Opinión
Ver día anteriorDomingo 30 de diciembre de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
El voto remoto: mitos y leyendas
L

a historia del voto en México, como en muchos otros países, se puede resumir como un proceso gradual de inclusión. Primero se admitió el voto de los analfabetos, luego la participación de las mujeres en 1953, más tarde en 1970 los jóvenes mayores de 18 años pudieron votar y, finalmente los residentes en exterior, cerca del 10 por ciento de la población, que votaron por primera vez en 2006.

En todos estos casos se esgrimió el mismo argumento en contra: el de la manipulación. Los analfabetas podían ser manipulados por los caciques, las mujeres por sus maridos, los jóvenes por sus padres, los residentes por fuerzas extrañas, siniestras del extranjero. Todo puede ser posible, pero también podríamos asegurar que la profesora Elba Esther Gordillo manipula a muchos maestros y que la CTM, la CROC, la CNC y demás sectores corporativos hacen lo propio.

En este caso el mito, la leyenda y la realidad se juntan y entrecruzan, pero el argumento no es válido, porque todos eventualmente pueden ser manipulados. Como diría una de las pancartas de un joven del movimiento #YoSoy132: Televisa me manipula más que mi mamá.

El otro argumento y leyenda en contra del voto de los migrantes era que no pagaban impuestos. Un argumento tan sobado como el anterior, incluso más añejo, porque en tiempos remotos sólo votaban o tenían derechos aquellos que pagaban impuestos, es decir los señores. Pero en realidad los migrantes pagan impuestos directos con sus remesas, que se van en su mayoría al consumo y les descuentan 15 por ciento de manera automática. En términos generales podríamos decir que los migrantes pagan cerca de 30 mil millones de pesos anuales por concepto de IVA de los 20 mil millones de dólares que envían cada año. Llama la atención este argumento porque si se aplicara de manera generalizada muchos estudiantes, amas de casa y toda la fuerza laboral que se ubica en la marginalidad tendrían que ser excluidos del voto.

Otro mito sobre el voto de los migrantes es que ellos pueden influir de manera decisiva en la votación, de tal modo que los que otorgaran el triunfo a un candidato fueran aquellos que viven fuera del país. El mito se confirmaba con un estudio, de dudosa veracidad, que afirmaba que la población mexicana en posibilidad de votar en 2006 era de 2 a 4 millones de personas. Curiosamente la cifra fue aceptada como válida y se organizó el voto con esas expectativas y obviamente los agoreros del desastre argumentaron en contra del voto en el exterior.

La realidad tiro abajo esas estimaciones, que ni siquiera habían sido cuestionadas por tener un margen de error de -100%. Al final de todo el proceso fueron contabilizados como válidos 32 mil 632 votos, el 0.8% de la estimación considerada como oficial. La leyenda de que el voto en el exterior podía determinar las elecciones federales tampoco se confirmó en 2012, al contabilizarse poco más de 40 mil votos efectivos.

Otras de las leyendas que influyó en la poca o nula difusión del voto en el exterior fue la propagada por dos ilustres juristas de la UNAM (Carpizo y Valadez) que afirmaban que era imposible ir a Estados Unidos a hacer campaña política. El problema radicaba en que al ingresar al vecino país los candidatos debían declarar que no iban ni de negocios ni de turistas y debían decir que su objetivo era hacer proselitismo político. Lo cual supuestamente no estaba permitido y se podía crear un conflicto internacional.

Claro, los representantes de los partidos estadunidenses sí vienen a hacer campaña en México con la comunidad residente en el país, pero nosotros, supuestamente no podemos. Un argumento tan simple y falaz, motivó, entre otros argumentos, que los legisladores prohibieran las campañas en el exterior. Total, que según un estudio realizado en 2012 por el CIDE, en Estados Unidos, solamente 10% de la población entrevistada tenía conocimiento sobre los procedimientos para votar en el exterior.

Finalmente hay que considerar el mito y la leyenda de que la certeza y la seguridad del voto postal la otorga el correo certificado. Puede que este argumento sea válido en México donde el correo se ordeña de manera sistemática, pero no sucede lo mismo en otras partes del mundo y lo que es peor ni siquiera existe la modalidad del voto certificado.

A los legisladores se les hizo fácil legislar sobre el voto en el exterior con la modalidad más simple y menos complicada. Así se salía del paso, a última hora, faltando un cuarto para las 12. Pero para seguir con la tradición y ser fieles a la cultura de la desconfianza, al voto postal le añadieron el candado de certificado, que ha sido la principal fuente de problemas, gastos y complicaciones en estas dos experiencias electorales.

La ley electoral debe reformarse y ajustarse a la realidad del siglo XXI y dejar atrás mitos, leyendas y componendas para incluir de manera efectiva y eficiente a la población que reside en el exterior.