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Ver día anteriorLunes 3 de diciembre de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El séptimo sueño
S

í. En educación, como en todos los ámbitos de la vida, la calidad es la divisa. Y si el propósito es recrear un sistema educativo para que su base sea la calidad, sí claro, estoy de acuerdo. Se recupera así la rectoría del Estado y su responsabilidad sobre el sistema educativo como una de sus políticas esenciales. También se recupera así la dignidad del oficio del magisterio. Ese que da preeminencia sin pedirla, el oficio que con mayor sello de amor propio y honor debe vivirse.

Cuando pienso en estos temas pienso en un personaje de mi tierra que representa lo mejor de lo que es México. Se trata de Francisco Márquez, maestro de la escuela pública mexicana que con su comprometida tarea cotidiana nos invitaba, contra toda suposición de éxito y con denodada imaginación, a desentrañar los sentidos del mundo a través de la palabra.

Aún me acompaña el pequeño diccionario de bolsillo y tapas amarillas que el maestro Francisco, con ingenio, después de dedicarlo con vieja pluma fuente, ofreció como premio de su humilde concurso de lengua nacional de quinto grado.

Gracias a él pude entrever el infinito universo de significados que guardan las palabras. Es ejemplo del maestro que, con lo que hoy llamaríamos calidad, colmado de suaves maneras y paciencia a toda prueba, enseñó a curiosos y ruidosos niños tropicales los caminos que nos llevan al mundo a través del papel impreso.

También nos mostró, caminando, las historias que enseñaban las vasijas y objetos del viejo Museo de Tabasco creado por Carlos Pellicer. Su afecto por la entrega a sentimientos compartidos nos llevó, sin que la palabra regalo apareciera nunca en su conversación, a explorar espacios de formación que sin él, quizá nunca hubieramos conocido.

Con Francisco Márquez supimos en experiencia propia que la educación no se limita a producir y reproducir conocimientos, que sobre todo fomenta la comprensión, el compromiso y el diálogo con los otros y con la realidad para transformarla. Con toda su humildad supo enseñarnos cómo hacer para que, en los asuntos de la vida social y de la vida pública, el yo se convierta en nosotros.

Por eso hoy, si hablamos de la calidad en educación, me parece que es a esta clase de maestros a la que debemos aspirar. Y su experiencia replicarse. Imaginemos hoy al conjunto del millón 187 mil 815 maestros de educación básica de México enseñando también el gozo de la lectura, el disfrute de las artes y la importancia de nuestro patrimonio histórico y cultural a los 25 millones 782 mil 388 alumnos de las 227 mil 703 escuelas de educación básica del sistema educativo nacional.

Si esos alumnos con sus maestros visitaran tan sólo una vez al año alguno de los mil 186 museos y las 182 zonas arqueológicas que abren sus puertas cada día de manera gratuita para ellos en todo el país, al cruzar por su umbral no podrían quedar inmunes ante nuestra grandeza. México estaría en el camino del cambio.

Muchos años han pasado desde el 18 de marzo de 1825 cuando Guadalupe Victoria, primer presidente de México, firmó el decreto promovido por Lucas Alamán que dio vida al Museo Nacional Mexicano, primera raíz formal de lo que son hoy las instituciones garantes de la conservación de nuestro patrimonio cultural.

Al cabo de estos 187 años todo ha crecido, todo se ha acelerado. Y hoy, a través de un reforma que nos lleve a una educación de calidad, hemos de reafirmar la idea de que la relación con las manifestaciones del patrimonio sólo se completa cuando la curiosidad de un estudioso, de un viejo, o de un niño se posa en ellas; cuando un lector, por el acto de conocerlas, las convierte en patrimonio cultural.

Cuando este encuentro se propicia, se construye una comunidad de lectores intérpretes. Cada mirada nuestra les da una vida nueva.

Por eso es tan singular la tarea de la conservación y difusión del patrimonio cultural. No sólo se ha de producir conocimiento tan cuidado y acabado como sea posible, sino que es menester tener conciencia de que tal conocimiento, por más cuidado y acabado que sea, será siempre incompleto si no encuentra una mirada, si no encuentra al otro, a los otros que lo completarán.

Esos otros son la sociedad entera a la que se ha de invitar, día a día, a convertirse en lectores de pasado, en lectores de identidad. Al propiciar la valoración y el uso social de nuestro patrimonio en los niños y niñas de México estaremos propiciando que dialoguen con nuestro pasado y, con ello, sumen su mirada a la construcción de nuestra identidad.

Los museos mexicanos existen para aprehender la raíz de la vida. No sólo por la evidencia material que describen, sino porque pretenden alcanzar el sustrato emocional de los hombres y mujeres del México de hoy.

Sí. En los asuntos de la calidad de la educación no se puede seguir quedando afuera de las escuelas la enseñanza de la música, la danza, las artes visuales y la del patrimonio cultural. Al integrarse a la educación, el futuro de México que se siembra en las aulas regalará como cosecha una novísima grandeza mexicana.

Twitter: @cesar_moheno