Coapa, Memín regresó a Brasil, donde estudió para ser entrenador. Después fue a Arabia Saudita para trabajar en las fuerzas básicas de algunos equipos, y en 1985 decidió regresar a México, el país que me dio todo.

Aquí comenzó a trabajar en un club deportivo. Los dueños estaban interesados en crear una liga de futbol y me llamaron para iniciarla, así me quedé.

Vive con su esposa en una modesta casa en Cuatitlán Izcalli y sigue ligado al futbol. Trabaja de entrenador del equipo de la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal, donde ya tengo una plaza y puedo jubilarme.

–¿Y entonces cuándo se retirará definitivamente del futbol?

–¡Nunca! O hasta que me muera; mientras haya futbol siempre habrá Arlindo dos Santos. Estoy en paz, no le debo nada al futbol y él no me debe nada a mí.