Opinión
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México SA

PND: séptima presentación

De JLP a FC, fracaso total

¿Qué esperar del de EPN?

C

omo parte del ritual del inquilino en turno de Los Pinos, tocó a Enrique Peña Nieto dar el banderazo de salida al proceso de consultas del Plan Nacional de Desarrollo 2013-2018, con el fin de que la sociedad participe en el armado de dicho plan, que será el séptimo al hilo desde que en abril de 1980 José López Portillo divulgó el primero, en ese entonces (y por única vez) denominado Plan Global de Desarrollo que aplicó, o intentó hacerlo, durante el último bienio de su gobierno. De allí en adelante, todos los moradores de la residencia oficial han tenido el propio y todos ellos fueron un sonado fracaso.

En tal presentación, el actual inquilino de Los Pinos reseñó que durante estos seis años (los correspondientes a su gobierno) estamos encauzando nuestro trabajo hacia cinco grandes metas nacionales: lograr un México en paz; un México incluyente; un México con educación de calidad para todos (ya sin Elba Esther); un México próspero y hacer de México un actor con responsabilidad global. Para el logro de estas metas se requiere de una estrategia consistente e integral. Se necesita un plan que nos permita, como nación, concretarla de la manera más pronta y efectiva posible, lo que estamos definiendo en un plan para mover a México.

Y por si fuera poco redondeó con lo siguiente: será un Plan de Desarrollo que incluya los compromisos asumidos por el gobierno de la República en el Pacto por México. Finalmente, incorporará las siguientes estrategias transversales: primera, democratizar la productividad; segunda, conformar un gobierno cercano y moderno; y tercera, incluir la perspectiva de género para que la promoción de la igualdad entre mujeres y hombres esté presente en todo el Plan... El objetivo es transitar hacia una democracia que dé resultados y que éstos se traduzcan en mejores condiciones de vida para todos los mexicanos. Con eso y un jarrito de atole, México estará del otro lado y se incorporará al primer mundo, según la versión oficial.

El problema, como siempre, es que (palabras más, palabras menos) sus seis antecesores en Los Pinos (cada cual con su Plan Nacional de Desarrollo, que al final de cuentas resultó ser idéntico) dijeron lo mismo, se comprometieron a lo mismo y fallaron estrepitosamente del mismo modo y con el mismo modelo económico. Así, el séptimo PND al hilo, el de Enrique Peña Nieto, no tendría por qué tener un final diferente, cuando el meollo del asunto es el fallido modelo económico que ha sido defendido a capa y espada por (incluyendo el del susodicho) siete gobiernos consecutivos, con los resultados ya conocidos, y prácticamente los mismos operadores, igualmente fallidos, y los mismos megaempresarios, que no tienen llenadera.

Difícilmente alguien estaría en contra de que México sea un país fuerte, que su gente tenga oportunidades por todas partes, que su perspectiva de vida se asemeje a la de las naciones nórdicas y todo lo demás, pero decirlo, proponerlo o desearlo no es sinónimo de lograrlo. Y lo anterior no es producto de la imaginación o de la mala leche, sino de la experiencia que en esta materia acumula nuestra República de discursos: seis planes nacionales de desarrollo rotundamente fallidos no hacen más que avalar dicho comentario. Y va el obligado recuento.

En el balance de 30 años de neoliberalismo en el país, la constante ha sido que cada nuevo inquilino de Los Pinos reporte peores resultados que su antecesor: con José López Portillo, la tasa anual promedio de crecimiento económico fue de 6.55 por ciento. Inmediatamente después, en el gobierno se instaló el poder tecnocrático y se instauró un nuevo modelo económico, con los siguientes resultados: con Miguel de la Madrid dicha tasa fue de 0.34 por ciento; con Carlos Salinas de Gortari de 3.9 por ciento; con Ernesto Zedillo 3.5 por ciento, con Vicente Fox de 2.2 por ciento y con Felipe Calderón 1.88 por ciento. Así, la tasa anual promedio de crecimiento económico en las cinco administraciones neoliberales a duras penas alcanza 2.36 por ciento. Por el otro lado, del gobierno de Lázaro Cárdenas del Río al de José López Portillo la tasa anual de crecimiento económico en México promedió 6 por ciento; es decir, casi tres veces más que en los cinco neoliberales.

A partir del Plan Global de Desarrollo 1980-1982 (desde Miguel de la Madrid se denominó Plan Nacional de Desarrollo), todos los inquilinos de Los Pinos le pusieron número a la promesa sexenal. Así, José López Portillo se comprometió a lograr una tasa de crecimiento del PIB de 8 por ciento anual entre 1980 y 1982, pero sólo alcanzó 5.7 (con todo, nunca superada por sus sucesores); Miguel de la Madrid garantizó 5.5 por ciento anual, pero a duras penas libró 0.34 por ciento; Carlos Salinas de Gortari ofreció 6 por ciento anual, pero sólo concretó 3.9; Ernesto Zedillo aseguró que cuando menos llegaría a 5 por ciento, aunque no pasó de 3.5; Vicente Fox juró y perjuró que sería de 7 por ciento anual, pero de milagro reportó 2.2 por ciento y Felipe Calderón, prometió 5 por ciento anual y en los hechos milagrosamente promedió 1.88 por ciento.

Si esos cinco gobiernos neoliberales hubieran cumplido con lo prometido en sus respectivos planes nacionales de desarrollo, entonces México hubiera crecido a una tasa de 5.7 por ciento como promedio anual en esos 30 años, pero como el hubiera no existe, la realidad reporta que dicho promedio a duras penas alcanzó 2.36 por ciento. Eso sí, en su momento cada uno de los cinco inquilinos de Los Pinos prometió para el país y sus habitantes un futuro venturoso: crecimiento alto y sostenido, dotar a los mexicanos de empleo y los mínimos de bienestar (JLP); recuperar la capacidad de crecimiento (MMH); acceder a un horizonte de progreso personal y familiar que no sea efímero (CSG); combatir el desigual desarrollo del país (EZ); actuar con inteligencia y sensibilidad (¡lo dijo Fox!) y contamos con una estrategia clara y viable para avanzar en la transformación de México sobre bases sólidas, realistas y, sobre todo, responsables (Felipe Calderón).

En los hechos, todos, absolutamente todos, fracasaron: tres gobiernos priístas (del viejo PRI, desde luego) y dos panistas (la espeluznante decena trágica blanquiazul). Las únicas variantes en esos cinco planes nacionales de desarrollo fueron, prácticamente, la fecha de impresión del libro respectivo, el énfasis retórico y el nombre del inquilino en turno de Los Pinos. Obvio es que las consecuencias económicas y sociales de tales fracasos han sido espeluznantes. ¿Y la coincidencia plena?: el fracaso total.

Las rebanadas del pastel

Entonces, con el mismo modelo e idénticas herramientas, ¿qué pasará con el Plan Nacional de Desarrollo de Enrique Peña Nieto?