Opinión
Ver día anteriorLunes 24 de diciembre de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La nueva era
Y

la banda siguió tocando.

El hundimiento del Titanic era irremediable. Ignorarlo era insensato. Pero la banda siguió tocando.

El montaje del día primero es una ilustración flagrante de esa clase peculiar de ceguera. Mostró la brecha que se ha abierto entre las clases políticas y la gente, y reveló también su peligroso desapego de la realidad, la forma irresponsable y miope en que ocuparse de intereses mafiosos a corto plazo implica ignorar la hondura de la crisis económica, social y política en que nos encontramos.

El discurso que se tiende actualmente sobre el país muestra los peores síntomas del autoritarismo populista que se ha instalado contra viento y marea. Está concebido como un triunfo irresponsable del optimismo sobre la realidad con la evidente intención de generalizar esa ceguera. La banda seguirá tocando hasta que los instrumentos y los músicos se hundan junto con el barco.

Es particularmente difícil no escuchar el estrépito del derrumbe, que se observa en el mundo entero y se precipita muy agudamente en México. Quienes se encaramaron a los dispositivos del poder político, sin embargo, persistirán en esa sordera interesada… mientras les sea posible, por el tiempo que puedan.

Pero los demás no podemos seguir haciendo oídos sordos. Necesitamos reaccionar.

Odio decir que se los dije, pero se los dije, nos dijo el subcomandante Marcos hace unos años. En varias ocasiones los zapatistas nos advirtieron de lo que ocurriría si no reaccionábamos. No reaccionamos. Ocurrió. Describieron en diversas circunstancias el desastre en que hoy nos encontramos. Anticiparon, antes que nadie, la serie de crisis que se han venido sucediendo y la destrucción que traerían consigo en las clases políticas, en el país mismo, en el tejido social… Abrieron con vigor y lucidez opciones de cambio, sin dogmatismos ni imposiciones. No las tomamos.

El nuevo llamado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) necesita ser escuchado por cuantos intentan, desde abajo, resistir el horror dominante y crear otra posibilidad. Ojalá lo puedan escuchar hasta aquellos que abrigan aún la fantasía de que podría bastar un golpe de urna para remediarlo todo, quienes sólo pueden pensar y organizarse dentro del marco de los partidos y las instituciones y aún creen que el anticapitalismo es una mala palabra.

Es útil mostrar de nuevo que el emperador está desnudo. Podrán atreverse a verlo y a decirlo en voz alta hasta quienes creen que es posible seguirlo negando.

Pero mientras resulta inevitable escuchar el estrépito del derrumbe del mundo que muere, entre otras cosas porque el ruido abarca todo y se padece cotidianamente en carne propia, no pasa lo mismo con el estruendo del mundo que resurge. Para escucharlo se necesitan otras orejas.

No estamos ante una variante más de lo que conocemos. No es otra vuelta de tuerca, un recodo más de un camino conocido. Es una novedad radical. Sus profundas raíces en el pasado no se dedican a reproducirlo o a realizar, aún peor, el intento imposible de regresar a él. Es otra cosa.

Como quedó a la vista el viernes pasado, el mundo nuevo se construye con esperanza, gozo y celebración, a partir de la disciplina que se aprende en un orden propio, autónomo. Sólo así, desde la disciplina orgánica, la que se teje desde abajo por la propia voluntad, es posible plantearse la eliminación del poder y la autoridad coercitivos, la condición en que se usa la posición jerárquica para imponer una acción.

En tiempos tan oscuros como los actuales resulta una bendición saber que contamos con ellos. Como dijeron hace tiempo Chomsky, Wallerstein, González Casanova y muchos más, la iniciativa política de los zapatistas es la más radical del mundo y probablemente la más importante. Lo fue ayer, aquella noche del primero de enero de 1994, que detonó una ola de movimientos antisistémicos en el mundo entero y nos despertó. Lo sigue siendo hoy, cuando resultan nuevamente fuente de inspiración para hacer lo que hace falta.

Ha llegado el fin de una era. Las pruebas se acumulan todos los días. Nada podrá impedir su conclusión. Pero adquirirá una forma apocalíptica, profundizando la inmensa destrucción natural, social y cultural que ha estado caracterizando su agonía, a menos que seamos capaces de resistir tal horror. Y en estas circunstancias, la única forma válida y eficaz de resistir consiste en crear la alternativa. Nos toca hacerlo. Cada quien en su lugar y a su manera. Necesitamos disolver las relaciones económicas y políticas que nos atrapan en el mundo viejo, conscientes de que la creciente dignidad de cada hombre y cada mujer y de cada relación humana desafía necesariamente todos los sistemas existentes. De eso se trata hoy.